jueves, 1 de septiembre de 2016

Nadie sabe donde huye el mirlo en Vigo
cuando los olivos silban esa melodía
medio distraída
mal llamada por algunos metafísica del silencio.
Pero hubo un tiempo
en que los niños se interrogaban
de quien era aquella mínima tregua
en los cimientos tan rotundos de las mañanas.

Por aquel entonces las sábanas
colgadas a secar entre los árboles
decían los muslos del día,
se pronunciaban abiertamente
ante los ojos ávidos
en un reto humilde y precoz
cuanto más intensa había sido la sed.

Siempre había chiquillas que ardían en los senderos
y nos regalaban moras
con el pretexto del beso.
Siempre había aquellas caricias
con que los leales insectos y las flores sumisas
golpeaban el pecho de los muchachos del barrio.
Nunca tuvimos consuelo mejor
que el agua fresca, el légamo o la lengua
hipnótica de la leña chispeando.

Nadie sabe donde huyó el mirlo en Vigo.
Ahora todo es hormigón tatuando
la vida sin prisas, todo son basuras
que como los excrementos de las gaviotas
corroen segundo a segundo
los fotogramas de una película
que parecía no tener fin.

                            1-octubre-2016