lunes, 12 de septiembre de 2016

La orilla un hartazgo de huellas,
así escupe el agua las espumas.
La memoria son aquellos destrozos
irreparables de lo indecible.
Cabelleras verdes a los ojos de la ciudad
vomitan un fracaso herido,
como herida era ya la bruma
donde los marineros amarraron las redes.

El mar devuelve al gorrión muerto
en una caja de cartón. Lo que fuera
oro tierno en las costas de África,
ahora supura el destello del ébano,
los colores del marfil y el cadavérico
hacia ti de la miseria. Donde hubo
pan para alimento del pájaro
hurgan ahora los intrusos guantes de
la usura como quien revuelve entre los escombros.

Olvidé decir el silencio pues era reacio
a hundir la espada. Pero vosotros me habéis
obligado. Ya soy vuestro cómplice y también asesino.

                        12-septiembre-2016