miércoles, 10 de agosto de 2016

Vengo de alimentar a la serpiente.
Ídolo y musa de los dioses
abre con una flexibilidad bellísima
esa mandíbula nacarada,
lúbrica como un abismo lésbico,
en las noches que mis ojos
portan el color de los venenos
y no vacilan preñarse de lo oscuro.

Algunos hombres odian su presencia
mientras devora un hermoso pájaro
o un pequeño reptil. Yo, sin embargo,
sucumbo de éxtasis erótico
y como el mejor de los dioses
me estremezco ante cada leve
contracción, ante el más mínimo
espasmo; y dejo que la muerte
violenta y necesaria y que el hambre
violento y salvaje haga su tarea
en esta intimidad que solo los
dioses podemos completar
cuando entra en juego nuestro sexo
y vertemos semen y deseo
sobre el rostro impasible de la Parca.

                       10-agosto-2016