jueves, 21 de julio de 2016

Volvía de ningún lugar, mi nombre no importaba, vagaba
                                                                              [por un camino
que me arrastraba hacia la muerte; el áspid
se ocultaba en la mortaja. Blasfemaba contra los hombres,
pero hacían caso omiso de mis verdades, miraban más alto.

Yo no era válido como cómplice de la barbarie.

"Como pequeños fascistas habéis perdido el olfato,
habéis perdido la vista,
y todo a vuestro alrededor,
todo aquello que no sea de vuestro agrado,
debe ser anulado exterminado aniquilado.
Jamás os giráis ante aquello que os es adverso.
Preferís cruzar primero vuestra espada.
Siempre asegurando la indefensión del enemigo.
Siempre protegiéndoos tras vuestro ego tan popular.

Porque ante todo, tenedlo claro, hasta el más mediocre
autoritario es en origen un cobarde.
Un cobarde de mente castrada.
Un cobarde con un enfisema en el alma.
Un cobarde cuya retirada la precede
siempre el escupitajo o el sucidio.

Y así de la cobardía su consecuencia la mezquindad,
el falso halago la tuerta deriva humanitaria
el execrable cinismo,
parten en dos el río de la concordia,
carcomen el tacto verdadero
y hacen del hombre sincero
un habitante de las cloacas hijo bastardo de la locura."

¿Dónde me hubieran advertido que en la sombra
se reavivaría la ceniza de grito abisal?

¡Cómo si me fuese permitida la defensa! Como
si no estuviese narcotizado tan a menudo
por las indolentes pupilas urbanas del tedio.

                              21-julio-2016