lunes, 19 de septiembre de 2016

Náusea nos diluvia en la superficie de ruinas
y de silencios imposibles,
los cimientos desangran nuestros excitados embustes -
en las células y huellas
del estático pedernal cauterizados, en los escondites
que de refugios rotundos
de las llamas y cenizas asoman, de los ojos
y del cielo extremo.
Un desvelo insobornable concluye traspasar todas las raíces,
los metales se enfrían,
las temblorosas heridas nos adormecen los dientes.
Excluimos las mordazas,
avanzamos sobre la nada y por el vacío
las formas detonadas.
Huimos por las fisuras de la materia hacia las sombras
bajo los estériles subterráneos,
intuimos la piedra en el pasivo olvido intacta
con vértices libres,
ángulos, grandes espacios - corremos salvajes hacia ellas
a sus sedientos músculos,
y tejemos nuestro turbio grito del horror
en los gritos hondos
de lentas espirales sólidas que poco a poco
en los cuerpos se deslizan.
La salvaje ansiedad prende y se inyecta en torno
de los paisajes derrocados,
líquida como caligramas sobre las pieles ásperas,
el caos engruda
el tiempo de las paredes y las luces indigentes
con el desnudo de aristas.
Estertores de éxtasis y agonía retuercen en la pérdida
del vértigo hartazgo.
Un filamento maduro tronza todavía el destino.

                               19-septiembre-2016