viernes, 26 de agosto de 2016

Destrabas la náusea violenta aparcada en la sién,
y te acurrucas ante las pupilas de la abstinencia.
Era agosto y el chirrido de la oscuridad
arañó tu piel. Ya no había temblores. Solo
aquel empalago de banalidades y
revisitaciones al mal. Tratabas de concentrar
los márgenes del grito. Pero apenas movías
las manos, reventaban los párpados del sueño.
Jadeabas solitario mientras la muerte lubricante
arrastraba el olor a droga de las paredes.
Insististe en aguarle la fiesta a la aguja y a la
botella. Hasta que los músculos hicieron un gesto
de baba cayendo. No era más que tu sangre
lamiendo el metal incrustado en la carne.
Ese último esfuerzo por poner en pie los límites
de la vorágine.

                           Habría que explicar el ansia,
desaparecer en los últimos metros de la incertidumbre.
Te veo adherirte a las axilas de la tarde, dar
dentelladas al cuello del reloj, volver a intentar
el miedo en apenas un par de gramos.

       Tu desaprendizaje duró hasta que una abstracta geometría
se durmió en las horas que tus arterias
echaban de menos el sexo de los astros.

                                    26-agosto-2016