lunes, 23 de mayo de 2016

Absorta en una bolsa de tela
deja que emerja el oloroso tacto de la madre
y se siente culpable
y tiene ganas de llorar
porque este año no acudió a la matanza del cerdo.

Es consciente. Necesitaban su ayuda.
Pero esta vez yo era tu víctima, Alberto.
Yo era tu víctima.

La caldera del agua estropeada...

En invierno el agua de manantial
no está tan fría como el agua del grifo.

"Solo las mujeres de pueblo sabemos esto, joder."

¿Qué mirais, cabrones?
Mi nombre es Ángela.
¿Acaso no habeis visto nunca a una tía
lavarse el pelo así, aquí, a la intemperie?
Mi nombre es Ángela.
¿Acaso no habeis visto nunca
un lindo cutis fumarse vuestro agua,
embriagarse de la vida de vuestro agua?
Sí, me fumo vuestro agua.
Me coloco en vuestro agua.

¿O quizá no estoy cuerda?
Quizá veríais con mejores ojos
que se la mamara al casero.

Va a ser eso. Primero las cadenas,
luego la soledad.
"Puta sola, borracha sola."

¿Dónde estás, Alberto?
¿Por qué no te llamo?

Quiero que me alimentes. No soy tan fuerte, sabes.
Quiero que me cuides.
Quiero ser tu niña y tener tu fiebre y la mía.
Tus labios. Las noches que no duermes en casa
busco tus labios bajo la cama.
Busco tu olor en el verdín de las paredes.
Busco tu sexo en mis dedos.

A veces creo entender. Tu cepillo de dientes
guarda un silencio indeciso.
Me lo llevo a la boca. Me llevo a la boca
las estaciones de tus encías, los excesos
filosos de tus caries de segunda mano,
la lluvia infalible de tu saliva.

A veces creo ver tu cadáver. En el lugar
de cierre de la madrugada me pondré
el picardías y le haré el amor a tus cenizas,
al viento que aceleró la violencia del fuego,
al reverso constante de tu última mañana.

Cuando alargues la mano será mi feto lo pri-
mero que toques. Tengo el lustre de la muer-
te moteado en la piel: tu nombre, Alberto.

                   22-mayo-2016