martes, 23 de agosto de 2016

Has hundido las venas en el placer metálico,
harto de la fuerza estereofónica del dolor.
Tu nombre es una centrífuga revelación,
un caos continuo en el interior de la boca de los muertos,
la degradante y coral minusvalía
de aquella certeza animal
cuyo organismo debieran mover las puertas giratorias.
Ahora, por momentos, la noche es una gran magnolia,
son las crines de una yegua en celo,
el mordisco a una copa de alcohol,
y el clítoris yuxtapuesto en la sangre de la usura.

Te infiltras un silencio feroz
fruto de la ilusión antigua de las brasas,
y balbuceas un siniestro inclinado
sobre la espina del orgasmo y de la vulva del grito.
Jamás estarás listo para escuchar
la anónima liquidez de la sombra.
Te lacera las axilas la dínamo psicótica del sexo
y en todo capturas con la fascinación del primer contacto
la violencia que consume el blanco de los ojos.

Quisieras corregir la voz en el tiempo temprano de los relojes,
cerrar las ventanas al inquilino que estremece
la recóndita púrpura del pecho,
abrazarte al arroyo de la luz y en la forja de la
     ebriedad anclar la resaca de la piel.
Pero eres descendiente de borrachos, la reedición
de un volumen que irrumpe en la grieta
con la intratable sustancia de quien fue
calcinado en el parto y arrastrado hasta un espejo
para que viese bien pronto la monstruosidad de su ser.

En ocasiones extirpas sílabas a la barbarie,
lames frenético las hoces de tanta vileza ígnea,
trabajas con ímpetu el odio a la locura,
a ese destierro suspendido en las ramas de la encina muerta.

Aún cuando has entrado en el subterráneo
avanzas esa hendidura que asciende hasta tu boca
y vomitas sobre la osamenta de la soledad.

La cúspide de la forma trastornada
despierta la niebla que taja los tendones
al que ahonda en los caminos donde no hay puentes
y halla cada pocos pasos restos de su propia lepra.

                                 23-agosto-2016