miércoles, 19 de octubre de 2016

                            CABALLO

La muerte dilató un trance de luz,
un festejo que facilitaban los nervios.
Quería enhebrarte en cada haz,
decidir en las membranas y en los esfínteres
los compases primeros del diálogo.
Buscaba tus raíces con el ímpetu
de topar el nudo de la oscuridad,
y deslíar los metales y las formas
en las costuras del azar.

(La yegua se despeñó monte abajo.
Yace con las patas traseras quebradas.
La naturaleza ya empieza a cumplir
su parte del trato. El aliento todavía
es ardiente cuando despiertan las primeras moscas.)

Un pretexto para no romper la soga,
probablemente eso es lo que perseguía.
Exhausto de mí bruñía la aguja,
y mamaba alucinado entre los sexos
de tus amantes, a grandes sorbos
para asfixiarme mejor si por fin hallaba
el veneno que hubiera de paralizarme.
Estuve tan cerca. A las vísperas de un
nombre más tallado en la piedra.

(Al animal lo remató con precisión
obscena la cuadrilla de limpieza municipal.
Antinatura fue incinerado junto a
moscas y larvas presas de la sinrazón.)

En mi piel permanecen las marcas
de un ansia que me expone todavía,
y en torno, acechando y ocultándose,
cábalas de éxtasis y expiación,
de marginalidad turbia y turbulenta,
crujir de estafas, y una copa
como una brasa que no se sacia,
que se queda velando la antecámara
inmersa en la crónica de un tiempo hurtado.

                      19-octubre-2016