viernes, 5 de agosto de 2016

Después de la lluvia la sangre es un eco
     sordo de hormigón armado.
En los cimientos de la ciudad
     la música desgarradora de los partos
y de los orgasmos
     arrastra a un coloquio bajo las ubres
del relámpago.
                           Los barrios pobres no cesan
de erizarse con toda su tripulación a bordo.
Aguardan los náufragos a sus amantes
en las paradas del autobús. Y las adolescentes
y los adolescentes se masturban
mientras sufren sus primeras resacas.

Después de la lluvia, en la ciudad,
     en su mismo centro,
se erige un iceberg blanquísimo
que defiende la memoria
de las lágrimas de las viudas.
Eyaculan los perros una tristeza tibia
cuando los habitantes
escaldan sus gargantas
desnudando el pecho, y el alcohol es
un insecto caníbal, muelle para la
     bruma del silencio.

Y así transcurren las horas y los días
     contemplando como cercenan los ojos
las absurdas leyes de una luz
     a cuyo dictado obedece el insomnio y la utopía.

"-¡Jamás creí en la locura!" grita alguien
     desde una azotea cualquiera
antes de saltar al vacío.

                        5-agosto-2016