miércoles, 13 de julio de 2016

Llegué a la edad en que mi nombre es un mal enemigo.
De no haberlo suicidado, tú te hubieras bebido
          la víspera de mi estirpe.
Pero preferí hacerlo yo. Y de una manera
          sintácticamente perfecta
poder besarte al menos una vez, una vez por semana.

Tuyas fueron las músicas barrocas de las sábanas,
mías las espeleólogas incursiones a tu coxis.
Por eso me anima seguir siendo tu huésped
          después de tantos años.
Y ser quien de bajar las escaleras para que tú las subas.

Si fueras una herramienta del olvido
          cogería el cuchillo y la tortuga
con que atraigo las moscas del vino en las tabernas
y afianzo esta abstemia orilla de la verdad
a las diestras sombras
                                           que más semejan calabozos
     y el rictus del tedio
como es obvio en aquellos que robustecen los látigos.

Aunque nunca serás fugaz como las migraciones.
Nunca tu boca anunciará mi ancla.

Ansío poder deletrear todos tus poros, beber
colgado de los pies, los altos muros de tu sudor.

Y así guardar la erosión indefinible
que tiñe nuestros relojes
tres pasos al frente
y dos a la derecha
del árbol donde
navegué a ciegas
instalado en el pánico lento de tus pechos.

                         13-julio-2016