lunes, 31 de agosto de 2015

Incluso pueden ser las manos, que piadosas señalan las
                                                                         [llanuras donde
enloquecimos,
quienes llegan repitiendo esas interminables antífonas
                                                                                  [del pasado
para esplender las palabras.

Abismal vértigo el de las manos
mutilando ciegamente un vitral culpable hasta el escarnio.

Tú las habrás iluminado sin elogio entre los proscritos de un
     caprichoso pedernal,
y te habrás adelantado a tus propias sierpes
igual que debajo de un silencio que las irreverentes tinieblas
     maduraron
y tras el cual un tóxico desdén recoge sumisamente sus pliegues
     intactos y enfermos.

Yacería tambien el cadáver inmovil,
puro, como un nido que ha sepultado la nieve
y que duerme ahora, impenetrable, en el rumor de unas piedras;
y ahí, entre los misterios,
el sabor del aire traería las frágiles sombras,
las fiebres medrosas a otros fuegos,
los turbulentos muros que no tuvieron un remanso de
                                                                                   [memoria insumisa
     en el grito,
sino un lánguido espejo que conocías
al haber hilado tambien, extenuándote, las señales olvidadas
     del instinto;
y un tacto a lejanía, a hálito posterior al reflejo obscuro,
buscaría en ti la espiral de su camino como un hondo destello.

No hasta aquí llega la deriva de unas manos en el fragor de
                                                                                         [una existencia
     expuesta hasta el absurdo:
varios espectros que cuelgan todavía, ignorados como entonces,
un mismo rostro náufrago del sueño y del mundo,
un ajeno ángulo, un reiterado vértice,
donde la verdad y la mentira se difuminan.

Observa.
¿Acaso es la ilusión agonizante de la decadencia que
                                                                                   [pierde seguridad
     excusa tras excusa?
¿Acaso es la pútrida agitación de la llaga sobre la llaga?
¿Desesperarías allí?
Será suficiente que pongas a prueba la voluntad desde el desafío
y esa embriaguez de lupanar, esa ley de un engañoso discurso
                                                                                                   [resistente
     en algunas bocas,
se verá acelerada igual que el vocabulario de un simulacro
                                                                                                  [tras la tarifa
de su peor vómito.

Quebradas escarban las manos alrededor de la mortaja.
Son los ojos del pasado, encorvados y asépticos, que la van
     desplegando hacia otro crimen.
Un blanco cuervo inmaterial nos recorre la sien
y unas arterias cercanas, esbozos del íntimo origen que de la nada
     confeccionamos,
nos inscriben a una pupila entre otras pupilas,
a una vorágine silente sobre la luz.
Y así ambos,
sagaces apéndices de la misma placenta,
desmentiremos que un surco labrado a su pesar
y que entreteje torturas, oculto del licor y de las virtudes fugaces
     del mediodía,
sea aquel embuste entre las raíces,
aquí, donde escribe la sangre su lenta encrucijada.

                                               31-agosto- 2015

viernes, 28 de agosto de 2015

Me impulsas, luz,
me alzas, me enervas,
no como sedimento sino como un tierno desnudo,
o como aquel que ignora cuál es el estigma y cuál
     el orgullo.
Me has buscado a ciegas para región de tus palabras,
únicamente por la manera de girarme hasta donde termina
                                                                                           [la espiral
y ungir la niebla en cada angustia y tras cada pared después del
     desencanto.
¿Y quizás no sucedí siempre a tu vaho cierto,
ese que se antepone sin recelo a los muros desasistidos por tu
     raciocinio,
el que desvela el brote en la escultura o salva tu corteza de la
     ligera erosión?
Ignoraron anclarme al eje del espejo cuando tú fondeabas
para que no acudiera tras tus jirones de espumas en el tedio
     adolescente,
y aún a sabiendas de la oscuridad me turbó en tu antonimia
                                                                                             [la piedra y el
     desfiladero, los reflejos y los perfiles.
Ya no hay relojes para desmadejar la ola y enhebrar las mareas
                                                                                              [en consonancia
     con la luna.
Ya me has inmovilizado bajo tu tierra.
Me apoyo en pedestales de quienes juegan con peces ciegos,
de quienes golpean mejor con martillos de sal y se aislan
                                                                                              [de la almohada
     del horror y emprenden camino y no tiemblan
cuando el alfabeto engruda la resaca del inútil
     desgarro.
Tú acechas tu Ugarit en lo inabarcable. Tú no cercas en tropel.
     Tú circulas, huidiza, incipiente, sin extirpar,
como un torbellino hacia su propio jadeo,
donde cada conciencia es el eslabón de una lluvia límite en una
     gruta infinita
y cada máscara un sesgo en el silencio contra tonos y congojas.
Tú me reconoces desde todas las columnas,
proyectando presagios, anteponiendo los ángulos, acatando entre
     tentáculos de mármol;
me capturas y me juzgas con la memoria del vértigo y del
     abismo,
mientras hallo entre tus reveladoras contorsiones el peso de
     un amplio desierto,
o relacciono en vano la vastedad del espacio en tus magnitudes.
Tú permaneces quién sabe cómo reverberando las ligazones de las
     encrucijadas inestables,
marcando el pulso inigualable del matiz, de la inigualable
     proximidad,
la ingenua edad de los cauces, el reproche del acoso,
formas que se presienten hasta donde se disipa el ansia que
     sostengo,
hasta aquello que causas mortaja adentro con cristales, con
     témpanos y con despojos.
Mas yo no te imploro ruinas indolentes ni cerraduras inanes.
No te instauro una cicatriz de frío,
como no le instauro al germen el dolor ni al insomnio las
     amarras.
¿O tendría que susurrar mejor a tu carácter perenne
                                                                       [que a los opacos, libres
     astros?
¡Hemos absorbido en tantos recodos verticales tras sus esbeltos
                                                                                                  [ademanes,
     en los más tiránicos equinoccios!
Es suficiente con que me hurtes las aristas como a la dura sombra,
     luz comprensiva, luz inalcanzable,
que roce yo lo que deseas nombrar, lo que obsesiona a la roca,
y llegue por fin a intuir la hondura de mi humilde luz en tu
     potencia absoluta.

                                                    28-agosto-2015

jueves, 27 de agosto de 2015

Me embisten, como humores de otro sustrato, primigenias en esta
     briosa reserva de mi bilis ascética.
Celebran y clausuran, ¡agria transición!, con la condescendencia y la
     mansedumbre de los yugos contemporáneos y esa excitante
                                                                                                [escarcha de los
     enfermos precintados al trasluz de alguna bóveda quizás
     nuclear, de unos éxtasis tutelares que embriden el conflicto.
No las puedo atacar con estas mandíbulas sin destilarme en gri-
     morio relente, sin fermentarme en ellas y derrotar.
Aún así se retuercen, duras, como el arsenal estoico trenzado
     por ecos, que concluye sugerir todas las sustancias y se traga
     el péndulo.
Y sin embargo mis alimañas fluyen, ¿por o para qué?, mientras res-
     tallan severas sus escamas, vibrátiles, turbulentas, tenaces,
     con rapto de hervor, de córnea, de óxido instantáneo o
     de crueldad que in situ se transmuta en nicho o en un
     inaudible semen.
Veneran sus fiebres, expulsan sus placentas, inyectan sus venenos
     rígidas tras el émbolo y la cuchara quemada entre los
     poros que hienden la llaga en los ojos demolidos.
Me prostituyen estos ácidos erectos, estas bestias en nómada
     parpadeo, estos férreos hímenes ingeridos con sangre de las
     cenizas y sepultados siempre tras el climax del pánico.
Niegan, callan, se agreden estos monstruos míos, lo mismo que
     desfiladeros que abandonan mediodías, ámbitos y erosiones.
     ¿Y no resumen vísceras, fuelles del alma, e incluso yermas
     losas que mastican aristas, cardumen y lujosa
     casquería, como carroñeros?
Lo que deban sellar que lo escupan. Pues hay alguien que
     vomita el pasado y nombra los vagones y habilita sus raíles en las
     cabelleras. Hay alguien cuyo contrario es forja, o aliento o
     latido y que lleva suspendida la crisálida. Y asiste mi horma
     y espabila mis máscaras.
¡Qué presagio tan hondo en el atril de mi ciudad consumida
     por la sinfonía de una argolla en la dirección del espinazo!

                                     27-agosto-2015

miércoles, 26 de agosto de 2015

Un remordimiento de gris sordo oculto en la noche
igual que una pálida sombra frágil y distante.
Derrotado por esta noche,
sacudido en una llanura sin aire contra esta densidad,
ahogado línea a línea por esta perspectiva infinita que me
revuelve unas veces y otras me rompe,
admiro la simetría del dolor,
la errante forma del viento en el camino,
el insomne grito al filo del eco y al metal del tiempo.
No me angustia esta noche que en vano me rehuye,
esta corteza constelada que me asila y me amenaza,
este desierto tacaño erizado en lo fugaz por la ceniza de mi hastío
     aterido.
Apenas una prisionera grieta en la piedra:
el secreto espacio tras el descuido de la unión.
No tengo potestad ahora.
No puedo vislumbrar interés dentro de este nudo que balbucea
     mi taxidermia,
que me decolora y me franquea ante la indiferencia de los
     cuervos sagaces,
ante brisas y manos y emboscadas,
nunca en los márgenes del ángulo, nunca en los márgenes del eje de la
     tierra.
No es puro como tempestades
y tampoco lo es como llama.
Y a su pesar vago entre ambas arrastrando este pretexto del
     viaje,
incólume al gemido de mis arterias y a mi cauce de espumas.
¿Quién rompe sus cadenas por esta cadena impotente e ilusa?
Ninguna pasión en los harapos.
Todo es rabia en este hambre donde sólo se cortejan las
     mentiras bajo la mortaja de la verdad.
Y ese brote de espinas que concluye en enigma,
esa biografía hostil donde invoca su aquelarre la espada y
     la afirmación,
esa mudanza de hojas en el perímetro de un suelo
     ignorante,
ese suplicio como una virtud sobre la pira, o una torre de uñas, o un
     clamor de cavernas,
ese ardid de errónea duplicidad con que engaña, tras la misma
     empuñadura, el déspota de la lascivia y de la prostitución,
¿en que trampa intentan avergonzarme?
¿A qué hiel se enhebró mi estío y envolvió con puñales
     esta placenta que petrifica la adormidera?
Una torre de telarañas y de sinrazón hacia la noche del presidio.

                                            26-agosto-2015

martes, 25 de agosto de 2015

Mira volar los vampiros que ansían la herencia de muchos,
míralos barrer la rutina de la entrega.
Observa. Algo cesa
y los metales vacilan sobre tus ojos como si desesperaras sin pausa
     y sin pausa zurcieras.
Tú suicidaste los puentes con tu ceniza interrupta en las aguas de
     antes y después.
Mas alguien ha recordado.
Y rebosantes molinos te sorben la médula en los trigales
donde ya no bordas otra virtud que la de tu sangre ebria,
un futuro incurable soliviantado por pesadillas y migrañas,
por encierro.

Ahora eres en lo que está, en lo que estuvo, en lo que estará,
                                                                                           [en lo que podría
     estar.
Varias doctrinas te ofrecen varios caminos.
Lo ratifica tu caudal que es la memoria de la vida:
en una orilla el bien,
en la otra el mal.

¿Quién empuja?,¿pero quién empuja desde tu origen hasta tu
     fin
con un espejo arcano, con una llama que hace mucho nadie ve?
¿Quienes indagan sobre sus propias huellas como un caleidoscopio
     de brasas?
Los golpes nombran el tiempo del combate.
Pero lo que deseas oír no puede ser escuchado enigma tras enigma
puesto que su agua es de otros rivales.
Y todavía no hay público ni han contado hasta diez.

Mejor será seguir la estela de quien parte.
Su retrato es el del olvido, con su ruinosa vitrina de mostrar la máscara.
Es el maestro de los neones.
Es el esquivo trasluz de la opacidad que te pasea.
No te encarames a sus árboles. Tú mordiste su fruto
porque quisiste averiguar su temor y la inaudita añoranza en todos los
     muros
y juntos os habeis trastabillado contra el mismo alambre:
una trampa donde calmar la sed
y recuperar los nidos en que dejaste los pianos de la piel.
Pero no hubo nunca.
Esto no es más que infértiles zapatos.
Y ya no es hora.

¿Eres tú quien trabaja con el orfebre?
Ese que abre disciplina en las manos y rumia mientras castiga
     oscureciendo tu sinrazón
tiene por tesoro el odalisco de los sacrificios.
Aunque tu magia es licenciosa y su gratuidad cerrará muy tarde.
Lo miro en la nitidez del agotamiento donde está inscrita la tragedia,
donde está el perfecto cepo en que te estrangulas como un siglo
     líquido,
en la malla impuesta con anómalas carcasas por tu realidad diletante.
Así que protégete del sol, del mediodía y de la luna.

Protégete del mediodía que es quien se excede.
En orden, en uso, en sentido.
Protégete pues asfixia con un velo de seda y esparto.
Su poder es el de la luz, igual que sus estruendos y su conocimiento.
Aunque nunca alcanzarás el cenit,
porque tu minusvalía es minusvalía de palabras y la tormenta ignora el
     color de tu lengua.
No habitarás el imperio de los sentidos,
porque en todas tus orgías hay un ala rota que delimita el
     abismo o el luto,
y el sádico me muestra los cruentos tabiques en que serás tutelado.

¿Quieres conocer al que continuará tu casa?
Éste que se incorpora a mi obra edifica desde tu propio interior.
Lleva en su aliento las poleas del sur y encomienda a tu bitácora
     la templanza de todo subordinado.

                                       25-agosto-2015

lunes, 24 de agosto de 2015

Contuve a tientas el aliento
resbalándolo hasta el relincho en las guatas donde se preña el
    otoño
o sabiéndolo colmar hasta el ángulo femenino por el desdeñable
    olor de las crines.
Soliviantadas las aguas; soliviantada incluso la contigua
     oscuridad.
Mis axilas eran así un atardecer dentro de la camisa de las
     nubes,
un engaño de la hoz bajo la cintura del mundo,
una infalible colmena en el rumor puesto entre mis empapados
     pájaros;
y sin embargo remedaba urdimbres sedosas sobre el vientre de la
     semilla.
Lo enfundé de ímpetu, lo arrastré a levantar al viento de la raíz,
hasta que tembló en los últimos belfos del tallo que son apenas
     los obreros del estiércol.
Aunque cada cobertizo en negro fuera un ataúd más ante los golpes
     insistentes.
Lo extraje de la cacofonía únicamente para imbuirlo en disciplina
                                                                                              [en las huellas
     del fuego,
únicamente para acosarle los huesos de la libertad y la estancia de la
     expiación,
como un clavo trinácride que indugera al instante los nódulos.

Ha crepitado de nuevo entre lianas y cabelleras, barbechos y
     ánforas.
¿Y todavía no he nombrado,
tras sombras y sombras de alucinaciones en alud que caligrafían
                                                                                                 [sin sentido
     mi mensaje,
que con las reliquias se aterrorizan las estrías de este lúbrico
     aliento?

Aposté mi frío al recelo,
a un vórtice de empuñaduras ilegibles que quebraban más hondo
                                                                                                      [que todos
     los rastrojos.
Hacia el eje de espirales macizas donde se enhebra el reloj,
hacia nudos y vértices, lo aposté hasta el principio del desenlace
a unívoco relato, a unívoco instinto, a un solo nido.
Lo sobresaltaron entre dos farolas injustas, entre
                                                                             [remedios desconocidos,
igual que a un diácono cuyos adeptos blindaran sólo la soledad y
    el genocidio;
lo aniquiló la bestia de cada infierno hirsuto, con su piara
     de cerdos;
la noticia del silencio lo cegó por completo en el filo de las
     asfixias;
lo estancaron luego con humos densos, con hongos relajantes,
y encontraron en el centro una mínima crisálida:
un recodo de éxodo que salva a quien lo aspira del asentimiento y del
     rechazo.
He ganado así trópicos mellados en heridas maduras,
cimas de lodo en lugares nostálgicos como corales bajo
     un olivo.
Lo pueden verificar quienes infusionaron en mí y me lamieron
     las alas en los túneles.
¿En qué naufragio dejar los rieles de un almanaque bulímico,
estremecido para la medusa de las constelaciones, inútil
                                                                                          [como la fatiga de los
     caminos?

                                            24-agosto-2015

viernes, 21 de agosto de 2015

Agazapada noche tras noche por los hábitos de la culpa,
brota en ocasiones desde la sed y la penumbra
                                                     [de cualquier depravación,
esa hecatombe de angustias que me deja malherido.
Mientras,
como si masturbaran el equilibrio,
como si repitieran un eco ya exhausto que se ayunta
     una vez tras otra,
tiemblan apostasías mayestáticas, cinismos ignorantes,
orgasmos que se parecen a una sanguijuela lúbrica
o a la diarrea de las encías inmersas en la repulsa del decoro:
¿dónde se enjoya el calendario?,¿dónde se maquillan los relojes?,
¿y quién es el buen metrónomo para el rito o para la cópula?

Se asoma un momento la ley enhebrada por la fiebre y el
     resuello del estertor.
Acuden placeres que fueron causa y consecuencia en las brasas de la
     soledad,
habitáculos ignífugos donde la mortaja era un destino insomne,
cuevas que desoían la caries del vendaje,
casas de mansedumbre como la sonrisa boreal del mundo,
oquedades vírgenes para el humilde.

Pero los océanos purgan a pesar de sus tatuajes.
Un temor desnudo empuja las libertades
o un contagio de escarcha se humilla elaborando las parábolas
     rumiantes,
y un dogma es otro dogma,
una sierpe astuta se persuade distante a las escamas del
     maníaco,
los eclipses se dilatan con ardides de parteros de vergüenzas,
los cobardes gozan la trivialidad pretenciosa de las plegarias,
cada lumbre es un oprobio devorado en una esquina.
A pesar de todo hay un estribillo erróneo en las cenizas.
Que se biografíen estas melodías,
que se ajusten de nuevo en la penumbra hasta las aureolas del
     color.
Ahora se alcanzan imborrables éxtasis,
resquicios de visiones frágiles como una orilla,
perlas de envolturas ímprobas atrapadas en un hielo denso,
luminarias como lugares recónditos al encuentro de una forma
     latente.
¿Por dónde se accedía al averno?,¿por dónde al telón del deseo?
Es como si alguien volviera mestizos los laberintos,
enjugando los sexos, extirpando las nomenclaturas.
Y no llego a tocar el objeto para que algún camino contemple la
     sombra de mis pasos
-quizás una ventana en el silencio, quizás una viga que se
     trastabilló-.

                                    21-agosto-2015

jueves, 20 de agosto de 2015

No consentí a las manos en el aire de mis puertas abiertas.
Yo, que poseía tan inocentes entrañas en mi cercana verdad,
no he podido entrechocar estas palmas del tiempo que tejen
     en mi piel,
que se llenan de sombra a través de mis pórticos y de mis pasadizos
y que ligan sus postigos a cambio de luz y silencio.

Es como un grito antes del golpe
a la espera de una viga en la voz,
unas formas que sacuden esas fósiles lágrimas de tormenta que anun-
     cian los oráculos,
un profundo guijarro en el que la crueldad sitia el fuego de
     la piel
y lo enhebra a los cipreses
-su habla mostrándose al arder, árbol tras árbol, con
                                                                                [tristeza de caverna,
como luce la llama antes de toda ceniza-.

Adentro de mis nervaduras,
impregnado a mi sangre como una aguja al brazo del adicto,
tan estentóreo como el cráter seminal o el vapor mudo de mi
                                                                                             [montaña,
no sólo devasta mis más hermosos, mágicos
     istmos,
sino que se pierde con su sed oscura en la edad de mi hierba
e incluso se trenza a la memoria dorada que expulsa el olor
     de un hechizo.

En numerosas ocasiones,
me envisca contra el parpadeo de la piedra despierta, impío,
y prende sus géiseres, su erecta mecha como el aguijón de un
                                                                                           [relámpago,
y tronza uno tras otro sus muros:
la rueda aludida con el trisquel en todos los amaneceres in-
     defensos;
los juegos con elementos de luna aminorando el sopor de las mareas;
fragmentos de alegría para remontar algún instante su terrible necrosis;
mi norte e injertos en los impetuosos líquenes de los sueños;
mis ansias, mi porvenir, mis ecos, combatiendo como hermanos
     en el légamo de los oasis;
collages de los hondos mitos extirpados a la miel de los al-
     tiplanos;
lentejuelas de la plenitud tironeadas para de nuevo no cruzar las piernas;
las sinopsis de los océanos despojadas de una historia jamás contada;
y ejes amantes, antiquísimos éxtasis y calles como nin-
     fómanas del mundo,
todo en un ámbito de antesalas infernales
que son a fin de cuentas cubículos que preceden la cremación inevitable.

                                                 20-agoto-2015

miércoles, 19 de agosto de 2015

Yo te biografié con una droga fósil,
comí a medias tu lengua para que cada ácido te extrajera de mí,
arrinconé cualquier grotesca hora con todos los descalabros
                                                                                     [donde suplicó tu
     ruina
y te marqué el cuerpo con un anochecer rústico purgado
                                                                                          [en mi tránsito.

No amarré tu estigma contra estas desgracias estuosas
injertadas únicamente por el infortunio del clamor y la pesadumbre.
No intuí tu órbita de terror que atraviesa una dolencia desde una zanja
     de vacío
hasta la loma del tiempo,
que desnutre una humilde frontera en todas las brújulas.

Vigilaste entre las mallas
junto a tu tormenta de abrasados barbechos, abalorios
                                                                                  [de mares remotos y
     hachas,
y ese depósito denso quebrado con ojeras del averno,
y volvieron los coágulos, apenas como un pescozón que tironea los nervios
     de los muros,
casi como un legajo que cojea o como un puño;
antes abriste la edad,
¿y por qué hasta ignorar el eco, hasta enmohecer mi sigilo?
Tú amabas el enigma cuyas semillas absorben el vigor de la vejez
igual que las mamas de la piedra;
yo era el lobezno anónimo en su insomnio de creciente embrión.

Desganaste mi carne, envolviéndome numerosas ocasiones
                                                                                 [en los resortes de hastío:
con los eczemas de las cerraduras
que turbulentan las sienes desde la pesadilla hasta el vómito;
con la alucinación torpe que pauta el desenfreno
     y la necrosis;
con esos arpegios de cal que ejecutan las
     fiebres y el pánico
y que nada desmemorian ni antes de la cicatriz ni después de
     cualesquiera amputación.

Tajaste mis huellas ingresando la periferia del cinismo
a un camino que se torsionó en sarcasmo contra la derrota,
a unos afluentes que aceleraban mendicantes por la
                                                                            [actividad de los vastos
     abismos,
a una ruta que se plegó entre nervaduras y que fue linchada
     por la sinrazón.
Y todas tus sierpes,
esos paréntesis de los bolsillos negociando el repudio,
las estrategas de la crisálida encogiendo mi ataúd desde el agujero de la
     acechanza,
la hoz con zapatos de histeria saboreando las cenizas.

¿Y dónde está hoy la carcajada deseable con el barro macho
que acreditaría la obviedad adúltera en una fisura del puente?
Vestida con un mal impermeable sobre tu torre.
¿Dónde los aliados, cada uno con su prolijo vocablo,
estremeciéndose como una preciosa polilla ante la luz?
Deshechos con el semen de mi especie en tu máscara de herrumbre.
¿Dónde la espiral milenaria que abraza hasta el lugar
más blanco que un eje capaz de emanar todo el vaho
     del letárgico cráter?

Ahogaste con tentáculos de fetidez mi sombra, mi único iceberg en
     los naufragios,
y sorbiste con infectas mandíbulas sus raíces y su voluntad
desecando sus madejas y aniquilando su tono;
en ocasiones la pusiste entre falsos tabiques en casas deshabitadas
que a menudo se incrustan en un polvo perverso de aire
     transido
donde rivalizaron sus harapos las premuras anticuadas, los velos
     y el desencanto.
En algún aquelarre extenuaste las naranjas amargas con mi subsuelo.

Me abandonaste a tus buitres
y la inmoral calima que uniformó de liendres
     mi espíritu.

                               19-agosto-2015

martes, 18 de agosto de 2015

Eres crepitar tan atroz y ahorcado como la oruga expuesta
                                                                                      [al beso del
     misterio,
empiézame en algún orden donde sea menor que el espectro del
     hombre,
trátame desde alguna danza donde la obscenidad de la médula haya
     palidecido,
y yo observe mudo todavía,
envuelto con el cirio de los desterrados
antes de cualquier tragedia.

Hay como un vaho prisionero de las cadenas del grito.
Toco una cúbica esquizofrenia abierta tan sólo para escupir a la
     palabra,
tan sólo para temblar esta ventisca de clavos crueles que rompe hacia
     el abismo.
Toco un sol insomne que huye en la espuma de un silbo de
     luz.
Y el árbol que aguarda entre las voces con séquito de
                                                                             [vanidades polvorientas,
el árbol que arbitra a las estaciones excrementos y aquelarres,
se ha roto y yace tendido junto a los cerdos.
Toco unos vientres en los que galopa el mecanismo del reloj
profanado por el grimorio que olvido en la
     llama.
Venid, venid junto a mí.
Máscara y ceniza, siempre altaneras en el tablero,
heroicas como el mineral me habeis guiado.
Y yo pospongo en los oídos el espasmo de la flor.
Soy quizás ese penal del llanto disidente que todos podrían
     palpar desde sus cercanos delirios.

Eres simetría de la sombra y el humo,
tahúr de tantas tinieblas
que se conciertan después de sonreir en la catedral del sexo.
Olvida el desafío oscuro del inquilino,
derríbame las escaleras donde menstrúa el cuerno contra
                                                                            [ese naranja de tumba,
permíteme viajar en el trisquel de esos labios inocentes que buscan
     hacia el norte.

Hay un cierzo que embiste desde cada espiral en que habita el
     águila,
un susurro de muertas vísceras en el filo áureo,
un miedo libre de culpa que escarba desde el centro de toda
     amapola.
¿Qué traes, impúdico, bajo esos reflejos del desastre compuestos por
     el ansia en el cruce de caminos?
Mallas de sangre traidora, enhebradas para atrapar
                                                [el desmembramiento del amanecer.
¿Qué traes en un himno con cabellos de pólvora, en una hendidura en
     silencio cuyo pus corroe más allá de la herrumbre?
Mallas de sangre despótica, sorbida por las lápidas hediondas del vicio.
¿Qué traes con esas lanzas y arpones en las fauces para
     la devastación de las bellas bestias salvajes?
Mallas de sangre yerma, hechas para el velo de los ácidos y las
     mortajas.
¿Qué traes para mí?
¿Qué traes, más que un puñado de nada y distancia?

                                       18-agosto-2015

viernes, 14 de agosto de 2015

¿Dónde roba el tirano sus llaves de chatarra?
No existe ninguna antigua ventana en la bondad indefensa que mueve
     este corazón;
ni un hongo insomne bajo la inútil servidumbre de los
     espejos.
Ninguna aureola;
nada que congregue dragones en estos corales que envuelven su
     experiencia en los ojos:
mis rutinas sagaces,
mi terca costumbre diaria contra los métodos feroces de las
     mandíbulas.
Y aún así baila el idioma como un plancton tóxico,
o como una caligrafía excéntrica;
quizás como un cuervo en su hora de burlar el ciego entorno de
     la ingenuidad.
Ha sucumbido la inestable confianza en mi balanza juiciosa,
asignada por el barro de mi perfil y por los puentes que
     a nadie detienen.
Las cosas desprenden una antinomia evasiva en este eco que
     tararea el barranco.
Dejan caer el blanco símil de cadenas irónicas para la contemplación y
     el éxtasis,
desaprueban la piedad para el astro estéril,
extinguen sus nombres en esta vagabunda, cerrada matemática
     de la madrugada.
Ahora son radiactivas ínsulas.
Son continentales erupciones en tosca respuesta a mi edicto paupérrimo.
Se ha interpolado la moraleja:
mi norte ya no es mi flor vampira.
Se han multiplicado las trampas:
el perverso soborno se conjura en la telaraña de la intemperie.
Y ninguna realidad que hilvane los objetos indemnes a sus ocultos
     lugares.
Y ningún credo que permita expiar esta ácida alevosía
     que me desgarra,
esta frontera de un no lugar que me paraliza en su estrangulado
     porvenir,
un poco menos azul a cada instante.

                                                   14-agosto-2015

jueves, 13 de agosto de 2015

¿En qué recurrencias se inició?
¿A qué raíces o a qué Lupercales asistió para poderlo atravesar con
     tales principios?
¿Y cuál fue su lienzo entre tantos soliloquios bajo la soga como
     pretextan el sándalo y la cicuta?
No la boca vidriosa, la procreadora hacha del cataclismo.
Pues opuesto fue tal vez el hueso,
la médula escrita por la rabia de anquilosadas
     bengalas,
un tumulto ancestral embrujado a los pies de una muralla donde
     palidece la erosión;
pero el sexo es seccionado y arde en su alarido a quien
     lo embriaga.
Trema y carece de trasluz como el bisel de lava que diluye las
     herrumbrosas compuertas
y jamás logra borrar con finas pleamares el carcaj y las
     armas.
Es como un gorjeo que titila en el barro.
¿Y son esos los estrépitos que biografía la muerte?
¿Qué astros copuló para activar el velo de las canas?
Sin duda de colmenar en colmenar tejió la malla, se zambulló en la
     saciedad
y halló un canónico rumbo en la submarina pasión donde anidan las
     diosas.
En principio se pensaría un mínimo equilibrio
                                                       [que cada quien vaticina
     en su llama,
o un aire entornado donde naufragan dardos y arterias,
o quizás un eco de vértigo en el que brotaron sin rostro los
     silencios.
Pero otea un ciprés que respira como un solsticio al que acuchillan los
     dientes,
un tictac que araña al rostro de la voz, a la sangre del relámpago.
Y así todavía profundiza sobre la nada con lunas
     y con misterios.
Murmulla por espinos e icebergs y todos los diapasones interrumpidos.
Te taja el sudor y tu pesadilla revierte en escarcha, en emboscada,
     en insidia.
Te vencen vanidades integradas de arrebatos perversos y trepidaciones
     de la rabia,
de soldaduras entre un éxtasis caduco y un fragmento del vicio.
Acoplamientos de geometrías, pluralidades que se ajorcan por el
     escorzo y la sordidez,
bestias que se consumen con la inercia del compás torturador,
torniquetes eviscerados, vulvas necróticas, asfixias incólumes
     y roídas,
crines de derrotas, semen ególatra y babas de hartazgo,
caries anales como cenotafios, esquizoides como ojivas, orines
     como billeteras,
masas en tromba como las cornetas para el diurético fieltro de la
     irrealidad.
Más acrobacias del trueno, más embestidas del tridente,
otra alucinación nacarada sobre el esperma alusivo: "pudrir
     definiéndose",
y que fluyan los excrementos.
El signo del verdugo y sus macizos artilugios de
     redentor del averno.
Está todo el rigor de los métodos ante las brasas.
Así como la mudanza de la víctima será la definición de
     abismo.
¿Y qué encuentra aquí la muerte, ya obtuvo su galardón,
con esa escolopendra en lugar de la mortaja y esa sierpe acariciando
     su halo?
¿Es rebelde el interno o viperino el grumo de la tierra?
Quizás busque un efebo malnutrido y compre con ascésis el introito
     del ego
acechando la duda,
impune tambien ante la obscena presión de la fiebre,
en el placer de la inquietud, en la ceguera que viste los
     morteros de la culpa.
Pero tal vez su absolución sea con el encubridor, tras suplantar
     rendijas y máscaras.
Tal vez no agonice con la miel ni con el paisaje, sino con la levadura del
     delirio.

                                                   13-agosto-2015

miércoles, 12 de agosto de 2015

Fue obligado el terco, ávido sopor del cadáver entre los cipreses
para que tú habitaras mejor que otros esa paciente víspera,
ese hábil párpado con que deben callarse las esperanzas
cuando nada consuela su ilícita vigilia,
cuando en las arrugas
-esa numérica vastedad cierta-,
ardemos, vacíos, las sustancias y los huesos que silbaron en
     nuestro error
incesantes alimentos cuya humedad no moldearemos nunca.

Fue obligada la tristeza de aquellos cansados comedores
que furiosamente sedujiste con agujas y platas cóncavos
para que tú oyeras agotando el espejo con tu espejo,
tras la sudoración de las cánulas,
con tu cuchara viuda guardándote todavía antes de
     ser avistado,
porque era tu espíritu la atribuida mendicidad
para unas alas que narraban los ojos desde el inmóvil
     armario.

Fue obligado el purulento vértigo de los muros,
su segura lejanía, su ocio sutil entre atravesados meses
que tan sólo condujeron escaleras de interior a tu veneno,
para que tú corrieses pesadamente de portal en portal
como una grieta donde la cal convoca baldosas crueles,
mientras depositan, en la hora reciente,
las cabelleras que desgarren malditas su frenética blasfemia.

Fue obligado todo lo que mantuvimos en tu baraja,
lo que contigo descendemos tras el aceite en las uñas,
para conocer qué pesado torno te horadaba
e iluminarnos así,
con la esbelta llama que despreciaste bebiendo.

Porque tan larga singladura
es el tempestuoso ábside que porta las muchas turbulencias,
aquello que retiraste cuando hilabas, hacia un letargo de interior:
labrados temblores,
cierto cráter que murmurase tu pureza cerrada a la incógnita,
esos fríos tímpanos aproximando la negación
donde la puerta es tan sólo un sucesivo intercambio de cerraduras,
las corruptas causas, las oxidadas arterias en que te proclamabas
con el pobre referente de quien aprende desolado, en el suicidio,
hernias del censo que después
castigarán el lastre del sudario en relentes hielos.

Tú fluías entre tantos cuchillos...
Apenas sacrificabas en los huertos la paz que encaneciese los filamentos
     de tus manos abrasadas de montañas,
restituidas de andenes, por desagües suburbiales
que excitaron los mimbres con el sencillo presagio de las rodillas,
entre estiércol y pájaros.
Tú pisabas el sueño sencillo.

Pero ningún incienso restañó tus calles de necias fiebres
-círculos amordazados, signos trenzados,
donde la esclavitud arrastra ubicuamente su opresora sintaxis-,
ninguna letanía acudió ante los portadores de la sierpe,
ningún percutor saltó sobre esa danza
que entre obscenos tambores, déspotas, látigos y güadañas
elevaron la parálisis a tus banderas;
y un instante nos entró dentro del laberinto un tóxico gusano,
desafiadoramente,
en el inestable temor donde anidaba
el índice silencioso de tus mejillas.

Ahora declinamos en una balanza sin nervaduras,
por un reflejo perdido como un hechizo de enlace con el desmayo
     eterno,
inquiriendo al presidio del más oculto grisú
lienzos fértiles en lo más incomprensible de las antiguas llagas,
edades que a todos nos borran, que a todos nos esperan;
pues no es la transparencia del dolor errantes rastrojos
-escombros y máscaras que anegamos
para matar la infección de un tenaz manantial-,
sino acechantes delaciones de un destino que ocluye nuestro aliento
con la espuma del pasado amputada como cobardes raíces.

                                       12-agosto-2015

martes, 11 de agosto de 2015

El miedo es áspero, hondo y sin puertas.
Solícito a los vencimientos del anhelo como el vicio o el asesinato,
cautiva cada estertor que se apaga sobre los cuerpos íntimos
     del ansia.
De una verdad de la piel a otro ayer, del retorno al aullido,
obligo con mi misma exactitud la trayectoria inútil, el encuentro
     arrepentido.
Finales y principios, desiertos y vergeles, vidrios y espejos
alimentan este camino cuya erosión se lía y deslía con los
     éxtasis,
se describe con el apremio del paisaje y del sueño sobre el muro,
se reduce y se eclipsa con cada náusea en la sombra del
     presagio.
¿Y quién avistará las entrañas únicas, las que salivan como el sudor de la
     calumnia
y se abren a la serpiente entre renovados sexos espesándome la desidia
o estrechan sin acomplejarse la lujuria de los arcos, hacia el eje de la
     espiral?
Aniquilación o intimidad, no llego a dilucidar los órdenes del
     crónico estigma.
Confuso el tránsito desde esta noche, donde observo
                                                                         [los límites y soy la distancia,
donde todo y nada entra en conflicto como una enajenación,
un caos de la palabra o las adyacentes caderas de una herida,
y consume la dificultad de tanta paradoja en frente y bajo las cosas.
Pero existe un barro propio a quien no puede doblegar el fuego,
que empapa todavía bajo los harapos y las nieblas
     de mis escaramuzas
mientras zumban los párpados o hincha los dedos la lucha cruenta.
Excitadas están con sordidez mis espinas; marcadas con ceniza.

                                        11-agosto-2015

lunes, 10 de agosto de 2015

          EN BUSCA DE LA VERDAD

     A pie se va despacio
se va despacio.

     Rodeos detenciones miradas al soslayo

miedo
a chocar.

                             Hans Peter Keller


Estos son mis dos ángulos, mi prisma de refracción,
mi incerteza lumínica a pasar de nuevo entre las
     cansadas manos de la escoria,
si no hienden el légamo.
No son crespones de la sombra ni hojarasca del tiempo.
Sólo dos ángulos, colgantes, impúdicos,
neblinosos como las bocas atraídas por el néctar de la
     mañana.
Son mis dos ángulos hacia el silencio,
en fuga tras muchos rompientes,
erosionando el esqueleto con viento y con deseo,
aislados en la fuente de este dolor que confío extirpar aunque
consuma mi fiebre.
Ángulos sobre espinos, ángulos sobre huellas,
cortados por el engaño de todos los zodíacos:
dos fracasos regulares obligados a batirse,
envalentonados para incendiar las mechas somníferas del espejo
y para incrustar su eclipse de lluvia y violencia como un enigma más,
casi inquilino entre los humos que enhebran el camino.
Ángulos mártires de la piedra,
ángulos del fulgor que acierta,
desvelados como hollín al capricho de la brasa y de la apostasía del regazo:
dos opresores impactantes lamiendo mi humus en los ojos del
     pánico,
arrollando al caer los senos de esta álgebra latente
que oprime la balanza y saquea bajo el fuego mientras
     duermo.
¡Qué torpes errores para la sed y el hambre!
Y ninguna fisura, ningún tic de ingenio sobre mis ángulos,
después de tantos periplos tras la misma duda.
Jamás otra cosa que esta falsa expiación,
esta sátira imposible que me premia el mismo plazo caduco,
y este tránsito de fecha y hora sobre cada frontera.
¡Coartada disociativa y clarividente!
He fingido en el espacio de estos ángulos
como un presidiario del reloj que se refugia cohibido
     por su interior,
que no asciende su desnudo ni sus espumas,
ni esta garantía de memento mori,
ni este sol con que se le invita a un adánico ungüento.
¿Y hacia qué hoyo, tapia, rincón o tejado va este yo
que dispone su aguda espiral como una cuchilla,
aquí, todavía sin espuelas,
sobre dos mohosos balbuceos de la distancia, a expensas de la verdad?

                                            10-agosto-2015

viernes, 7 de agosto de 2015

Cada confín es un deshielo donde se profana la transparencia,
donde quiebra la llama sobre el aquelarre sahumerio de los picos
esgrafiado entre arcadas y entre anomalías.
Yo huyo junto a los cuervos antiguos de las contradanzas de los victimarios,
al amarillo quemado del trisquel en espejos cárdenos.
Es irreal apuñalar con las escamas mismas del viento cegado por la
     caverna del desastre;
es difícil tocar lo que se descostra y humilla ante pedernales
desde tantas formas exigidas a la máscara de la conciencia.
Todas en su tránsito de absoluto,
en su asunción de palabra y de roca;
ninguna ausente,
marcadas al rojo en el filo de la franqueza con la brújula,
advierten los artefactos, el ritmo de cada desencanto, la grieta que
     no cabalgo.
¿Y sin embargo no me instigan desde la apoteosis de cualquier reloj
lo mismo que a un torrente?
¿No me extravían con su narcosis de tiempo,
igual que a una bestia,
contra la migraña aplastada en el racimo del crepúsculo?
¡Ruda esta luz que consiente aniquilar al tañido
     emboscado
y atrae hacia el eco esta diáfana lipotimia de herrumbre!
Nada amputa este coloquio con avenida de exilio,
con violencia de siglo que gesta a la vez su corteza y
     el metal hondo;
ni es causa esta ojiva que estalla como un eclipse en la órbita
     del vórtice,
que hechiza y se engasta igual que una turba de carroñas,
que se aferra y se articula parecido a una heráldica huésped en un
     haz de rehenes.
¿Y la sombra?
¿Quién cosecha esta sombra urdida entre agaves,
esta tramontana desterrada siempre gregaria al tizne cadáver,
este rompiente a tientas con la estirpe?
¡Ya basta, pliegue del nudo, tentacular pliegue de jadeo en fuga!
Es de nuevo la misma corrupción de sentidos perpetuados,
el mismo pólipo sin arnés que me decapita el aire.
Es de nuevo la misma chatarra hacia donde embisto
acosando un velo por el camino,
tronzando la armonía donde la leyenda es una sola
     cripta de incertidumbre.
Es de nuevo el mismo reo que asegura que no soy,
el mismo hilo de aludes que me pertrecha hacia dentro hasta el
     vientre del origen,
hasta la destructiva colecta de estas manos con las que nada despierto
y que únicamente verifican la ceguera calada en las arterias.

                                           7-agosto-2015

jueves, 6 de agosto de 2015

Son ya muchas las mañanas que naces poniendo sogas por estas
     calles
y todavía hoy no puedo saber si anulas los surcos del
     tiempo
o si llueves como ágiles cometas en este último naufragio donde
     se desplegan los tejados con el mapa dormido.
Tan sólo comprendo que me galopas el ansia por esta 
                                                                         [danza cautiva que abre
     la estela
y que remo en las aguas de tu tenaz legado
sobre la herida de una sola ruta.
Cargamos la araña de un tragaluz onírico en este nutriente equipaje
     que traspasa en la espiral el vórtice,
mejores alturas que un astro,
y nada impide que en ocasiones me adviertan 
                                                               [las semillas de otras horas
o que te viertas con un espasmo de origen en la colmena.
Pues al principio de cada sol olvidamos la fatiga,
con un tajo más, con un muro menos,
y lamemos entre los dos el sexo a Venus para continuar rodando
     en la misma embriaguez.
Aunque ¿quién guía a quién en esta alcohólica galerna naipe de los
     suicidas?
¿Quién de ambos es ajeno en este taller del artificio a los enjambres,
     entre salivas y mástiles desgajados sobre cenizas?
¿Dónde está mi ancla entre estos vestíbulos por los que me
     retuerzo como la arteria de un incendio?
En cada arroyo donde aguardo mi semen me interroga la
     bitácora.
No te burles de mis huellas en este tránsito del crimen;
no me arrincones ahora con tu falsa ingenuidad 
                                                                         [de luna extraña en todos
     los parques
ni me explores quirúrgica y célibe contra el mimético suburbio
     de las ojeras,
ya que nosotros no fermentamos ningún manual de una ardua lucha,
ni tampoco hogueras enajenadas por el mismo barranco,
sino tal vez apenas una oscura inminencia de algún estupor sin
     hechuras y sin umbría que vence en el caos.
Alúmbrame de nuevo en esa materia desconocida con que piensas
                                                                                                         [la verdad
     de este silencio para brotar la llama:
tu signo de quietud hacia la losa.
Has agitado tus traiciones en la piedra,
bajo la porosa arista de una cerrada y absorta sombra.
Has amputado ecos, oleajes y arenas lapidadas hasta el estallido
en esta prisión entreabierta que únicamente penetran 
                                                                                   [los pulmones de la
     muerte.
Has horadado en la fiebre del ocaso y el vacío para aniquilar esa
     claridad celeste que todavía puede leerse en los pedregales.
Has tachonado la duna en un aullido y has usurpado las manos del
     amanecer incorporadas a las laderas de la montaña.
Reposas cubierta de lodo y de vigas suspendida.
Y todavía te inclinas ante esta malla de nervaduras y de insignias,
bajo las varias pendientes que inmiscuyen tu rumor con el légamo del
     exterminio,
mientras arrostras grimorios y triunfos igual que la sién de
     los déspotas
o igual que una escolopendra que se pervierte en un olor estuoso,
para entregar todo tu depósito de estragos y de enigmas al
     íncubo esclavo o la burda bestia:
esa ley sedienta de las últimas tormentas,
que enhebra relámpagos a tus pies,
y que será ignorada por guardianes y por visionarios.

                               6-agosto-2015

miércoles, 5 de agosto de 2015

Más obstinado que la redondez urdida por el aire
                                                [sobre la encrucijada de
     un cuerpo,
aéreo como un desnudo,
armónico como una criatura mortal en la música
                                                                      [de infinito,
sin talle, sin crueldad, sin penas ni súplicas,
Así era su camino hecho desde los perpetuos
                                                    [colores de la sombra.
Aunque inocente, permanece una luz que incorpora
                                                             [con frecuencia los
     tropiezos de cegueras.
Es una quietud que busca y que te abarca quebrando las
     aguas.
Ahí, en alguna fragilidad, es torpe tu breve reverso,
e incluso las dichas ajenas y todavía los gritos que nada
     prometieron,
además de los párpados herrumbrosos que son
                                                               [rotos corazones de la
     lluvia.
Acaso todos deslizan un júbilo ronco en las tormentas por
     donde te arrastrarás,
pertrechan tus olores de noche en el colgante de lo remoto
y oprimen en quebrados espejos los relámpagos para
                                                                                 [tu terror o tus
     heridas.
Sucumbe, sucumbe bajo las alas como la risa de la arena ante el
     barranco.
Un pájaro habrá girado la rueda;
un pájaro la guarda en un viejo nido, junto a viejos senderos
     y viejas nervaduras.
¡Qué zigzagueo de atributos al hilo de la nostalgia de la salida
     hasta la meta!
Crisálida a crisálida, regresando
de un ovillo a otro silencio, de una máscara a otra tiempo,
apresas con cada palabra a ese idioma en que te repudiaron
                                                                                        [desde tantos
     muros:
una isla de mallas o de redes donde cicatrizar tu nombre de nuevo
y poder afirmarte, aunque dudes, cruzado una vez más por los
     puentes del sueño.
Es esa la huella, esas son las pisadas, esas son las llamas que rozabas
     amable,
concretadas en la fragua de la sangre,
apenas perfiladas por el vértigo insólito de la araña.
Ahora cincelan raíces y lunas en la calcárea fiebre
     de los días,
troqueles supurantes que ahora gimen, que tambien se debaten,
que se dejan en olvido por la argamasa de irremediables fisuras.
Entre la oscuridad y el aliento, si no alcanzas algún resquicio,
     te aniquilan.
Enérvate, lame los añicos precarios, los minutos que te
     cercan en el laberinto.
Desmenúzalos con un desparpajo tan urgente que despeje al extraño,
a esos dedos de la guadaña que se solapa en la añoranza y la
     soberbia.
Tan sólo apresarás un vaho de nieblas y una junta de espumas.
En ocasiones, muy pocas, un presagio para los barrotes y el mimbre
     de tu horizonte.

¿Y quién acunó las pupilas, con su trópico de resinas desoídas y de
     orfelinatos acantilados?
¿No fue nada más que un golpe opaco,
un objeto en el sudor claveteado a las puertas de una batalla?
¿O un regazo mustio donde se acurrucan las cucharas y las trenzas
     de los déspotas?
Aprieta los puños para oír.
Esa pared que retratas temblando en tu pecho es tu sepulcro delator.
No me veas únicamente como a una cúpula o como a un virtuoso
     atento,
jamás en alrededores y nunca hacia el centro del misterio.
Pues incluso allí cada eco disminuye con el último aliento,
cada sonido se escama con la calima del nuevo mediodía,
cada sierpe embriaga, se excita y vierte su plegaria en la roca;
pero la espiral en que ronronean fustigadas las malezas de la niñez
esa es la espiral que acoge unas malezas profundas sobre la
     espiral de tu camino.

                                              5-agosto-2015

martes, 4 de agosto de 2015

En el estío, cruzo tus montes, cruzo tu vientre,
          tiemblo junto a tu luz.
Así me doblego, como un rumor sin paz, bajo tu sombra.
Busco tu sexo.
Te expando y te he hendido y trinas una miel brava.
Busco tus zarzales sin que me frotes las espinas.
Busco tu silencio.
Pude anegar tus palabras y ahora te aplicas a mi lentitud
y súbitamente embistes ante mis enjambres como un
          matiz del aire.
Adecué la verga y olí en los astros tus axilas perennes
y tu fronda, en un eco,
con el denso bálsamo
que pude constatar por el sudor de la piedra.
Miraré que sed falta a tu mar.
Tendré que descender y elevarme de nuevo
y remontarte
pero lo haré para tensar tu rubor que es ya mi tierra.
Sólamente por ti sangro en el barro.
Sin desazón, sin rabia, sin brasas, sin la
          frontera hórrida del deportado.
Volveré a encarnar tu fortaleza.
Volveré, superando cualquier nunca, a pronunciarte los
          brotes convexos del acorde.
Volveré, a consumarme sobre tus orillas. Volveré,
siempre volveré a que me observes fluir, junto a
          tu lápida.

                                     4-agosto-2015

lunes, 3 de agosto de 2015



                                                      A Norma Segades-Manias

En la región ahogada de la brusca escalera,
detrás de la boca de campo con velador,
tras el reloj inmóvil debe de hallarse, o bajo la tachadura
ausente, en el dorso
de silencios. Debe de hallarse quizá más allá del fallido
     carácter de un traseúnte
maníaco de alguna ciudad, o en la cita del cuerpo
cuando todo ha desnudado los interrogantes.
Yo me callo si es última la luz
amarillenta de los ruidos torpes, el fondo inútil
en la caverna artificial, sin versión de la sombra,
el muñon de cualquier sigilo, la rancia piedad del crimen,
la añoranza profunda en mitad de la mentira que amarga
     al muro inconcluso.
Yo me callo si es último apartar la luz verdadera
y entregar a la edad por la herencia y el hambre,
como si todo hubiera muerto en el grito del árbol.
Me callo si es último dejar sin utopía al viento  de
     la palabra,
estremecer el cerrojo, las fauces del humo,
habitar bajo las paredes, de frente a la desdicha,
o retener al ladrón, ante la fatigada luz.
O si incluso es mejor la locura del buitre en la
     telaraña de una intemperie
brutal, o en la extrema huída de la carroña con
     hongos de estiércol
desposeerse de toda fuerza hacia alguna parte, o si
es quizás preciso aniquilarse en la muda conciencia de la
     sangre,
haber arrancado en la corteza aquel viaje,
tomado por albergue tras un coro de puños, un
     aldabón
de jaulas tras el estío, hacia la clausura.
Asumo el hecho de que fuese totalmente necesario
aherrojar al extinto tejido hacia la arruga
     del abrigo tenebroso,
haber mirado cicatriz a cicatriz la violencia de la entreabierta
     mazmorra, que inventaría tras cada vieja luna,
y haber perforado con paciencia en la urdimbre, en
     el ojo roído.
Haber palpado la gruta de la obscuridad,
el habitáculo de la cicuta, aquí donde toda soberbia late
junto a la viuda obscena. Haberse desgarrado en el
     naufragio;
haberlo pronunciado sin tacha en ceremoniales
                                                                  [cuadernos de infinito
o de protesta. Haber murmurado con sed o espanto
al insomnio
o la nada en retorno, y haberse entonces proyectado y abierto.
Es conveniente saber reagruparse con la indigna asonancia
que nos ataca en plena hemorragia y nos disuade
     y nos aniquila
hasta el pimer gesto. Conducirse entonces por
     largos caminos,
entre los laberintos y la desazón, sin infierno
     donde postrarse ante el aullido del lobo,
y así, devastados, no ceder y entrar a la luz inolvidable
y seminal de la buhardilla del alma todavía con aliento.

                                         3-agosto-2015