martes, 4 de octubre de 2016

Hay días impregnados de intensidad.
Año tras año, han derivado a continuo absoluto,
se ha iluminado en ellos, como se invierten los sentidos,
el aire o las ansias, la precisa exactitud.
Se han erigido sus formas fragmentos silentes,
rescoldos para los ojos, puertas para la conciencia.
Si uno vagabundea sus hebras,
una lánguida claridad se adhiere a la piel, y uno habita
márgenes de luz contenidos en el éxtasis.
De su eficacia solo puedo dar gracias.
Unos me sabían a ceniza y a monte y a barbas de aquelarre,
después me sabían a raíz tóxica, a frontera,
aún me saben a río eterno.
De ahí arrancan nervaduras las manos del tránsito:
el pudor, lo prosaico, la ascesis, los desencantos.
Otros, no muy visitados, aunque a menudo los ronde;
en cuanto me presienten cambian los parajes,
se transforman, bifurcan los caminos, se vuelven
                                                                           [ardid del infinito,
música que me desnuda.
Suenan como un repertorio de astros decadentes.

Uno avanza hacia lo incógnito al acecho de su libertad.

                              4-octubre-2016 (A.P.)