viernes, 28 de octubre de 2016

A cierta edad asfixié un ladrón que merodeaba
la lápida donde yace mi juventud
y solo dejo que los mirlos se acerquen.

Hubo un tiempo que fuí preso. Pero no
por lo del ladrón. Fuí preso por hacerme
enemigo de los hombres en general.

En aquellos días lamía tanto vulvas
como falos. Era una insaciable fiera
deseosa de ser devorada por alguna
enfermedad.
                       Acudía a cuartos oscuros,
baños públicos, salas X, y mi único
profiláctico fue siempre la ebriedad,
los narcóticos, la locura, ...

Vagaba sin rumbo y el tiempo era un destino
en espiral, un cartílago al servicio
de aquella oscuridad que tanto amé
y que tanto amo todavía.

Muchas veces derramé semen en las
hogueras de los gitanos. Edulcoré las
horas esperando la vaguedad de mi
reflejo en largas rayas de coca.
                                             La jeringuilla
era una sensual dama cuya capacidad
para volar en el vacío aceleraba
la caída
hacia aquella cumbre de niño a solas.

Aquellos apéndices perdidos en la noche
que arañaban los párpados con las primeras luces,
cuanto todos mis cinco sentidos vieron,
tanto dormitar en los parques,
tanto querer fundarme en las fauces del infinito,
hizo noble mi sed y acogedor el anonimato.

Una tarde de julio una puta anochecida
a las doce pasadas del mediodía pintó en mi
derrota un nido y en mi billetera
susurró un silencio materno de campos no hollados.

Permitió que donde muere el agua
observase los últimos latidos de la luz.

                         28-octubre-2016