martes, 30 de agosto de 2016

Fue otra la dialéctica del desorden:
no ser en la biografía de ley alguna:
aquellos cuerpos desnudos,
casi cadavéricos,
en que las pantanosas posesiones,
y la derrota, y la carroña,
viajaron por calles ciegas
cuyas desavenencias
habitaban la desidia
y dejaron en carne viva la soga.

Inadvertidas como la expansión del átomo
las esquirlas de un silencio,
reverso de los abismos,
fueron una asunción despiadada y constante.
La virtud era una letra cursiva,
aquella trivial mortaja para los mezquinos,
con que los labios de los días
laceraban la noche y jamás aliviaron
de malas hierbas las caderas tan frágiles del vacío.

El frenesí trenzaba los hilos
de aquel rastro de verdad
que la serpiente siempre en deuda
ocultaba a la clandestina bitácora y al grito.

Nunca hablaréis de farsa
allí donde han sido consumidas
todas las velas y desfallecen
los espejos aunque suenen mudas
las obscenas alas de la gracia.
Porque si hubiera polvo
en las trampas que deja la araña,
seréis atrapados por la trama
que al embriagarse de luz,
devuelve rendida tras la fiebre,
la huella del hombre
que trabajó y vivió
para ser memoria
donde la paradoja
parte en dos el lienzo del ocaso.

Cuando fracasa un poeta
o muere un pájaro
no hay rencor que los insomnes
o los locos deban hacer bailar
mientras se disipa la niebla.

                   30-agosto-2016