viernes, 11 de noviembre de 2016

Los hombres y su apagarse en lo inconcluso.
La vida entre cuatro paredes y sus tristes esquirlas,
la memoria de las horas en los caminos,
la soledad ante tantos espejos.
La estela de las huellas hacia la luz que no oscila,
la mentira que silencia al reloj y la verdad
que lo exculpa, los vértices de la nada,
el ansia en los burdeles del hambre.

Del grito primigenio a la cabellera cenicienta.
El haz proyectado a la niebla del recuerdo
desde los escombros de un ahora
que en los mismos ojos se resquebraja
y las nervaduras que tras cada latido se fragmentan.
Por ello se bifurca nuestro espacio y su viaje,
la senda que muestra su trayecto
solo cuando concluye.
Así es como procede el azar,
muestrario en lo indecible
de una incógnita jamás resuelta.

No ataca la serpiente dos veces el cadáver
si presiente que la soga pende del vacío.

                         11-noviembre-2016