viernes, 19 de agosto de 2016

Esos momentos en que el cansancio era antiguo
como el hambre cuando has saciado todos los pecados
y un pez ocioso anochecía en la copa de ginebra;
tan silencioso el viento
que las raíces apenas explicaban la octava
parte del humo de un cigarrillo,
solía emborracharme durante semanas
hilvanando aquellos fragmentos
que hasta entonces solo habían adoquinado
el bulevar de las chimeneas.

No había orgullo nunca. Y al mirlo lo tenía
olvidado junto a las cenizas de la luz.
Así cultivé un óxido silvestre cuya elegía
pertenecía al peso de las mañanas,
a las crudas prostitutas y a sus grillos heroinómanos,
al furioso presagio de que el perdón no se
hallaba en el abdomen de aquel lento hacinamiento,
ni en los ermitaños que envolvían mi sexo
en los cuartos oscuros.

                                          Un timón íntimo,
al doblar las esquinas, advertía de una próxima
estación siempre tan cercana como difícil de atravesar.

Bebí mucho para liberar esta rúbrica
que jamás tuvo bastante y que era ágil,
muy ágil hasta que las tomateras se llenaron
de orugas y hube de huir
donde los aguijones adecuaron su veneno a mis relojes.

                                   19-agosto-2016