miércoles, 5 de octubre de 2016

Hay ciudades que laten en la rajadura:
son ciudades divididas, letales, doloridas,
las escinden los barrotes desde su parto,
son caligrafía de culebra, grito de gato ebrio,
colmillo de expiación, indicio en extravío.
A uno le habitan ciudades así sin aparente motivo;
escruta la hemorragia provocada,
si un infecto metal le ha descerrajado el pecho,
si ha despertado un detonante para cercenar la comisura de los
     días.
Pero existen ciudades que surgen como pus de las pesadillas.
Encorvan sus escombros por el pálpito de los neones,
lubrican de peste el estertor de las sombras,
encogen la verdad en los alambres de la saliva,
devoran podridos los relojes o vomitan las horas.
Esas ciudades, esta ciudad, trastorna las manivelas y los adoquines,
modula velocidad y silencio, cierra las texturas en oscuridad,
arruga el reflejo de las máscaras y de los regresos,
reduce los paréntesis a uno como trazo de rumor hendido,
roe los cimientos, taja el hormigón, eclosiona las cicatrices.

                              5-octubre-2016