martes, 2 de agosto de 2016

Se ha empobrecido tu palabra y sabes muy bien
quienes son los culpables. Es más. Les podrías
poner nombre y apellidos. Pero no quieres levantar
ampollas. No quieres que nadie se dé por aludido.

¿Para qué preocuparse de eso que los poetas
llaman ritmo? ¿Por qué has de temer no ser
todo lo agudo que debieras con los adjetivos?
Y si sobran palabras, pues que sobren.
Y si te excedes o cometes anacolutos y demás
incorrecciones, qué se le va a hacer.
Tu labor y tu propósito no son los suyos.
Jamás lo serán. Literalmente, que se jodan.

Si decides escribir que la luciérnaga es un
chispazo de luz cuya naturaleza te penetra
con la naturalidad sexual del relámpago,
o que en silencio lames mucho mejor
los eccemas que la lengua del calendario
va acumulando con los años, pues hazlo.
No son tus tripas las que van a revolverse.

Ayer mismo leí a un autor que admiro como
a ningún otro que el panorama poético actual
da asco. No podría estar más de acuerdo. Ha ido
derivando hacia la peor y puerca desvergüenza.

Hombres y mujeres y editores a los que la sangre
les desborda mediocridad y menosprecio.
Un menosprecio que adornan de toda una mercadotecnia
que escupe directamente en la cara del lector y le trata de imbécil.

Hay libros que nadie con dos dedos de frente le echaría
de comer a los cerdos. Libros cuya semilla contiene
la expresión más deleznable de la usura. Libros
que, sospechosamente, nutren mucho mejor la solapa
que el contenido. Libros que se parecen demasiado
a un anuncio de perfumes. Libros que no tienen catedral.

                                    2-agosto-2016