miércoles, 29 de junio de 2016

A nada de claudicar, como las heces de un loco en el retrete,
luz amarilla o velo empapado en la pura tiniebla,
cómo supura piedad un cuerpo de alcohol los días que
     mueren
con un ritmo de cenizas y piedras helándose.
Entran y salen, de la obsesiva neurosis alcohólica, las voces, los
     caníbales sórdidos, las raíces indigestas, con burbujear de
     cascotes y mandíbulas.
Una substancia de cadáveres, tan atroz como el nervio de un
     miembro amputado, sepulta en el silencio blanco el vórtice
     de dolor. Subterránea savia en las arterias.
El maniquí a los pies de la cama como los besos en el armario.¿Hacia
     dónde vas, responde, sombra vencida, esperpento del grito
     deforme, dolor mío de ahora, mayor que yo
     mismo ahora, del cual no puedo escapar y me paraliza como
     una caricia fracturada en el agua?
El estómago sucio con siniestro de embriones.
El vidrio de una sola botella me ahoga.
Constructores decrépitos, ruines rameras y mercenarios crueles,
carceleros del semen y de la fiebre,
permitidme romper los cristales del escaparate, las cadenas del aire, los
     teatros, el aroma en el alféizar de la flor,
el suplicio íntimo con que muerde un adiós.

                                          29-junio-2016