domingo, 26 de junio de 2016

Tras el estío era el hórreo como de siesta
y el viento en nuestros hígados escalofríos que cuajaban
de las cercanas patrias del verano
un temor de saltamontes e incendios.
De un solo matiz se inflamaba entonces al recuerdo entrometido
como un niño, desafiante con manos y amapolas,
que, bajo una colcha que la pupila pervierte,
prendiera en las zarzas el aromático ayer de la tierra
a la vez que contra las piedras el abuelo descansa de niebla
     los pulmones.
Enredaba en las bodegas un ligero hedor de pasados siglos,
de disparos ocultos rompiendo en la saliva
y un nido cargaba metal para la araña
aletargada por el mordisco de las espirales.
Digo el consuelo agrio de la sed
y mi boca paseando en su rumor,
y las polillas que ahondaban, implacables, mis voces y mis presagios.
Había una herrumbre en que la noche suspendía de péndulos sus lobos,
y en las cerraduras oráculos con entreabierto desdén
y el caudal de los truenos,
y los licores visitados por el haz de los sepulcros,
y los laberintos de lucidez en su horma de cera tutelar.
El camino unía con su cuarzo macizo,
con sus células expiando de perennes aullidos,
los dioses adversos del colmenar,
y las vigas, torvas, flanqueaban sus venenos
como la sierpe que pierde su piel en los retornos.
Y el espejo amainaba la fiebre fletando su beso en la
     sangre,
y una catarata pura descendía con el afecto de las llanuras por
     los verbos,
y el clandestino adagio de los rebeldes sonreía entre los muros.
Contadme cuál es aquella vitrola con el enigma sembrado de
     huesos
y el repugnante gusano amarillo de las raíces rumiando en mis
     párpados,
y alrededor de mi origen, llamas con el esperma teñido en su
     rostro
y Orión profanado por el bravo reloj,
y Venus sobre la acuchillada costra ancestral de los ciervos.
Aquella encrucijada sin direcciones, hincada,
donde dibujaban milenios las culebras
cuando el mar segaba cada uno de los palmos sordos de la costa.
Y las islas broncíneas, en un silbo de teas,
y las hembras iluminando desde su pecho de
     grutas
los cenicientos abismos de los combates en solsticios salvajes.
Crepitaba en los bosques. Ahora, tristes, acarician insatisfechas
     siluetas,
cabezas que ásperas enrojecen,
como matices expuestos a una elíptica de sol.
Y como el esclavo, jamás exento,
pronuncia los nombres de la penuria ante su turbia espada
acompañando su voz hacia los ríos,
así por ti me entrego,
vertiendo en mi grito tu grito,
tu sombra en mi soledad
y tus abiertas arterias, fenicio zagal,
irrumpiendo como un hondo cielo
en el hontanar blindado del trayecto.
   
                              25-junio-2015//27-junio-2016