martes, 6 de septiembre de 2016

La ciudad es un eclipse espeso,
un poliédrico coloquio de voces
que rasgan la salmuera de los espejos,
la grifería ideal para los
cadáveres del taxidermista.

En la ciudad borbotea la usura
junto a las estrofas de una mutilación moral;
ocaso y requiebro,
por las páginas donde la aduana
avanza su murmullo de losas.

Hablo de un turbión de chatarra
cuyo ansia acosa la inédita piel,
confunde el enigma con el dorso secreto de las espadas
y custodia el eco más allá de los límites del abismo.

Hablo de un lugar
al que se avala con un afán masturbador
     desde una elegía
propia de las rayas de cocaína;

y que es esquivo porque su fertilidad
exalta a las viudas que disfrutan el incesto
las tardes que doblan las campanas.

Basta ver con qué énfasis
se inyectan a las ocho de la mañana heroinómanos
     ejemplares
o los charcos donde reflexiona el alcohólico
acerca de la caries y los temblores.

La insatisfacción es el falo adjetivo
que inmóvil
asiente ante la tartamuda
quimera de los imbéciles.

La ciudad en si misma es una substancia
     extinguida,
aquel vacío del que renegaron los gusanos,
la sierpe que hizo de la acústica
un grito que invade la lengua de los suicidas.

                                6-septiembre-2016