miércoles, 27 de julio de 2016

Muéstrame el velo de la memoria y aniquilaré la
     voz de la edad.
Concluye la catedral de las arterias extraviadas e iré
     a buscarte donde bullen los muslos.
Atraviesa la inocencia preñada de cicatrices desnudas y
     limpiaremos el cofre de tus delirios.

Eclosionarán las crisálidas como un climax antiguo y
     nos untaremos de intemperies auríferas, como el
     criptograma idólatra de manantiales puros.

Permanecemos anulados en medio de un lugar cáustico
     y no podemos servirnos más que de leyes
     que devoran nuestros elementos.
Por esto contamina el apetito impregnado por el síncope del
     laberinto.
Por esto veja las manos la blasfemia de los relojes sin
     eje.
Necesita de nido la huella ante la inquina de la roca
     despótica.

El camino es tan sólo óvulo de esquirlas que reflejan
     los callejones ustorios.

Nos enfrentamos en las vértebras de la espita de un vórtice
     como cuchillas del éxtasis.
Nos deriva un acezante chantaje que explicaría el
     hurto.

La infamia de un balbuceo que no sobrevive.
El desierto que nos avanza su deseo de muerte.
Los gusanos que se alimentan después de las manos del
     verdugo.

Aún así anhela el cultivo las aguas de los vientres.
Aún así en breves segmentos se ejercitan nuevas revoluciones.
Aún así mordisquea las prímulas el viento.
Aún así nada cohibe la lengua del magma
ni subordina las pupilas colmadas de diversidad.

                                    8-julio-2015/27-julio-2016