viernes, 26 de febrero de 2016

La claridad se aviva hacia lo desnudo,
rasguña su silencio en los coágulos abiertos,
se hiere con astillas, le tajan noches.
Mi cuerpo, fuego caduco entre fuego perenne, sostuvo
     incertidumbres limítrofes,
contiene hebras enquistadas de una náusea obsesiva.
El músculo hiede con el tuétano, se cuaja en los ángulos
donde la nada oscura, las piedras saqueadas del ser
asoman entre viejos yugos, repudian herrumbres que se
     atoran en los pulmones.
Las normas, las huellas anónimas estrangulan estos abismos,
estos despeñaderos que, en ocasiones, como la peste, vuelven
a pesar de las falsas apariencias, de las flores, de
     las mieles ácidas.
Adopta mi minusvalía su ortopedia en los pájaros inocentes,
en las bóvedas del trueno, en el júbilo de la palabra.
Cada reciente error, cada mordisco en asfalto,
cada irreverencia es una extracción para la cicatriz,
un seísmo en la conciencia, un aguijón de vacío en el aire.
No deseo madurar la calle, no deseo adecentar los pavimentos
     contiguos a la frontera seminal;
una frontera, de existir, debe permanecer abierta; la calle, de existir, no es un
     invertebrado.
Deseo arrastrar con la claridad cualquier impureza, sanar la cicatriz en la
     luz.

                                          26-febrero-2016