viernes, 30 de octubre de 2015

Ese pájaro en particular sobrevivió a los insólitos mediodías.
Sale lentamente de sí mismo
para ocupar otros nidos que no son el suyo.
Es un hecho de la esquizofrenia
que debilita tanto mi pecho
como para tener que expirar
dentro del relámpago.

Su simetría coincide con el lucro
de mi esperma transitivo.
En mi silencio es un desolado paciente más;
ha tomado grandes dosis de ácido
y la glicerina toda de los cuchillos.

No iré a verle poseer el esqueleto de la masturbación.
No lloraré ante el semen que cuelga de su pico.

Me concentraré en ese dolor mutuo,
el mío y el de las amapolas,
para intentar comprender
por qué en la pelvis se expresan tan torpemente
las prohibiciones implicadas
en el asesinato de la dignidad.

                         30-octubre-2015
Lavaré todas tus muertes empezando por los pies
y los grillos serán un inusual preludio.

Acamparé ante tu vulva contrario a que nada en
particular delimite o alarme mi impotencia.

Serás de una vez por todas la
crisálida etérea de los triángulos,

el hazmerreir de las mortajas
y los decorados del ansia en posición fetal.

Lo que describa tu estática nada
negociará las estrategias en el légamo,

esas que todavía esculpen batallas
de las sábanas náufragas en la práctica del anhelo.

Veré incendios desintegrar el eco de tu voz
y a los gorriones consentir la voluntad del excremento.

¿Cómo podré salvarme yo
si no he conocido más luz que la tuya?

¿A quién acudiré cuando la saliva me cuelgue
después de la oscuridad y la anestésica ceguera?

                                 30-octubre-2015

jueves, 29 de octubre de 2015

De pronto nadie alrededor, y nada, nada más que sombras,
sombras en la casa, sobre todo en el cuerpo,
un anaquel de sombras, arreciando en veneno, y un vacío
hacia la luz, en alguna ventana, desplegándose. Las sombras
tienen la energía del divorcio de mi espiral, odiosas como un eclipse
de vientres en los zapatos, impregnadas
de un reflejo fiel o astuto que se licúa por mis colinas.
Yo no les grité esta derrota del equipaje, que sin ningún aviso
                                                                                    [ahuyentó el tren.
Ellas solas vuelven a anticiparse en el contorno de la tormenta,
                                                                   [aplastándose contra el infinito.

Por debajo de mis pies juegan las toxinas en profecías crónicas,
                                                                                                     [disyuntivas:
informes de narcosis opaca saqueando en unas arterias roídas.
Su ritmo es lo único que distrae, hurgando, golpeando.
Es poco probable que la nitidez vuelva a desquiciarse.
Las brasas entrevistas, duras, forman como si cobijaran oscuridad en
                                                                                                        [el núcleo.
Me acerco a un remolque con sombras tan hondas que semeja la
                                                                                         [memoria del abismo.
Con sus proyecciones tan bifurcadas y los polos de su herrumbre
                                                                    [planeando en un nimbo cadáver.
Se han gangrenado tanto de improviso que siempre vuelven los ojos;
                                                                                        [escarban en el éxtasis.
Un movimiento más, y adiós al remolque y a las sombras.

La verdad que alimenta la lámpara ahora es la nitidez.
Pero brotando entre las piedras, un preludio irreal se corta dentro mía,
tajándome en la voz su tórrido ángulo.
Estas piedras son demasiado ajenas y huidizas como para haber
                                                                                                    [orientado el frío.

Me aventuro en la grieta, biografiando la ficción de los cometas. El
                                                                              [primer cataclismo me arroja
contra el filo innominado de las piedras, y el filo es un meandro humeante
que no cultiva nada, nada excepto un ansia rígida
de mecanismo errante y obtuso, y un aullido de
                                                                            [algodones
encrespando una y otra vez un tránsito fatal.

                                            29-octubre-2015

miércoles, 28 de octubre de 2015

He devocionado la pureza de la piedra
para tocar su perfume,
y huído hasta los territorios de sueño y pesadilla
donde el vestigio se enloquece hacia viejas cadencias
en gestos de miedo;

me he obstinado en imaginar lo intangible:
las sombras que callan durante años
en álbumes anodinos,
las fronteras de afecto con que la palabra y el sonido
me envuelven con el grito
en celdas poderosas

de igual manera que desvelo mi silencio:
paradojas de luz que giran en clave en el centro de la brasa,
el tacto de la respuesta en el sexo, el tacto de la sinrazón
y la densidad del impromptu engendrándose
en la pulpa tierna, como los escalofrios innumerables y frágiles
de los huesos inmutables.

El poniente reconforta impasible, bajo un artificio de escamas,
y en otro lugar está ninguna parte,
o sólo las omisiones de mi timidez,
ausentes y cercanas, y obligadas en su destino
igual que mi liquen innominado, de frente ante el vacío
o demorándose ante una corona de hilos y conjeturas
para inyectar algo de forma al puente.

                                   28-octubre-2015

martes, 27 de octubre de 2015

Con ventanas endógenas que operan un propósito de deseo
                                                                                          [sobre el cuerpo,
con una contienda disyuntiva de guijarros que catapultan el
                                                                                        [silencio desde su
     agua,
con el advenimiento de vindicar la edad,
con tus partículas que encogen de pronto como una llama en
     medio de los labios,
con negras mordazas de un túnel desguazado para la
     anarquía,
con la demora de estallar con todo tu aire arrastrando el vértice
     del tiempo,
a la luz del éxodo que cauterizaba firmemente un rictus de
     cenizas ateridas,
marcaste puñal a puñal los techos que sostengo.

Mis techos son obra tuya.
Contienen tu espejismo en su bitácora de quimeras,
en un rostro errante donde pueden palpitar todas las palabras del
     mundo;
vibran sobre mí con tu cima efímera,
y persiguen, al igual que tú, ese nácar de trincheras en que me hundo
                                                                             [cada vez con más facilidad,
hasta un lance de mordiscos que se resuelve en heridas, en jamases.

Los abatiste a mis pies como quien combustiona la tarde de un
     territorio del que nadie es dueño y al que nadie renuncia.
Y se rehicieron a pesar de todo,
suspendiéndose de ese sudor que brota en las espaldas de los
     amantes
y que en los perfumes del relámpago provoca espasmos migratorios,
revelaciones con que los oráculos justifican sus propios metrónomos.

Los he oído así cubrir las hembras con los astros que
     desandan la intemperie
-resortes de un rumbo impío, necio y maldito como el
     dolor-,
o destroncar en mitad de un rapto esa médula que tirita frente al vientre,
fuera, en otra antesala,
donde estarás succionando el hilo de la tregua con la lujuria de una
     matrona.
En ocasiones me embiste con la ansiedad de la niñez
una parálisis apocalíptica que se desmiembra de pronto en un aullido en
     la caverna ocluída de la razón,
o preludia como la memoria del ahorcado
esa noche que viajaste con uñas de mi cauce por todas las
     nervaduras
para que aniquile aquello que tanto amo.

Mis tejados es todo cuanto demanda tu silueta.
Florecen con tu estirpe en todas las mañanas.
Cuando los pulso con tu aroma
maduran como un hastío en la escarcha.

Y un día desataron sobre mí
ese alud del éxtasis que poseía una humedad de
                                                                   [helechos lactantes y en el
     que copiamos los pliegues de saliva de cada bisagra,
y lo quebrantaron a traición, para tabicarse los inviernos,
para que tú cabalgases como un unicornio fuera de su conjuro.
Aunque no todos pudieron hacerlo
y su sed era la de una losa.

Entonces se tajó un engarce
y te filtraste en esa otredad con una mística que nada posee
y en la que permaneces recostada, añorándome, en otros tejados
     análogos a mi máscara.

                                                27-octubre-2015

lunes, 26 de octubre de 2015

Nada hubiera erguido la sombra
si el ademán de unas cuantas hojas
pudiera reposar los relieves todos
y respirar el signo íntimo de la luz.

Mas hay una niebla inmóvil
que ensancha brutalmente el prodigio:
terrible como un impulso del sonido,
ínfima como las causas de la existencia.

Así revela el destino esas formas invictas,
esas buhardillas extintas
y ese sumiso obstinado
que concluye errante sus días
bajo el puño de planicies y mentiras.

Teneis aquí una brizna mansa de arquitectura
que jamás quiso merecer vigilancia
y no niega a la retina el deleite,
ni la obscena tristeza o el hambre,
y aún menos, el peso turbio de la verdad.

                             26-octubre-2015

viernes, 23 de octubre de 2015

Caerás quizá por aquel abismo en el infranqueable titilar
de muros, cuando la luz vertical te prohibe, como un
     eco, extinguirte.
Y caerás con el conocimiento y el diálogo sobre tí, una vez y otra vez,
     fracturando a la córnea por la misma fisura,
desgarrando los densos hematomas contra las mordazas del
     abismo,
una vez y otra vez, desgarrando contra las mordazas la angustia,
     el terror,
desgarrando la insatisfacción, segungo a segundo,
la indignidad de la sombra que te quiso, a pesar de todo,
     ayudar
(desgarrándola contra las mordazas del abismo), que te quiso
     acompañar,
desgarrando su silencio, y el silencio de su urente réplica,
desgarrándolo
sin que precise aniquilar nada más,
sin que ya no precise aniquilar nada más
de aquella pulcra tersura, de aquel clamor,
de aquella colosal tenacidad;
desgarrándolo sin que decline el volumen del viento en
     las entrañas,
el anudarse despacioso de unas cinturas, el ramificarse de una médula
a través de la voluntad,
sin que ya no precise aniquilar nada más y se eclipse el cuervo en la
     roca,
se eclipse suavemente el cuervo que se oculta para siempre
     en la roca,
la fatiga del agua, la amenaza constante de la réplica, la
     inquina de la réplica,
la punzada en la tierra
de su caótica réplica y la tuya
(en la tierra abierta
por su violenta réplica),
por su réplica violenta que ahogaba las huellas, el camino,
     el viaje,
entre las nervaduras ibas asfixiándote hacia la inerte
     noche,
transitabas entre nervaduras, ignorante, hacia la nada crural
     de tu inerte voluntad.

Y ahora desgarras las heridas contra las mordazas del abismo
de nuevo, como si no te preocuparan en absoluto las llagas,
en absoluto el tumor, la pústula, el chancro,
el relámpago eterno, la clandestinidad de la hendidura
eterna, allí, en el epicentro del no
que se expande lento aguardando lento
que se desgarren tus fauces, segundo a segundo,
contra las mordazas del abismo.

                                            23-octubre-2015

jueves, 22 de octubre de 2015

Me embriagas como un bosque, como una playa, como un crepúsculo.
Como un párpado muy mate, bajo un nido vulne-
     rable.
Me embriagas con el bucle, los dedos,
las esquirlas, los gestos,
con las variables de la carne, a través de la piel paciente, al
     decir;
con la cintura ceñida a la luz
de los sometidos frente al ansia; con ésto que me avanzas,
la historia que se desliza en el sueño, la visita blanca y el
     proceder inimaginable,
rizado sobre el pubis, en el brote acogedor,
el equilibrado desgarro entre las piernas exactas;
con ésto que me despiertas,
el culmen del cautivo, y el vaho, y la raíz
que asoma de un natural interludio;
con la tregua que ahora indemnizas y que más tarde tendrás que
     administrar;
con aquel invierno; con la ciudad
íntimamente insertada y afianzada con fuertes cimientos para
     que no se pueda desplomar;
con la sombra tensa que aquella tarde, engrilletando el
     flujo de la saliva,
tan cruelmente nos amputó, o la que taja el
     aire justo
antes de la próxima secuencia;
con la rompiente, la aureola, la sangre,
la estrategia bajo los cobertizos, las rejas del rito,
el légamo y los guijarros y las crisálidas,
hermosas como texturas de nostalgia,
como texturas y texturas de nostalgia, que con ímpetu retorciesen
     insistentes, sin ceder,
hacia un vórtice estéril, un vórtice invisible, un lugar que
     no ha sido creado,
un lugar que no fue creado jamás, frío e inhóspito
(frío e inhóspito como cráneo deshabitado, golpeado y horadado
     por un grito irracional);
con ésto y tu rapto y tu vestigio en ocasiones cuando observas
     el ecuador de la llama sin mirar, sin enjuiciar,
sin observar, sin gemir;
con la amenaza del desasosiego incluso, el desencanto del
     pasado y la alucinosis del hallarte aquí,
y la letanía de peregrinar y perder.

     Así me embriagas, y te observo diluirte como se observa una
     vieja fotografía
que pútrida y vacía arde,
una fotografía lejana,
una fotografía plena, inteligente, noble,
una fotografía que pudiese devorar.

                             22-octubre-2015

miércoles, 21 de octubre de 2015

Penetra sin temor en este cuerpo, admira los esfínteres
     hiperventilados, los desinfectantes ácidos,
las brújulas, las viscosas entrañas monótonas, los obsequios de
     tu obsesión;
recupera tu obsesión todavía cáustica en el alma,
agazapada en un resquicio de los pulmones o en el malecón que
     encallece por las poseídas venas;

penetra en este cuerpo y contempla cómo se alborotan las heces,
cómo las heces se refugian en el rizoma condescendiente,
cómo hurga y se despliega la potencia de los ojos, la
     invertebrada opacidad,
la articulación de la conciencia, el engranaje de tu deseo;
cómo se fisuran las papilas en que excitada naufragas,
cómo las suaves ingles combustionan, cómo ascienden hacia las
     brasas,
cómo las células de la sangre interpelan, cómo
     estertora el pene,
cómo se transparenta y huye hacia la claridad del recinto en que
     crepitas, las íntimas glándulas geológicas, el difuso temblor de
     las axilas, el calambre de la espina dorsal y la médula;

qué despaciosamente están inyectándose en el espíritu los elementos de
     equilibrio y sosiego,
los óxidos de los gemidos, los arriates del
     éxtasis,
los latidos, la hendidura y la raíz;
cómo en los ligamentos se inserta el espurio epicentro,
el insomne cráter con que emulsionaste la saliva, el lóbulo en
     las fauces tras la llama de la cópula,
tu mirar incitante en la bóveda ilesa del abdomen,
tu huir y tu regresar continuamente;
cómo se deshabitan las heridas, cómo se sumerge el tórax;
cómo se lubrica en los tuétanos, con órbita
     ensimismada,
la brea de los tejidos, el alimento del seísmo en los cabellos,
la sístole y la diástole del acorazado néctar, del flexible bifurcarse en tus
     meandros;
venga, imprégnate en este semen, calma el ansia, observa
cómo se exanguina a diario la fiebre del amor, cómo
     taja el nervio,
mientras por la grieta del mortal peso de la memoria
     supura
el violento oído de la luz en el elevado silencio.

                                    16/21-octubre-2015

lunes, 19 de octubre de 2015

Te arqueas,
humanamente te arqueas
como un acróbata
que sucumbe
dentro de la esfera de un reloj.

Tienes unas décimas de fiebre
y algo de humo bajo la lengua.

Hoy no ha venido a buscarte.
No, no ha venido.
Y el mediodía se hizo demasiado largo,
largo y tedioso
como el amor
que siempre viene de vuelta.

                    20-octubre-2015

jueves, 15 de octubre de 2015

Degolla ya la cal de esta tierra, anticuario del frío.
No quiero cautivos para deambular entre las lápidas de mi cicatriz,
entre la crueldad de mi pueblo.
Dególlala, te ordeno:
dególlala contra tu propia yedra con este azar insomne con que aplaude
     mi otoño.
Y tú, vástago soberbio, no olvides disolver el espanto que nos asfixia.

Yo extraigo lo inexplicable a tu lado.
Acudo corriendo junto tuya desde el origen
con un violín de noticias y este mutismo inocente en los labios.

Tambien están mudos allí.
Jamás un fragmento de noche,
jamás una apertura del rayo hemos atisbado con tantas tragedias
     amputadas al sueño.

Tan sólo esta indiferencia en la tempestad
deficitaria de un auxilio ausente en ti, aristócrata del dolor;
tan sólo esta fiebre en la sed,
por un abrazo del revólver,
por un acreedor de íntimas caligrafías,
por un reproche de la soga entre tus manos violentas.

Ahora puedes volver a remar.
Oblígate a seguir aullando mientras devora el desierto el silencio de
     estos tiempos,
y yo hurgo la ceniza en el laberinto
donde algún metal tuyo permanece reclutado por un verdugo impúdico
y libero los tinteros que te reclaman las brasas.

Fluye demasiada inconformidad para tan pobre légamo,
tantas huellas adormiladas por la embriaguez de la narcosis
para ocultarte el rastro,
tantos engrudos de guijarros y escolopendras en la pendiente del terror
para enervarte,
tantas ausencias de cabelleras que palidecen con el día
para registrar mejor la sombra de ambos,
para inscribir la vaguedad del desconcierto en el espejo de la certeza
y arrancarnos el aliento,
igual que en el taller del viejo taxidermista.

No abortes tu huída: son nervaduras del humo.
No entablilles esa música: es el atrezzo geisha del vampiro.
No añores esos enjambres: son únicamente el hambre que
                                                                                       [se avergüenza entre
     montañas y entre veredas.
No invadas esos raíles que te hienden con la fina aguja de todas
     estas arenas.
No aspires ese vaho pues alberga el olor de la sangre y es
     sirlero y avaro.
No alabes con el trisquel en el poniente de los calendarios,
no tajes con el reloj, no certifiques quien eres.

Él porta un bisturí y una lágrima,
embaucador de náufragos.
Te abre para extirpar las puertas o te electrocuta en la humedad de un
     prostíbulo.
Se orina en una metáfora.
se reinventa como testigo que destruye la incertidumbre o como
                                                                                                     [alimaña que se
      exanguina en la imaginación.
Erosiona cada variable,
transforma las estancias en un subterráneo de marginales,
con las fauces predispuestas para la dentellada como un espasmo,
como el augurio de tus máscaras entre estos vestigios que paraliza el ayer.

                                        15-octubre-2015

martes, 13 de octubre de 2015

Es insomne este vacío.
Apenas si roza mundos ciegos envueltos por el reflejo
     de la noche
o tinieblas ausentes en un silencio inútil.
Nombra lo que se diluye entre blancos paréntesis;
nombra lo que se hunde como dolor tenaz en su diálogo ingrávido.
Este vacío es de ansia y es seminal.
Ninguna huella que me insinúe qué debe definir entonces
este mutismo de sombra que agrede sin una piedra donde detener
     superficies,
este dehiscente yo bajo una nervadura más exangüe que un
                                                                                            [engranaje roído
o esta doblez de enigmas que atormentan la llaga de adentro afuera.
Tal vez mórbida sombra que anuda
como núbil tránsito custodiado desde el acto sin identidad de un
     gesto;
tal vez dehiscente revés que me arrolla con mi materia de luz;
tal vez doblez de movedizas arenas moduladas por la vertical de
     otros ejes.
Aquello que se desaloja con la tenue tibieza de los humos.
Es amenazador este vacío.
Cauteriza sin piedad al que trasiega con su sediento ulular.
Tan sólo me avanza ecos,
insaciables raíces de esas antiguas texturas que acuña la substancia.
Aunque quizás sean restos de mi propia substancia y de otro vacío.

                                            13-octubre-2015

viernes, 9 de octubre de 2015

Como un impune detritus
a quien ya sólo devorase la raquídea jauría de los cerrojos bajo la 
     almohada,
o como un nudo de élitros inflexibles decantados por el quicio
     de los vertederos
en el balbuceo del terror y de la paradoja,
o incluso más aún como el hambriento que se expande hasta el límite
     de la luxación
debatiendo con un ilícito estrépito de pasajes,
así continúo, sin obstáculos,
hasta impregnar mi refugio de exiliado en los estigmas,
hasta vislumbrar los túneles que encauzan minuto a minuto a la oscuridad,
hasta morder en la luz en que el mendigo suicida los 
     volúmenes del insomnio
para poder sucumbir sin ningún impulso.
Esa es mi mejor réplica tras la única trayectoria que se 
                                                                       [bifurca cada estación hacia
     el mismo ahondamiento
en donde la fuerza se aparea con su detonador de insumisa.

Ella me acompaña envuelta de sombra crónica,
movida por la giratoria obscenidad del jadeo que no se escinde jamás,
y sus pupilas abruptas, ciñéndose en el trisquel nítido de otros horizontes,
evidencian una pesadez paliativa,
un cráter como de ásperas costuras aprovechadas para el ataque.
Yo me adentro hacia esas expansivas empuñaduras de
      odio que me inyectan de nuevo mi propio veneno,
aunque he de resistir
lo mismo que un cauce obstruido por los melanomas del exceso
     en una cripta,
al inicio informe de la narcosis,
hasta un acorde que hoy es la metralla que me engalana y
     nadie más ve.
Y es que hoy ella deshilvana con esta pequeña presión al émbolo la
     ventisca del origen
y taja profundamente las visionarias nervaduras de los trances.

Aún así, esta raíz del espíritu donde me instalo,
estos pozos sin razón en donde habito con el tiempo del
      exterminio,
estas mortajas que insisten y se pliegan de pronto para equiparar un
      silencio semejante a mi final,
me reducen de nuevo a la cueva de fauces que deglute cada
      motivo por el motivo en que perezco.

                                     9-octubre-2015

jueves, 8 de octubre de 2015

¿Qué unidad es esa que se doblega y reflexiona en la cárcel
como si jadeara el dolor de la primera tortura?
Yo no he coaccionado a nadie. Yo no he expresado tener otro sostén.
Y no autorizo verdugo alguno a llegar hasta aquí para disciplinarme
                                                                                    [como cigarra sádica,
como una plaga de chorreantes e inútiles máscaras.
Soñé, permítanme un momento
(he de marcarme con algo hasta que se catapulte por desgaste la llaga)
desde la insensatez y el desprecio soñé aquella parábola,
cuando Babilonia caía ante mis muros dorados como una
     guarida de leones
instándome a reinar,
y yo, con el fardo gastado de prodigios, de sobrecarga vivificadora
     y secretas fuerzas,
rehuía in situ las leyes y los dones,
mi voluntad tentada por bellos paisajes y de pronto arrastrándome
     fuera,
lejos de aquel obsequio inesperado
al que acudían tan sólo los devoradores y las rameras.
Igual el oráculo no tuviera sexo.
Que se multiplique ahora la avaricia y no tenga sexo.
Que me socorra el aroma sin pan,
que los vehementes lujos asciendan y me alquilen,
y la conciencia de todos los que caminan transforme mi sencillo
     silencio.
Pero únicamente la puerta de un infierno sin balanza me abre.
No es posible confiarse de las bocas del éxtasis:
su saliva habita en mí.
Ya que provoca y absorbe irremediable la llama más
                                                                     [candente de las tinieblas
sobre nervaduras que deslumbran como un estallido, como un vórtice
     colérico e infinito,
menguando su rumor, el bramido de las profundidades.
No alucinaciones, ni guadañas, ni holocaustos.
Detrás de las incombustibles fragancias madura mi propia sombra.
Recuerdo desaparecer bajo las transparencias de los líquenes,
y hay un colmillo blanco que cuelga mágicamente en el árbol
y luego ya nada me importuna salvo achicados gusanos
que me arrojan a las inmisericordes y siempre irrevocables
     brasas
y es una malla esa que me atrapa quejumbrosa e inmóvil
de la misma manera que el insomnio cuando me horada con su sarcasmo
     desde todos los ángulos
y me lapidan sus piedras de terribles semblantes hendiéndome los huesos
mientras lucho por extirpar los nudos que tan bajo sospecha permanecen
     dentro de mi cuerpo
con ese desencanto de quien desordenó las hebras de su ya
     humillante eje
aunque tenga que salvaguardar la caverna
en la moratoria de una última placenta
para no eclosionar únicamente lógica déspota y delirio
sobre el esfínter abierto del cosmos
aquí donde estoy eclosionando
y eclosiono y eclosiono
tras ningún combate.

                                     8-octubre-2015

miércoles, 7 de octubre de 2015

Soturnas palpitan nuestras soberbias,
las matrices continuamente hendidas,
la raíz de las vértebras cárcel del sueño,
para enhebrar austeras otro centro con la danza que quizás
     sea reflujo en nuestras nervaduras.

De nuestro yo parten los terrores con sus resacas rítmicas,
el climax inhóspito como un soplo áspero que exalta el corazón
     invadido,
los sordos zigzags de los días desatados en aliento o en ahogo,
las primarias herramientas cuya sombra paladeamos igual que los olores
     que los excrementos puros asientan,
el extravío unánime de las substancias,
la tregua, el enclave,
todo cuanto trenza el anhelo, la herida de no restañar jamás
     un impúdico éxodo.

Desde lo más recóndito de nuestro yo se exilian esos lentos temblores
para magnificar, anónimos, la elegante malla que sostiene nuestro 
     irrepetible pasado,
y donde cada fábula se arrebata en el tragaluz de otras fábulas que
     suceden,
y ahora se abisma,
y emigra en la sangre, lentamente, a un oculto paisaje que tambien
     nos arrastra a crepitar fuera de nuestra parálisis.

Así cosen en ocasiones esas suntuosas líneas 
en las que la cicatriz se agota, rutilante, encharcada de púrpuras
     fiebres,
porque en el pasado ascendió esa misma oscuridad;
e incluso las límpidas,
aquellas que tocan maniobras tan dulces,
tantos aromas reinventados,
tantas penumbras que jamás se desencovaron en nosotros
y que irrumpen, implantadas, cual aquel que hierve sin saber cómo
      en otra laceración.

Hoy, cuando la voz corta como una cuchilla el camino
     sin fracturas de los relojes dispuestos a pararse:
¿quién vedaría el murmullo de una cabellera bajo la lápida,
la tumefacta ceniza de una forma cualquiera,
ante la intensa rabia en la que indagando furiosamente se arman
tantas osamentas que aquí quebramos en cal viva?

Hoy, cuando sucumbió toda gramática 
a qué orificio gestado a la ebriedad del oprobio o al conjuro del
     nacionalcatolicismo,
a qué burda cuneta enervada por inclementes espinas o por el
     silente despojo de los casquillos,
a qué disloque tan nuestro,
irá ese aire al que cada silencio me desalojó:
esa prueba de sinrazón,
el odio.

                                     7-octubre-2015

lunes, 5 de octubre de 2015

 



                       AMBIGÜEDAD


                                   I

¿Dónde anidará esta ceniza,
ajusticiada bajo las sospechas de tamaña ecuación,
sin haber extirpado su escarnio ni en el llanto de las heces ni en
     la cloaca de sí misma,
y ni aún en una esfera de ausentes que se coronase como un
     trasto ecuánime a su desamparo,
como un plenilunio de piedad junto a la pirámide?
Ya habrá esperado sangre, con sus manos de cepa precisa,
ese nudo de acero del que aspiraba,
donde comienza a laminarse la fibra y a demorarse el derrumbe
     de la envoltura.
Ahora, cuando podría averiguar todas las incógnitas del
     azar,
ignorará sin vergüenza no interesarse para sortear las ardientes
     plegarias de las brasas
y apuntalar una llama de reclusa en la hoguera.
¡Se han trastabillado tantos hurgando las fisuras que los
     auparon a este laberinto!
Tú tajaste la carne y exanguinaste para siempre todos los cuerpos,
con esa misma desmesura con que arponeabas tu patria y te extenuabas
     en la coacción y el exterminio.
Te extirpaste tu sigilo de vestigios, tu humo de saudade,
la partitura de estantiguas fábulas templadas en la cicatriz del
     mito,
el músculo del dolor,
y te aislaste en los comunes vericuetos sin otro garfio que tu dividendo
ni mejor anzuelo que unas cuantas guadañas tatuadas sobre tu
     piel
igual que báculos.
¿Y no podrás aún anestesiar de nuevo los límites de las huellas
como los de una víscera por donde mañana y noche muestran
     generosas sus arterias
como tendida gratitud?
¿En algún momento podrías simpatizar con la forma,
cuando añores el horizonte,
cuando el gris pelotón cargue una vez más contra todos los muros?
El puente, todavía eslabón de alguna metralla, no obtiene anestesia,
como si tirase por una tronzada e inerte ala de un reflejo
     que enceguece.
El camino únicamente aflige la fortaleza de un devaneo inútil ante el
     abandono inevitable.
Las nervaduras son como relámpagos de tierra estampados contra un
     reloj.
¿Será posible que no acudas, tú, que nunca faltabas antes de tener
     consciencia,
tú, que te prestabas diligente como un tahúr a los terrores
y que jamás te excusaste como un lecho grato arraigado por la lisonja
     del descanso?
¿Será posible, cónclave de la tarde, gesto para la raíz y para la
     piedra?
Igual has arrivado en el letargo del sarmiento
y aguardas como vidrio paria otra vez entre viejos pozos y
     epidémicas fiebres,
con ese secuestro errante de los que no representan mercancía alguna,
de los que siempre caen en el mismo lugar.
Quizás te metamorfosees entonces como crisálida en la que
     se transparentó el fuselaje de la vida,
ese estallido arrancado desde la matriz unívoca hasta el
     suave rictus del diorama;
o como esas hirsutas larvas que atropellaban tu vitola en un
     fósil oprobio
y te arrastraban al delirio y a la mandrágora como a cualquier testigo;
o a través de esa heráldica en la que sepultabas tus cabelleras bajo
     grandes surcos,
no para ocultar la ventisca junto al sigilo, sino para cegarle
     el tacto al futuro;
o en esa ética donde renovaste un gesto de consumido caudillo
como una urraca aperreada por los dioses en cualquier vértice
     esquivo de la dignidad;
o allí, en dones que ahora son ignominia,
donde pudieras hundir la mandíbula de una gesta, la montura de
     una lágrima,
cuando todavía no poseías esa clara desobediencia de los que alientan
     la sed como un parpadeo,
cuando todavía no quebrabas con martillos los ponientes,
cuando te ovillabas en las aspas bajo la sombra de un
     tibio porvenir,
y todavía era pronto.

                                            II

¿Y habrás anquilosado mejor el tímpano,
suprimiendo tu bautismal saliva con cuchillas que son un
     síntoma mensajero?
¿O te persiguen sierpes desde alguna elipse,
mientras concentras venéreas primaveras con esas ubres horadadas,
con ese resorte de escoba enmedallada con que te amoldas a las
     cadenas de cualquier nombre,
alimentando tan sólo fiebres y bacterias, con penetrante misterio?
¿O todavía no pudiste nutrirte y no has poblado las sepulturas?
No quiero pensar que permanezcas dormida en tu tranvía Artaud
     constituyendo otro cristalino óxido,
truncando los termómetros de tu balanza tras la fuga de las puertas,
como si no hubieran expirado junto a los fantasmas en tus tejados,
como si amparasen algún aceite;
o que naces de nuevo entre estelares ejes creyendo que te resucitan
     en la aurora rota,
frente a la niebla nacarada,
donde hubo una cerradura que alguien engulló y un marcapasos que
     se detuvo,
y guardas las llaves y no alcanzas a esbozar tus níveas trenzas,
la particular intimidad que te ilumina tras cada torso.
No debo aguantar que perezcas anegada por una adversidad,
     maniatada en lo etéreo.
Ahora soy yo quien corta ramajes sin encontrar el manuscrito,
o quien vomita hongos con el lodo que impregna sus propias
     alucinaciones.
¡Cuánto navío irreal para templar el rocío de tus urgencias!
No modeles de nuevo la geología de tu voz utilizando los
     frisos de la tormenta,
no añadas herida espuma con un afán de maestro,
no hagas palidecer con el delirio de los escorpiones la constancia de los
     astros.
¿Somos ambos uno solo?
Jamás vencimos mejor ángulo que el propio envés
para constatar que en algunas cópulas pende la firmeza del infinito.
¡Hemos vapuleado juntos tantos subterráneos tras estas titilantes agujas
     hermosísimas desgarrando el silencio!
Ahora en cualquier hacha habita la sombra:
esa es nuestra narcosis concubina, la plural orilla.
Ahí está la abeja del climax, el pináculo de la génesis,
la acuarela anterior a la cicatriz que sangra taciturna y acaricia
     los sexos.
No apartes el aliento descalzo.
Vuélvete, vuélvete hasta internarte en la montaña como los
     aromas de esta inmóvil corriente,
como los idiomas que se calcinan en las ingles.
E ignora junto al cáliz de azufre, la lepra amarga, los
     grimorios;
ignóralos con esa tenacidad que solo tus éxtasis
     soportan,
pero ignóralos, a sabiendas de su lascivia salvaje,
a sabiendas de su ebúrneo cántico.

                                  5-6 octubre 2015

viernes, 2 de octubre de 2015

Me reveló demasiados vértices este silente eco,
fijado in extremis a la taquicardia de lo ritual
lo mismo que un tatuaje que en secreto muestra colores
     acrecentados en la débil realidad de la inconsciencia.
Máscaras como música de llamas para alimentar el inarticulado
     silencio;
habitáculos inmundos y secretos donde se constatan las
                                                                                      [encrucijadas y
     asoman los extravíos.
Unos se mantuvieron tan sumisos que eclosionaron entre los
                                                                                             [tranvías de
     un solo insomnio.
Otros se cimbrearon a lo largo de las escamas, como sierpes de
     sombra.
Algunos resbalaron enervados por la hermosa fugacidad en la
     voz de la noche;
algunos se enquistaron entre hondos rescoldos con los primeros
     muertos.
Mis vértices invernales en los caminos despóticos de una travesía
     sin reliquias y sin puentes:
un anecdotario de ignominias, de hambre, de exterminio.
Mis vértices de mejor coraza vomitados entre las cabelleras de
                                                                                          [una herrumbre
     sin labios que transporta la narcosis,
únicamente la narcosis,
apenas el perfil de un espasmo
inoculado en la fisura de la absolución.
Ningún tóxico puro en estos vértices que adulteran el vacío.
Aunque en todos,
como la cicatriz de pólvora que disuelve a través de la huella los
     agrestes nervios,
se talló la escarcha de una involuntaria sacudida:
mi secreta entrega por derrotar el vértice que se taja y que me
     mutila.
El mísero reverso frente al tribunal.

                                        2-octubre-2015

jueves, 1 de octubre de 2015

Me fragmento en mi planicie; me expando en mis
                                                                  [paupérrimos címbalos.
Yo, que rugía para ser reflejado en la alta cima por un
     océano de caballos
antes de precipitarme en un clamor en los ojos del silencio,
me niego a callar.
Estoy convencido que no seré jamás rey en el palacio de las
                                                                                       [Hespérides,
el sagaz sol de una órbita mística en el centro de la
     voz archipiélago
anunciada en un desierto y hecha baliza por el avance de la
                                                                                                     [lava,
el bulbo invernal,
el que no permite arquitecturas para las acometidas de la car-
                                                                                                     [coma
     y de la erosión,
sino el voladizo de un andamio poniente como fuga y un es-
                                                                                                 [combro
     de hemorragias internas.
Se enquistaron tambien las ruedas que se expedían según la a-
                                                                                            lienación de
     los sexos,
esos que se guardaban con el jadeo del infuso arado
y en los que retorcíamos el polvo desde dentro, lo mismo que
     a un combatiente
la violencia que provenía de otro caos salpicándonos las ar-
                                                                                [terias, las vísceras
     y la médula.
Se ahorquilló tu torrente junto con la prótesis de las estrías.
Se amordazaron tus inoxidables danzas bajo el tocado de los a-
                                                                                                  [tropellos.
Ahora soy tu usufructuario.
Estás atravesado en privado rincón entre mis propias agujas,
más derrotado que mi grito, que cualquier epidemia,
y traicionas el secuestro meciendo los retratos de la máscara y del
     humo,
como si me regiera una parte de rabia por el vasto
     anonimato
en manos del inútil torno de la génesis.
¿Y no habrá nada en este forjado que me encarame a las fauces?
¿Nadie que se eleve a vengar en mi lugar la horca de otro
     gramaje inarticulado?
No exanguinemos los cuervos, esos lugartenientes
que acuchillarán hasta las últimas babas de mis cenizas con su
     expresión;
no exanguinemos el trisquel que se tamizará girando en las cerra-
                                                                                                             [duras
     que lacro
como enervado por la precisión, si no por la conciencia;
únicamente que me habitúe la libertad aunque carezca de
     parte de su forma,
esa que tendrá que tratar cara a cara con los vientos que no me en-
                                                                                                           [vuelven
incordiando con la incisa materia a todas horas.
Que defienda con ella los barrotes autómatas, que se tajen los vértigos.
¿O nada surgirá, como si jamás hubiese habido un trance?
¿Otra vez las mismas nociones sin hondura sobre el empedrado,
el mismo cálculo erróneo en los cuerpos, semejantes rotativas de pén-
                                                                                                                 [dulos y
     de nudos?
¿Y todavía ni un estigma entre la masa,
ni una huella de mi sombra por un momento, ni mi precoz travesía
     a través del tiempo?
Así, aunque no entorpezca fronteras, ni muros, ni estrechos,
incluso menos que un lapso de luz deslizado en la punta de
     la lengua,
muero por la palabra.
Me adoso en mis vapores alcohólicos, me oculto bajo mis
     cigarros y mi botella.
Tú horadas entonces en mi diluvio tu guarida de alimaña,
me vejas y atacas mi orilla en este incruento vórtice en
     que me hallo,
como si cada obelisco hubiera sido cuidado para ti,
como si yo no fuese otra cosa que un intérprete de las
                                                                          [peores negligencias
o una absurda contradicción de la naturaleza que siempre fracasa.
¿Habrá columnas de agua donde depositaré el aliento?

                                    1-octubre-2015