jueves, 11 de agosto de 2016

          Quise pretender mi reflejo a la vez que la
               nostalgia atravesaba
     con un vasto haz aquella ira
en tantas oscuridades desatada o contenida.

     Era un excedente de mi nombre,
un ardid en metros cúbicos inclasificable,
     el bloque engreído
de cinco minutos a la derecha del gruñido.

Hijo bajo un verde diluvio de hambruna,
deseo en cruz contra el pelaje del hueso,
anfibia soledad frente al desahucio constante,
postor de las lágrimas cobardes en los pucheros,
un fácil bastón de sal para las hendiduras,
esa puerta de atrás donde mueren pacíficamente las abejas,
negra estela de pétrea repulsión,
y, en ocasiones, último polvo en las comisuras del aliento.

Carecía de fundamento mi sinuosa ansia de buhonero.
Era una siesta de mendrugos adulterados,
un harapo humillado al abrigo del humo,
la herramienta que gime abandonada al poniente de la razón,
el andamio en unos ojos asiduos del rastrojo y el somier extraño.

Sobrevivir y aguantar cuando fueron mística los adoquines
y la pared de cal era el cuello sobrenatural,
eco de la balada de los lobos,
y el olor de los impactos de bala en los puentes,
el virgo sobre el altar
donde tantos ríos mantuvieron su préstamo a la sangre.

La válvula del día era una dentadura postiza,
un deshonesto triunfo para el sudor de los monederos,
Raquel con su cuarto hijo bajo el brazo y mis manos
          siguiéndola camino arriba,
camino de la fuente de las tinieblas,
camino de la fuente del alcohol y de las palizas.

Yo era una rata de labios arqueros,
un incendiario forjado en el hielo de la lepra católica,
el estiércol a los pies de la horca,
y un sexo de leñador cuyo decreto ocupaba al niño bueno.

Era un tono ligero de incienso centinela de la lipotimia.

Muchas veces argumenté el código postal del soliloquio
y me salieron ampollas en la lengua
tratando de adivinar las braguitas blancas de Elena
cuando los avellanos eran un desierto
que habías de cruzar para romper la inocencia.

                              11-agosto-2016