martes, 22 de marzo de 2016

Se desliza entre ambos en el camino
una silenciosa miel que dora,
junto con el tapiz de las lluvias, tu piel.
Fluye en un mediodía cegador, desnuda
de ti, cada revelación tuya; arrecia sin cobijo,
y quema, en la piedra que taja
cada hacha y se estremece sobre tus pezones:
tú donde dejo de ser, en esta luz que empapa
para cicatrizar
la claridad de los relámpagos.
                                                      Y así, herido
por el metal que acecha en torno, avanzo
hacia el misterio de no hallar
ya nada mío dentro de mi voz; si presiento
levemente el sendero, se me vuelve sordo
el hecho, se erosiona bajo una esvástica, tembloroso
e impostado el instante, y su reflejo
ya no me guarece;
si callo, observo ese conjuro, vacío,
edificar a su muro más hondo
o repetido en una lejanía que no lo distancia.

Hasta el cenit que restalla a la primera
violencia del reloj
ciega el éxtasis; después cierta ventisca
perfila los escudos en un iracundo
descendimiento y domeña de las bisagras una turbia
edad que se extingue
entre vetustos rescoldos y los cuervos
regurgitan los precipicios.

                                                Las formas
anidan tenues entre tu y yo. Te designo
en una pendular consumación. Ignoro
si te conozco; me digo que jamás estuve
tan cerca de tu rostro como en este marginal
cataclismo. Unas cuantas sombras lo han abrasado
todo de ti y de mí, salvo un grito, una
huella que se enquista, parasitaria,
de dos vidas.

                              22-marzo-2016