jueves, 22 de septiembre de 2016

Aparecí a la vejez y me tendí ante la húmeda soga:
la luz presentida acercaba espera
y añoranza y su olor no llegaba a
despertarme ni yo era quien de alejarme:
así como al asombro que me contiene grité
     no estoy aquí para la luz:
ya que enviado hasta este lugar por la vida he desaparecido
dentro de la vida
y nada sostiene ahora mi propia sombra:
por el sendero de la ceniza me ensimismó la ceniza
y el humo por el espíritu del humo.

Traigo en las manos una flor azul,
el mirlo, un cartón de vino,
las nueve de la mañana, y un buen trago
antes de que la piedra se abra a los
colores más vivos.
Las primeras náuseas, una imagen
que responde siempre.
Pongo en su lugar el verde de tus ojos.
Con tosquedad y aún muchos temblores
enciendo un cigarro.

Pasan las horas y no dejo de beber.
He caminado hasta la playa. La ebriedad
     hace agradable el tacto de la arena,
el agua salada y la arena que
entran en mi boca y escupo.

Llegan los primeros bañistas. Estoy en condiciones
de acercarme a una terraza.
La cerveza, el sol,
una extraña paz.
Hago un esfuerzo y bajo los peldaños
hacia el silencio y la sordera.

Como con apetito en un continuo interrogante
que acompaño con un buen vino blanco.
En el postre me ciño al escote de la camarera.
El wisky que mezclo con el helado
regurgita los rumores de tu sexo.
No fue buena idea morirse, una chuchería
comparado con aceptar aquel trabajo fuera de la ciudad.

                            22-septiembre-2016