jueves, 8 de septiembre de 2016

                              ERROR DE LECTURA
                             TECLEE EL IMPORTE
                  E INSERTE DE NUEVO LA TARJETA

     De la fiebre el hombre ama la esclusa, el refugio
estirpe del párpado, la ciega caída
y el trashumante peso que al amanecer
la levadura de la fatiga sacude donde el azar
separa las vértebras.

                                      Siempre hubo un silencio
enyesado, un contratiempo ahogado en hilos, aquel
vínculo malcosido a los lugares de musgo y de peligro
que la tierra seca quiso proclamar ámbito de las aves.

     Pero sobre la mancha de vino en que fornican
las moscas después de comer, hay ahora un polvo
esclavo del tiempo, el tamiz de alegrías y tristezas,
y algún que otro objeto para beneplácito de los fantasmas.

     La casa todavía contiene las horas de la siesta.
Su tacto se importa a un violento declive que fuera
fruto en el odio a las avispas; la piedra
sembrando breves fábulas en la canícula del barro.

     Allí se asumió un total dominio del agua cuando
eran forja del éxtasis los sueños y adulterio la escopeta;
tan viril en los artificios para antes de la oración.

     No había perros en la aldea a pesar de que el cáncer
navegase con el hollín y el olor a mierda y las
moscas otra vez y las moscas siempre.

     A la bodega se llegaba desde el desemcombro del miedo,
en su piel entraban en litigio la tiniebla tinta
y la blanca quietud de la sangre. El beso conocía el luto
temprano, la lepra atendía a un itinerario poco complejo.

     Hoy cede la abierta quemadura que mientras la pasión
fue nada embriagada solo nos permitió afirmar que el
insomnio, incluso entoces, sabía a cristo crucificado.

                                     8-septiembre-2016