lunes, 7 de noviembre de 2016

Abracé el vidrio de botellas vacías y mi boca
     imploró alguna coraza,
pero tus pantorrillas ya eran solo rastro.

Emerja aquella estirpe de alucinosis blancas.
Cuelguen de mi cuello la esvástica y la soga.

Voy a trazar en la sístole del fuego
un silencio de alambiques, la cirrosis
que susurraban las enfermeras;
treinta y seis años en los decrecientes
despachos del horror y los pájaros sin plumas.

Los bolsillos fueron una expresión de impotencia,
el profiláctico de la trascendencia íntima;
aquellos metales de un óxido
que se incrustaba en el hígado
por hallarme fuera del océano.

A veces todavía me visita la bestia. Pero ahora cinco
     bocas alimentan mi drogadicción,
y de los picos queda la grafía en la piel
de lo que fuera fango
y ámbito además de antorcha,
llamada ceguera por los perros de lluvia,
y los dragones sirleros
cuya estatura disminuyó el estramonio.

                              7-noviembre-2016