viernes, 27 de noviembre de 2015

Mejor sería hablar del anzuelo propenso a la usura
aunque la habitación en Roma tenga las ventanas
insomnes, todavía hoy, que ya no chapoteo sobre las
piedras para intentar conciliar el sueño.

Pero la memoria a veces es el cuchillo de la tristeza
y las escaleras no siempre son un buen cepo para la
     creciente escasez de los inviernos.
                                                                   Incluso la levedad
del humo comprende la lentitud de algunos recovecos
donde rotaron los ángulos y los labios fueron una
sencilla cápsula de la fatiga.
                                                  Hoy debo volver
a tragar el rubor imberbe, hacer las maletas en las que
despunta la fimosis del porvenir, incluir
muestrarios in extremis en los embustes de la razón,
y tomar el privilegiado músculo de la llama antes que
     anochezca.

Seré un guardaespaldas arbitrario, alevoso como los
motivos de la náusea, crudo como el aguardiente
bajo la amenaza tartamuda, silente como ese pez
que cabalga en tu vientre a lomos del virus de todas las
     violencias.

Repudio las astillas, los más elementales abrazos de la
     putrefacción,
esos vestigios de visionario que inculcó la malicia
en las carteras olvidadas en las cabinas de teléfono.

Aún creyéndome el mejor prestidigitador no voy a
rescindir las bocanadas que dí sobre aquellas medias
que abandonaste en el cauce de la cama cuando el
deseo no había alcanzado la inercia de la ebullición
y el lunes era un fumadero de emboscadas donde los
menos valientes extendieron la agreste fragancia del
     pillaje y de la cicuta.

                                   27-noviembre-2015

jueves, 26 de noviembre de 2015

Cuando la piel suplica ¡basta ya!
todavía resta la esperanza de los
pinceles embadurnando con ceniza
aquellas señales que limpien el
cuerpo, todas sus cavidades, del
     vértigo continuo.

Y aunque escuezan las redes, un viento
interior sopla bajo el árbol que cobija
a los relojes de la pereza de los enigmas
y la húmeda tristeza de los espejos rotos.

No fue el color quien penetró primero;
fueron las edades verdaderas de las huellas,
fueron los escozores de las raíces solitarias,
fue aquella estirpe que partió en dos las
     arrugas de la distancia
y el hallazgo de los alquímicos aquelarres
y el saberse de una vez por todas
náufragos en el negro sobre blanco.

Ahora toca descender el río y no dudar
ante la sospecha de piedras en la boca.

En el estómago esa devoción por ver crujir
a los pies del mediodía la hojarasca de la infancia.

                              26-noviembre-2015

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Tus labios, golpeados por el primer rubor,
cicatrizan a causa de un sordo aunque ya febril deseo,
y esparcen luego sobre mí la impaciente cirugía del viaje.
Es sencillo. Nada se disloca en el caleidoscopio
que oscurezca el tatuaje de luz
que susurra a ras del aliento, sobre el que se arrastra la piel
con el ansia de un mordisco lascivo.
Ciertas heridas se aferran a las raíces
que amputan el grito del eclipse
durante una batalla entre brasas ebrias con llamas
     fracturadas.
Cierto viento huérfano ligeramente materno,
como una escotilla escarbada sobre los ojos,
se impone a los laberintos vírgenes.
Y ahí acaba todo... Aunque ¿quién aseguraría
que no estamos ante abismos, sino ante grietas,
y no solo ante nervaduras, sino ante el camino?

                                25-noviembre-2015
Toqué el clítoris de la piedra con un
     ligero movimiento circular del alma.
Así fue como aprendí a engastar la
     amenaza de las cosas.
Así fue como supe que era huérfano de las
     ingles del paisaje.
Solo tenía que dar de comer al gato y
     tender la colada.
Dos días, un fin de semana que tuvo el
sabor de un científico en un paisaje desierto.
Averigüé de que manera se agazapaba la
luz mientras sostenía tus bragas de
encaje negro en el archipiélago del tiempo;
cómo la voz de la ausencia percutía en el
deseo de la obscenidad, en los
testimonios adúlteros de los muebles, en el
pulso paranoico de la voluntad.
Hice un pequeño fuego en la chimenea
cuando la urgencia de la espina dorsal
precipitó el misterio del grito sobre la cama.
La báscula de tu llama estaba por todas partes.
Era una novedad para la conciencia
abandonarse al profundo olor de tu nombre.

                            25-noviembre-2015

martes, 24 de noviembre de 2015

Y de nuevo avanzas, el camino en letargo,
en la envoltura de ambigüedad.

Las crisálidas refractan luz
al centro de tu origen, en los hechizos

tan indolentes de ley, en el ansia.
Hubo un tiempo que oíste en el abismo

tajar a ciegas sombras, tristeza
de un terror en el hielo, próximo a los signos

del humo en umbrales sobre el arco ajeno.
Había hierbas sonámbulas

en medio de la ceniza de invierno,
alimañas heridas en orillas

que arrastraban a los huéspedes
de ritual infortunio, ritual profecía oracular

de la aniquilación y el engaño, hasta el vórtice.
El vestigio se enervaba bajo la huella,

y la raíz, y el crimen náufrago.
Ya ante la meta, devorado

por la ambigüedad hirsuta, aullaste
a las máscaras de la llama en la arena

tras la noche cautiva. Un haz
golpeaba en el zenit. Engúllelo, ambigüedad,

desde tus hechuras, en tu inscripción
de infamia y de oprobio,

y vuelva el centro de tu silencio a tener
un camino en letargo junto a la muda meta.

Hechuras cenicientas, devolvedle
la calma del invierno a la envoltura de ambigüedad.

                               24-noviembre-2015

lunes, 23 de noviembre de 2015

Vengo de las horas que van y vienen en las paredes,
en los árboles, en las presas del regadío,
en la desarmada tristeza de las frutas que
una vez maduras alimentan las líneas del horizonte.
Vengo de la soledad entre los hormigueros, de esperar
pacientemente las manos y la fragancia del sol;
vengo de la lluvia y del rostro de los caracoles,
de la sequedad paupérrima del silencio,
de los mudos e intensos cortejos del fuego,
de la noche velada en las franjas de la calima,
y del asco extraño que avisa la rotura del círculo.
Vengo de quienes disipaban la verdad
dando lentos sorbos a una botella de cerveza,
de quienes liaban cigarrillos con el escabeche
del trabajo entre los dedos; de la mierda de los
gallineros y de la mierda del pozo negro.
Vengo de quienes contuvieron el prestigio en las
manos callosas y labraron sus campos a tres mil
kilómetros de distancia y edificaron sus vidas con un
océano por medio  y fueron los indigentes de las
dificultades y del velo en los pactos con la usura.

Sí, yo conocí la aritmética de la tierra y de la miñoca.

                             23-noviembre-2015

viernes, 20 de noviembre de 2015

Se podría pensar que habito en estos refugios,
se podría pensar que en ocasiones los domino desde la evidente
                                                                            [forma hasta el ángulo
     del amplio aliento barroco
como a cuerpo de piedra,
como a antigüedad abrupta erosionada a mi albedrío por la
                                                                                   [espiral del vértigo
     y el tiempo de la luz.
Se podría pensar que son las puertas para mi silencio.
Se podría pensar que cincelan su aire en desafío contra las sombras,
que tajan sus muros para abrir mi cicatriz y mi herida,
que ofrecen las infinitas estancias como celdas del ansia
     íntima,
que inyectan uno tras otro estos sacros venenos para relanzar mi
     aliento.
¡Extraño espectáculo el que convocamos en origen mis huellas y yo!
Quizás verbalizan como pliegues hendidos
por esta ciudad de esqueleto en extravío donde derroto sin armonía,
vórtice hacia la nada,
envejeciendo con el temblor congestionado que me invade y no
                                                                                       [consigo expulsar.
Quizás así,
me sostengo como un vestigio en esta cautiva incertidumbre,
como un aliento a traspiés por estos aromas de los que no hablo su idioma.
Me desgarran sin pudor de fuera hacia dentro
estas hediondas pezuñas que me injerta el jadeo.
Me funden con tripas de fuego,
me asfixian entre herrumbres de abismo como a un espectro,
me hilvanan en desnudas superficies y en oscuros clavos que exudan
     como los amargos paseantes de la violencia,
me engrudan en contraseñas,
me reducen con ácidos y con bucles hasta la incógnita,
me fuerzan a bullir en el reloj de este nítrico ritual,
me vulneran como brida desobediente en la intemperie de todas las resacas
hasta la perversa miseria y el infierno sepultado,
siempre al acecho,
siempre a nada de ovillarme a traición contra el azar del
     inasible acorde.

                                         20-noviembre-2015

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Abrí el vaso de agua por la
página ciento cincuenta y tres.
En el segundo párrafo,
después de un punto y coma,
se escondía un niño dema-
crado,
sediento.

Me miró,
pestañeó,
y balbució un
     casi imperceptible
¿por qué?

                          18-noviembre-2015

martes, 17 de noviembre de 2015

Si lo acompaña caries el suicidio nunca avisa.
Y sin la fatiga de las dentelladas agudas,
esas que pudren por anticipado las ruinas,
jamás un pacto fingido
derramará ignorancia sobre la
gramática de los pájaros.

                                            Así rompe treguas
el reflejo en la misma cara de las lluvias:
una repetición o desmesurado silencio
soberano al abrigo de los campos de nostalgia.

                                Vuelve la violencia de los parias
a suplantar la angustia
que en las amapolas mancha
con piruetas la sombra narcótica, el patrón
de los cuchillos en las teclas de vísceras
y de subterráneos donde el dolor
posee un extraño amargo, la impostura
absorta en la rompiente, y el cálido
ensimismamiento de la cópula.

                                                        Fue la voluntad de
dios el continuismo de la grieta, el aborto
en las voces heladas; esa certibumbre
que no libera las cicatrices aún cuando el
regreso le abra todas las puertas a la piedra.

                                  17-noviembre-2015

lunes, 16 de noviembre de 2015

Es como un ácido silente que degradase espejos de bondad
cuando en la sombra ecos de tóxicos, de miserias y peste
hienden a la razón con pólvora de dioses encapsulada  de metralla, de
     símbolos y de banderas
cuando aullidos y tajos de suicidas y de masoquistas atraviesan de
     cinismos
la nobleza de las almas, la potencia de lo vivo.
Así en la superficie, en ejes ubicuos un órdago vil
rompe dermis, horada música de gritos y cultura de crueldad.
De inmediato e inútilmente se subleva la sinrazón.

                                   16-noviembre-2015

viernes, 13 de noviembre de 2015

Tus epifanías en el viento: luces desgarradas
por el surtidor de imágenes, que mis caminos expían.
Te mezco hoy como quehacer. Es importante que la condena
aparezca ante la llama, y limpie la ceniza, y custodie.

Mi venero en el lacre: ¿por qué tus pliegues
no transparentan huellas de aire en las espirales que nos hienden?
Hay escaleras en tus relojes, y deshoras en tus insomnios,
y erótica de dátiles en tus fulgores perpetuos.

Grito con la cabellera embriagada, y el abismo no me atraviesa.
Anima mundi solo en tu raza, sol de aullido y delirio.
Ambigüedad para el hombre que te emigra en el enigma y suspende
en el zenit del vestigio los ecos diáfanos.

Labor núbil en mis entrañas: descalzo arenas al quizás
y los vaivenes de voluntad te navegan y te arrastran.
Arde en mi vehemencia, tránsito, y páusate en las raíces
pues sé habitar de tus puentes aún el inconcluso.

No apaciguamos intimidad de los residuos para que las promesas
                                                                                                      violentas
se ayuden en el precedente continuado. Y los enconos
de nuestra exigencia desgraciada resuelven vencer el
                                                                             ingenio. Son
las cosechas que constriñen los avaros. Son aflicciones.

Tus cuervos combaten por extraños lienzos. ¡Caiga la cal de la lluvia!
Luego las mieles salvajes, el ansia jamás respira,
y debes ser súbita por ti, y debes ser súbita por mí,
hasta crepitar, pura, en la inmensidad.

Te tajo con las encrucijadas que la lujuria del rayo desata.
Intrépida, destrenzas los genitales de la sombra y del reflejo,
aunque no te conjuro ascendiendo la edad de la simiente.
Te conjuro ingrávida, fusionada al impar.

No insistiendo en la sequía, en el jeroglífico, ni compasiva
a los humos que pulen nuestra seminal génesis.
Te conjuro sin verbos y sin horizonte, y desnuda, y lúbrica,
fiera vibrante que se multiplica preñada en claridades.

                                  13-noviembre-2015

jueves, 12 de noviembre de 2015

Nuestras semillas en las sábanas eran ya
las viudas del futuro. Una estravagante
medianoche de eunucos que adobaron los
desahucios de la mirada, el aroma de los
patios disipándose, aquellas mentiras
abortadas en la fe unilateral, y los golpes
renuentes que declinan oir la tos de la sangre
en los distritos que el tuétano hace participes
a favor del agusanado verbo de los relojes.

Mientras, drena óseas magulladuras
la lengua que en los ataúdes acosa la
lógica nítrica, los cimientos crepúsculo
de una ceniza tan febril como el grosor
del semen en los anaqueles glandulares.

Se acercan prósperos cánceres. Escupen y
amamantan las espinas de la luz. Se
derraman en oleosas breas. Son un cedazo
que agita los límites, las lágrimas que no
absorbe el perineo, esa esquelética galerna
ermitaña en los talones de la inocencia.

Nuestros secretos caen en cierto sopor arbóreo
que se desvanece bajo el embrujo de los astros
onanistas. Trepan el suelo, rompen la arruga
hasta rodear esa génesis templada que tan bien
oxida la concha de los vientos y el grave diorama.

Cansa contemplar la veleidad seca del hambriento.

La ostentación remienda las calles en la figura
de varios tullidos que todas las tardes duplican
el iceberg de sus tetrabiks, la espita que ruge antes
de rascar con las trenzas una hebilla tartamuda
sucia de cianuro y los harapos oxímoron del este.

Es mudo el magisterio de la horca, impalpable
como las sintéticas ampollas del asfalto, zurdo
como el pedernal amante de los gatos, informe
porque fuera de la jaula solo quedan dos o tres
cuya dirección fue un contagio programado y su
círculo un tropiezo de las vanidades antisépticas.

                              12-noviembre-2015

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Paralelo a la continuidad de una verde pupila
rueda disgregándose un antiguo túnel
que desconoce todavía la boca de los sudores y
de las escolopendras.
                                      Intemporales augurios
triunfan transcurriendo hasta completar
el alarido maléfico, los labios malditos y las
ruinas oyentes del oráculo.
                                                 Es un obsidiano
orden cautivo del éxtasis. Son las astillas
que elucubran abrirse en la levedad curva
como una fulguración de la sangre dentro de los
ojos.
       Así traga orificios la metamorfosis
que dislocando la forma
                                            empuja los intestinos de la
evidencia más allá de esa peste colérica que atenaza
    a la víbora.
                       Hoy reverbera la piedra. El
caminante gesticula ante la abundancia de pilares.
Corresponde al silencio arrancar las malas
     hierbas del mediodía.
                                            Quien respira el espanto
ahuyenta la sombra apresurando catástrofes,
criptogramas cóncavos y el desliz sin pausa
     contra la palabra.
Hay un hervor de arterias que semeja esa quemazón de la
     raíz
en los márgenes tan lentos del relámpago
como soldaduras en la centrífuga demencia del
     paisaje.
¿De quién es la orden que arde en el hueso?
Si aún palpitan los enjambres, ¿en qué
     colmenas madurarán las abejas sus habilidades?
Júbilo y locura era la respuesta, el movimiento
     proporcional a la substancia,
ese golpe que impide el baño en los pliegues
     austeros del archipiélago.
                                                   La potencia
suntuosa que refulge entre las lianas de
los vientres impulsa la danza insaciable,
el nudo grande que se eterniza en los
     pulmones de dos sexos erizados
ante la química y la estela del espejo.
                                                                   Saldrá
la sal de su bautismo de espuma a merodear
en los pezones de la montaña.
                                                      Hará una felación
a la luz que irrigue las laderas del embuste.
Siempre que retenga algún espasmo la luna el
     detritus ciego entre mareas contiguas
devendrá por las comisuras del luto y una
     niña girará la hermosura de su sexo virgen
para la plena expectación de las amapolas.

     Aquí, ahora, afirmo ser un expatriado.
Mi metáfora solo existe en el caleidoscopio de mis
     calcañares.

Cualquier orden en el poema es una
     impostura del fracaso; una antibiótica
falta de respeto a la sintaxis del alma.

Ebrios vampiros en cuyo recogimiento germina la
     noche, haced vuestros los ministerios,
la estirpe lacustre de los meridianos. Entrad
     a los cines y alojaros antes que los funerales de las
máscaras. Romped uno a uno los aguijones que el
     deseo reduce en las sencillas vaginas de las
prostitutas.
                    Atacad a los efebos que exanguinan sus alas
en el ano de los estuarios.
No siempre el héroe es una factoría. Hay vidas
     que sucumben a los venenos desusados,
ropas que proclaman el alcohol antes que los
     puñales claustro de la cópula.
Una exhortación será suficiente para las
     larvas que horadan el insomnio del humo.

Aquí es donde defeca quien anida en las mortajas.
Su nombre es el de un vestigio hastiado en cuyos
     subterráneos el haz de la desdicha llora magnicidios
por los furtivos parásitos batidos contra el ansia.

                               11-noviembre-2015

martes, 10 de noviembre de 2015

Por un cuerpo de madejas ciegas y faros húmedos,
como por una figura guardiana
de nieblas y visillos,
un oleaje de rostros cenicientos y huellas te desdice
al fin de la sombra,
una tormenta de potentes espectros en los labios,
un signo de llaves líquidas
guardado en la memoria.

                                             Es un tránsito límite
el que arde sus últimas texturas,
un tiempo de cirros helados y espejos opacos,
cuando se agita el sol
a través de una indigente reliquia,
un ebrio séquito que quiebra viejas tumbas,
y horas fungibles donde desvanece su aflicción
el primer mendigo,

                                  y, tendido, en un celaje
de tibias flautas y extintas gárgolas,
como un guarismo que ejerce
en su restante poquedad, con más terror al volumen
caligrafiado de continuos perímetros que al epílogo
que gobierna tu invisible territorio,

                                                               te construyes un alambique
silente, una frontera inaudita
de anémonas abisales, relojes amenazantes
y negras techumbres.

                                       Pero igual que la amarga esclusa
del relámpago taja su sexo clandestino
ante la vulva de Orión, tú amputas tu gris origen
entre amapolas invasoras y raíces urbanas, anegas
un humo de orillas invertebradas, te revelas al haz
del prodigio como unas fauces abolidas
de torres y tréboles.

                                   Aunque el peplo no tiene canon,
míralo, las ojivas señalan su grímpola
en los senos de todos los esquifes que en el exilio
han fermentado -un tacto de piel sumisa
y escamas nacaradas, un inmenso
solsticio-,
   
                y, después de que el mito se doblegue
a esa abrasión que extrema el litoral
de los puros delirios, pérgola esquiva
de su sustancia de espumas, un carruaje
que invierte el secreto de los nudos infernales,
furtivo anzuelo,

                            en todos los rincones, roto el culto,
tú te prenderás al triángulo
de todos los sedientos párpados.

                                           10-noviembre-2015

lunes, 9 de noviembre de 2015

Busco esa silueta de la palabra sucesiva
que rasgue en su plenitud la esfera,
abriendo nuevos cauces,
habilitando nuevas arterias,
hasta pasear sin descanso sombras
concesión, preludio y estancia de la nada.

Unas brasas busco que respondan
en el agua furtiva
qué segundo de ingravidez
adormecerá el puente seminal,
intangible al cobijo
de ese pulso que acerca
irremediablemente la roca viva
antes de accionar el
barro tenaz de la materia.

Busco esos reflejos de una estirpe
que una vez mojada la ventisca
duelen el brote de puro asombro
mientras bifurcan un coro de infinitos
en las caracolas de la pena desvalida.

No son suficientes las heridas en las sienes.
El caudal de hambre escuálida
se abre paso entre los andrajos
y la basura es la voz arrancada a los muros.

En el susurro busco el ramaje increado,
el silencio decidido de las espigas,
los campos y los abismos que equilibren
huellas y vértigos, promesas y atalayas.

Acude un insomnio generoso a lamer la fatiga,
viene cayendo como una pirueta pálida,
como la espiral sembrada de infancia.
Nácar embadurnado de anhelo
anudando el trenzado de las entrañas.

Sufre la pirámide el reflejo de la raza,
haber compartido naufragios en la monótona
musculatura de la tierra. Pues conserva
las impurezas modela el titilar distante
en las pupilas, ese anclaje prefijado
en que la brújula es una deshecha
llamarada y coro de intermedios;
tránsito que distrae los márgenes tan
azules e ignora el cosmos anticipado
que disminuye rescoldos y yergue distancias.

                           9-marzo-2000

viernes, 6 de noviembre de 2015

                                   PEQUEÑA OBRA MAESTRA

No es nada,
excepto un testamento
que liberan las malas conciencias
en algunos travesaños sumarios del subsuelo.
Por eso puede que sea tarde para algunos:
aquellos que no pasearon lo suficiente las
playas en invierno,
aquellos que a pesar de ir siempre descalzos
caminaron con la osadía de una estrategia mal afinada,
aquellos que hicieron de la masacre
su propio entretenimiento,
y la guía por la que dejar discurrir
jadeos a través de las hendiduras de la tierra.

En algunos lugares los mapas
recuerdan un extraño paréntesis.

Tú ya ibas ebrio de vino barato
cuando la boca no había lanzado su primer bostezo.
Así eran los días un eco torpe,
las palmas desgarradas de un grito usurpado,
una colina cruel mojada por ánforas,
y la tostada piel del barro
moteándote sinuosas taquicardias.

He visto el tallo rígido de la muerte tantas veces
que ya no me asustan los hombres.

                             II

No es nada,
quizás un esquisto en los párpados marmóreos.
Aquella abertura en tu vestido
que dejaba ver el cedro iletrado de la espalda
cuando la noche no era quien de sostenerme
y en tu mar se frotaban las columnas,
y las mandíbulas contenían el entrecejo del corazón.

En ocasiones al ruido le faltaba
esa leve incongruencia de tus talones,
las puntadas necesarias
para que te entraran en calor las manos.
Jamás rechazaste la luz;
esa fácil etiqueta para mis resacas
en el imperio de tu pecho,
sostenido por el dialecto balsámico
de aquel encaje tan blanco
como un grafiti perfumado en la antinomia del luto.
Fuí un buen depredador antes de atreverme
a cancelar tu saliva en mi boca.
En el papel de la habitación
todavía quedan restos de tu hojarasca vestal,
bellas filigranas de tu silencio
en la anaranjada neuralgia de las líneas.
Unas bragas que adoquinan mi idioma negro,
y las marchitas suturas de cicatrices y deshielos.

                          III

No es nada,
tan solo decadencia después de la ignominia.
Un interrogante que se desliza como sierpe
bajo las sábanas. El semen
con que enumerabas tus mentiras
en las cuencas tiznadas de óxido
ante rúbricas cuneiformes trituradas por
los intrincados cánones de las aureolas.
Hoy el remordimiento es una calavera
que sale de pesca todas las madrugadas
y ya no distingue falos o vulvas,
pues el salitre asienta segundo a segundo
el lugar que la crisálida cedió al frío.

No es nada.
Una ruptura a secas.
De facciones cuyo igualador crepitar
atestó el frenesí
y me recuesta sobre un hepatoma del espíritu.

Mi calmante es ahora la corona de espinas.

                                  6-noviembre-2015

jueves, 5 de noviembre de 2015

En alguna pausa del gran sueño infinito está la exactitud,
aquella que no suma,
y que afirma su verdad de piedra pura en el enigma de
     toda tu potencia.
Es solo un preludio indescifrable en voz del origen,
aunque posee la intensidad de la luz
y comienza un alrededor donde se aglutina a cada parte lo eterno.
Quizás ahora crepite con un hábito titubeante contra el iris
     de tu sombra,
quizás refulja como un sueño de oráculo abstracto por el trance
     del misterio,
quizás cada arrebato esté a punto de transparentarse en el ala fría de la
     misma voluntad
y edifiques su crepúsculo contra tu cielo como un vulgar prodigio.
Es solo un error,
una ilusión del instante entre las grietas de un armazón
     inerte,
incógnitas suspicaces que inquietan desde el envés cuando lo turba el
     silencio.
Esa exactitud no declina hacia ningún filo;
no repudia ninguna remota helada tras la aciaga embriaguez de la
     abundancia.
No tajes ahora como el que ante la duda de una cuestión abtrusa
errara el punto donde halló el centro y cambió por un
     símbolo no resuelto la clave.

                                                5-noviembre-2015

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Nada debe cruzarse aquí donde se deslía la urdimbre,
jamás en este camino de arterias aterradas y ardiente indiferencia
donde se diluye el humo de los gestos y no hay más que excrecciones
     de la dignidad:
hojarasca en el aliento de los muertos.
Aquí la piedra no tiene fisuras; aquí los muros son un objeto
     mudo.
No existe polvo que se parezca a nuestra substancia, tiempo de espera nuestro
     silencio.
No nos interesa el equilibrio del relámpago ni ansiamos atravesar en los
     párpados.
Ascendemos con la cicatriz a contrariar vientos, a herir asombros,
a constreñir relojes como manos a la espera del no absoluto.
Ascendemos a través de la lepra oscura, segundo a segundo,
cada cual con la hoz que alimenta y en el pecho como colgante a
     su embrión.
Entre letargo y éxtasis se tropiezan con un aullido los horizontes;
se engrudan sin orden como en un estertor del paisaje los
     enigmas;
inutilizamos una huella, un vestigio de añoranza, el tacto de la piel.
Este es el lugar de la infamia,
el lugar de donde nadie regresa, el lugar de la sombra en el espejo.

                                           4-octubre-2015(II)
Fue bregado en callejones.
Estaba viciado con brasas en medio de dos estíos disolutos,
casi un eclipse de feroz ebriedad tajando por la mitad la vulva
      de la noche.
Lo presagió a menudo la voz letal de la roca ante las
      ruinas.
Lo aullaron abatidas honduras palpando un ingenuo nunca,
pues jamás hay reposo para los muertos en las ácidas tonalidades
      de la desmemoria.
Lo gritó el niño que acostó un absurdo, perturbado trasvase
      una tarde.
Lo expusieron hora tras hora los anhelos repentinos en la tierra,
los viajes de lobreguez sobre los huesos, los muelles absortos, los
      murciélagos.
Y de súbito se impugnó el viento,
apuró en la crónica del cardumen las celdas viscosas, los propósitos
     opulentos,
las columnas que raramente alienadas hacinaban los
                                                                                [aneurismas infecciosos.
Un inmenso destello fracturó tu médula.
Era como el espectro de alguna íngrima fuerza, audaz,
     severa,
que penetró desde otro mundo calibrando al entrar los nexos contiguos
     de cada frontera.
Ahora miras agonizar ese cuerpo hierático.
Susurra desde las más lentas agujas de tu asfixia
     y de tu insomnio,
susurra quedamente estrangulando la inocencia.
Permanece sobre tu nombre y no existe enlosado alguno que te oculte,
ni hieratismo posible.

                                           4-noviembre-2015

martes, 3 de noviembre de 2015

Mi sangre no es del invierno ni del otoño, ni del verano o la primavera,
     únicamente,
sino solo cuando me engrilletan a los regresos que yo padezco con latentes
     oscuridades.
Aunque desde mi origen y a contracorriente
y en esos carruajes en que se anuncia el polvo del día y se
     susurra la grieta,
si me extirpan mi marca de fuego y me arrastran a claudicar sin el
     esbozo de mi sombra,
comprobarán que trasluzco a ese indivisible nudo de los enigmas
     volubles,
a ese diseño indispuesto que se hurta a un puente como a la ceniza del
     vacío
o que absorbe la imagen de aquello que refleja,
bien sea una espiral, bien sea un iceberg.
Basta que una fisura me desnude sin previo aviso de arriba abajo,
a espensas de un ahora, a espensas de un jamás, o alrededor, o
     nunca,
para que rasgue tiempo con una llama en los labios
     de mi noche.
Porque así es mi archipiélago: un acosador poseído por los relojes,
perforando temores, odios y cegueras a los vientos que gravitan
     entre sus nervaduras.
Yo tajo la metáfora, cada bulbo de formas liberándose, con
     mis propios cuchillos.
He plagiado equinoccios que detesto menos que mis células,
sonidos abrasivos como lapidaciones de infinito en un antídoto.
Y no es por anexionar infames cabellos de metrónomo tras déspotas
     amenazas.
Es por los enredos del elixir,
por nexos de epidemias y de ruinas todavía frente a un abismo, a un
     abismo inútil,
que me abro al contagio por hábitos tan infames como una llaga en la
     que siempre renazco,
que según se me ausculte soy un pozo sin légamo,
un rostro carcomiendo en un prodigio donde se enraiza recortada por el
     silencio mi quimera,
una impureza difuminada en la que se deshace una arena líquida que
     me transmuta en hilo,
casi en pérdida.
Y nunca obtengo la noción del arrebato; no consigo explosionar bajo
     mis humildes escamas.
¿Pero dónde se agarrará este insomnio aproximado
que saliva sin rezagarse hacia otras visiones, otras alucinosis y otras
     abstinencias?
¿Cuál podrá ser mi buhardilla en este escudriñarse, tras tanto desasosiego
     ulceroso
que segrega mucho más que los chancros, las ansiedades
     malignas y cualquier engranaje empírico?
Tal vez la palabra de la antigüedad tallada entre unas piedras,
la palabra que me erosiona desde el primer tatuaje hasta el último
     pliegue.

                                        3-noviembre-2015