viernes, 31 de julio de 2015


                                                                       A Teresa Domingo Catalá

Olorosa la llama devora contra mi voz;
engulle como una marea desamparada en ninguna parte
                                                   [por un beso en los márgenes
     del viento.
Pura su espiga hasta la asfixia, profunda hasta golpear las
     cumbres.
¿Qué toca ahora con esta violencia de torrente insacible que
     culpa al delirio?
¿Es siempre contra el tiempo tanta crueldad veloz,
                                                                               [tanto torbellino
     enardecido?
¿Qué otra cosa debe morir además del año en los cabellos, la
                                                                                                  [espina
     en el vientre
y la justicia preñada por el vértigo?
Quizás añore su peso en la libertad de los marfiles,
quizás esté descifrando únicamente la estela errante,
esa que empieza a pecar entre bailes de lobas y termina por desear
el mismo palisandro que un faraón herido por el náufrago canalla.
Incluso tú, llama terrible, tan urgente como oleaje, como la
                                                                                            [metamorfosis de
     lo púrpura,
eres la fúnebre liturgia, apenas el sudario de una nada
     innacida,
el azar prosaico que al descifrarse burla los demás azares de la
     estridencia.
Has venido hasta aquí sin huellas que alejen la farsa,
sin claves para escribir el escándalo en la cresta de los hoyos.
Tu tacto es sigiloso como el de cualquier arteria del éxtasis,
mi piel es turbia como la de cualquier genitiva y ramera
     corriente de cavernas.
Pero callemos ante la vulva del camino y la posibilidad de
     haber sido otros,
contradictorios, corruptos, fantasmales en las sábanas
                                                                                  [de la espuma y el
     estiércol de las jaulas,
puesto que tal vez somos además un plagio,
ambos arrastrados por el espinazo de la usurpación, en la esbeltez
     del desenfreno,
ambos juzgando el mismo sexo en los arrullos
     de la alquimia,
hasta el unívoco milímetro y el pernicioso alambre.
Puesto que tal vez orgasmo y muerte sean dos variables de
     un solo origen,
formas ocultas para la extinción del aullido.
No me reclames así, con esa discordia de máscaras roncas
     sobre la ceniza.
No me reproches igual que si fuese un diluvio hurtado,
tu templo de cabecera, un púnico exceso de cada crisis
     despedazada en la vagina.
No conseguirás aniquilarme aunque vulneres mi semen
                                                                             [entre el humo
     y la memoria,
aunque me tajes y me exanguines hasta el hueso.
A tientas, contra el muro, cavidad y silencio.

                                       31-julio-2015

jueves, 30 de julio de 2015

Cuántas catedrales desmembrando las horas,
                                        [una vez más concisamente,
una vez más contra la noche,
en esa urdimbre sonámbula donde queman los vértices
y se atraviesan por todas partes espinos y guadañas sajándome
     los ojos.
No recuerdo si al vagar no amanezco
o si al completar un grito no sesgo por un trago de fiebre
     mi ansia.
Puede que horadar los muros sea como abrir un corte al tragaluz,
a menos que responda agraviándome para distanciar los nidos
o para dormir extirpando de un solo arrebato los zaguanes de la
     soberbia y el linaje,
mas no anega a mi pavimento el adiós, la esclusa en el regazo
     del trueno,
y nunca podré percutir dos veces como el granizo en la grieta.
Tendré que fluir la labor del futuro recortado, tamizando el
     pico,
y plegar lo olvidado en los tableros,
de la manera menos ofensiva, a su inicio o su final, para la duda.
He tocado en demasiadas ocasiones líquidos tesoros hasta casi
     ahogarme en ellos;
muchos dados clavaron sus espuelas en mi espalda.
Consumí brasas mudas y escarchas ebrias como las
     espirales.
Hallé aquello que fue mi propio vértigo dentro de la
     esfera,
así como supongo que se extravía el rostro donde este eje
     continúa girando.
Liberé junto a crudos enjambres la estela de mi ansia
y me vi obligado a quebrar más de una bitácora
                                                                  [de estratega en la red
     jíbara.
Todavía perviven espasmos que desnaturan y me
                                                              [apuntalan en el tridente
mientras otros me ocluyen salvajemente sobre ojivas incisivas.
Aúno mis hebras, ovillo mis bravos azares y pujo,
desconozco si a tientas,
si entallando en corcheas la vastedad de la misma alegoría,
del mismo brillo, de la misma onda, durante demasiados soles,
todavía con el filo de la espada contra el vientre o contra las manos.
Al punto de ebullición no se discierne de donde atacan las fauces ni la
     dote de las esquirlas.
Sólo siento la horma de la pólvora que rebaña como herrumbre en la
     alquimia,
verbos que igualan el pundonor de un rizoma desprevenido,
estatuas inmaculadas con el coraje del ayuno,
cepos ignorados de otra cacería que se deshizo de cualquier estirpe.
Aunque desde la meta, si alguien no cesa el compás,
si alguien completa el tatuaje con el último péndulo,
podrá observar el gineceo como la primicia de un tornadizo fortín,
una anciana prosodia donde el mástil custodia magia
     y mancebos,
una raíz excesiva con savia para unos y otros,
un oráculo que al fin se pronuncia.
Escolto hasta aquí mi equipaje.
Tal vez alguien lo encuentre, tal vez logre entrar en la marejada de su
     séquito.
Intuyo que soy obstáculo y vórtice.
                                                    30-julio-2015

miércoles, 29 de julio de 2015

Siempre, en la intemperie de la palabra,
cuando la verdad se vacía de sierpes que huyen o se retiran bajo
     el corazón
para pensar las muchas ruinas que acumula este cuerpo,
retengo a manotazos el reloj en que mendigar o la luz que todavía me
     despierte.
De nuevo te desabrigas, aunque no prefiera tu trastienda,
dolor de fondo y dolor del dolor, mi dolor adúltero,
el más despreciable y no por eso el menos sensible,
y evoco épocas que con tu disfraz de ausencia me acercabas a
     la esencia del origen.
Si bien en ocasiones dudo,
quizás alivies como el verbo de una corriente
que cuartea cada envión a mis arterias con la injuria,
como la sed y la adicción;
o tal vez habites tan sólo aquí para cuidar con tu percutora
     mayúscula el riesgo y los atajos.
Denegaste el oxígeno en mi placenta.
Amigo de deudas y hierros rotos
yo sé que encallas en un contagio cualquiera de la distancia
y falsificas las hechuras de mis llagas cuando
     desobedezco.
Y no dudo que trepas desde el marginal ruido de una hemorragia
     con ritmos de verdugo
y quemas en tu tránsito nuevas privaciones,
estructuras de tempestades jamás avistadas y miedos que supuran
     como gangrena.
Tu bastón de prueba; tu marca y huella para tajar y tronzar.
Supongo que incluso me has infectado nauseabundos aullidos,
mortajas putrefactas, amenazas roídas y hornos donde incinero
                                                                                               [los espejos.
Y que descalzaste las extremidades de la culpa que
     no duerme,
me bruñiste con blancos designios, con oscilantes demencias,
y te observé transgredirme como a un sacrificio, como a un
                                                                              [esplendor de fauces
     hacia la impiedad,
en el desorden de los límites.
Dolor pródigo y dolor necesario,
mi ley y el doble rostro de mis vértebras.
Nunca supe de otra costura más que la tuya,
hiciste lo posible por integrarte en mi espiral, en mi eco
     turbio,
aunque siempre me poseyeras aguzado por colérica y violenta,
     suspensoria voz.
Yo te replico hoy, en este instante,
mientras todavía me recauda la sinrazón, no sé si como escoria
     o como sal secreta,
que purgues en mí todos tus cristales y sigas siendo mi dolor.
No te exilies jamás,
vuelve una y otra vez
a pasear por esta casa y por éste mi desierto.

                                   29-julio-2015

martes, 28 de julio de 2015

Como el que se ha vengado en el salvavidas de las prostitutas
                                                                        [y está solo y tiene sed
-nada supone que los tábanos cantaran con cada espasmo una
     tierra piadosa,
que la rebelión de las boticarias tuviera las medidas de la verdad,
que las linternas vomitaran su color únicamente en las dentaduras de
     si mismas-
deseo elevarme a esperar las nieblas entre los árboles prohibidos.
No mencionaré que el recinto fuera patíbulo,
hélice de contagio quedamente cuajado en los aspersores de la
     extinción,
pues hubo que oír lamer paracaídas cariados en la
     palabra de la escarcha,
a menudo con una ristra de tapias a nada de difuminarla,
a menudo con abalorios pestíferos
                                        [en los que me oculto del calendario
     del no
o permanezco en un acicate en que los pedregales han
                                                                                     [embalsamado todos
     los nudos.
Escasearon raíces.
Toda odisea abarca cavernas vírgenes de las dinamos que nos
     respaldan.
Puedo utilizar, por así decirlo,
la dramaturgia que se diluye en abismo cuando el eco la ahoga,
y en legítima defensa sea por sí misma quien vuelve
                                                                    [a cada dedo la potestad
     del origen,
o de éste que borra máscaras del mal, como el esparto
     del humo,
y en legítima defensa sea la tisis en cuyo declinar asume
                                                                    [la omnipotencia del
     volcán letárgico.
Cada cual en su caracola de plácidos espejismos,
cada cual aspirando en su charco austero, en su lodo huérfano.
Además estuvo la resina de los paisajes que impregnó
                                                                         [las malezas y las
     huellas
y los estallidos densos de espíritus honrados en todos los
     néctares
y las hojalatas cobistas como puñales para los relamidos
     criterios de la fiebre.
Habría que nombrar otras direcciones y nervaduras que no sufrieran
                                                                                                      [las lápidas,
andenes y estaciones jamás doblegados por legajos de sinvergüenzas,
pero no volver a regatear con lo que gusta de la reposición o
     es amante de la noria de feria
y comulgue mecánicamente con su registradora de inútiles
                                                                                   [ofrendas causa de la
     pereza y el enojo.
¿Y por qué revisitar todos los jeroglíficos del camino?
Los selló la argamasa gélida del silencio en los seísmos
     de la sombra,
como si fuera la paloma el raíl desmochado y su pico
     el jergón,
como si uno pudiera nombrar los mismos estragos aunque le
                                                                                 [amputen las manos.
Entre cosechas que se suceden y pedriza que te inmiscuye o que hiere
las cicatrices fueron como electrodos en el cobre de la memoria;
deseché los consejos, celdas y castigos, humedales y sequías;
con las demoliciones de los senderos aposté por corazas en lugar de
     alas;
me apagué sobre cicuta y volví sacudido por las carroñas de la
     narcosis.
En contadas ocasiones mimé los gorriones en los molinos del trébol:
me voltearon el cierzo y presagiaron al rebelde.
No creo, jamás lo haré, que todo fuera un collage, ni albergue, ni
     baldía imantación.
Todavía constato los súbditos de la pólvora y los tiovivos como libres
     trallazos de la embriaguez
y será sencillo desempolvarlos, ubicar de nuevo los cimientos,
regresar a los astros y desclasificar los armarios,
como si un etcétera no hubiera recolectado para ser otra vez
     orilla.
Aunque igual fuera mejor resignarse y que la subasta continúe
junto con los escenarios de los poros abiertos por las uñas
y los hermetismos de geometrías y nubes donde ya no queda lugar
     para mostrar la piel
y el poso del nácar con su risa y su moral exenta de los
     aguamieles
y las hipótesis de un sucedáneo robusto.
Ahora he puesto el intermitente a la medianoche e incendio los bolsillos.
¿Debí no despeinarme en mi agujero?¿Pronunciar todos los riesgos?
Cualquier honradez mal entendida puede desplomar
                                                                                            [de súbito los muros
     de una vida.
En cualquier buhardilla puede sucederse una efervescencia de carcoma
                                                                                                           [que aniquile
     los lugares amigos.
Es nunca y parte los leños el aliento ciego
                                                                 [que todavía compite, acrecentado
     en su no potencial,
pero que quizás bajo las losas tenga algo de brisa.
Vuelvo hacia la obscuridad.
Alguien sigue adscrito percutiendo el oxígeno, alineando el
     metraje.
¿Son derrota los cabellos? ¿Es nómada la añoranza?

                                           28-julio-2015

viernes, 24 de julio de 2015

Jamás ningún acusador placer consiguió suplantar el hambre
ya que arrojé el semen en iconos goteados de cada orden
     del alma.
Ni avance alguno tronzó este cauce con sus
     brazos de metal
ya que de encrucijada en encrucijada una voz de tierra los alzó
                                                                                               [fuera de la
     tiniebla.

Nada se agita hoy.
Un vientre ampara
agazapado entre los escombros de luz invencible
resbalando en la noche el espasmo de la mañana.
Continúa el reparto con un rastro de escarcha la columna inefable,
el primer fogonazo del otro mundo,
para saciar en cada montaña el pozo oracular que traerá
     sus dones hacia esta casa,
un hallazgo de estallido
y las piezas de su verdad
-una tierna ventisca con un tacto de salitre que jamás cambia-.

Nada se oculta hoy.
En la raíz de cada espiral
el tahur toma muestras con un pigmento de contrición entre las piernas.
De nuevo de la orilla se adhiere el éter,
otra vez del margen que se sostiene como un muro sobre su destino,
hay un guijarro que tan sólo a escondidas duerme contigo,
que trepa por el reflejo único hacia el áncora de la corriente.
En ese mismo guijarro cultivaba sus líquenes de aureola la hojarasca
y el otoño, minuto a minuto, reivindicaba su anzuelo déspota
     para la espiga.
Pero ella se muestra magnánima con el júbilo del año repentino
conjugando sobre la fronda de los enjambres rizados los más ancianos
     sirocos,
con una joya despierta,
para que nadie embarque en la mentira
ni desasosiegue las criaturas y el reloj de los cipreses.

Nada concibe hoy.
Yo arropo los lobos en ortográficos teatros que vinculo con
     incrustaciones del abismo,
con púlpitos fruncidos hasta el barro del odio por la maleza y la
     herejía.
Yo salpico con mis cúpulas a todos los coetáneos.
No sobrevive nadie intacto que se aparezca como en un
                                                              [estremecimiento para hurgar
     los océanos,
ni quien inhale vergüenza o augurio,
ni otro que venga por el coral, el acorde o la forma.
Nada más que este surco de pubis hacia la espesura,
donde apenas es larga distancia el extremo de lo percutible,
donde las falanges engrudan bajo su longitud de espías del uno
     el porvenir de la roca,
donde los cuchillos de las matanzas se anuncian en una gama de
     ruidos o errores que ningún otro astro acierta inclinar,
y desde cada embriaguez se llega de nuevo hasta el rellano de la
     misma superficie.

Éste es el vértigo abrasador en la mezcolanza de los frenesís culmen de la
     abstinencia
que informan a la jeringuilla de una sola patente,
la alucinación dentro de una acústica donde nada puede salir.
En ocasiones sus celadores aparecen para usurpar cada inválido
     por un pájaro en sombra.
Entonces miro la isla del desencanto.
Se exhibe lasciva igual que un coro de orines.
Penetra como trago cáustico bruñendo para mi piel una
     mortaja de zángano centinela de la extinción.

Mi tiempo ya no es otra cosa que un cirio cazique,
un tejado corroído,
la anexionada taxidermia del vacío.

                                            24-julio-2015

jueves, 23 de julio de 2015

En cualquier lugar que sea binomio la cicuta del averno,
desnudando al completo la ceniza,
las brasas doloridas dibujadas por heraldos esquizoides,
se oculta mi timón hostil entre blancos disfraces.
Mi camino es el que jamás deja de repetirse.
El que habita espejos clausurados detrás de la bestia,
espejos que se enredan luego con un destino en el que hilan
     los monstruos,
con mausoleos de augures detestables que viajan como anécdotas en
     la sombra,
con perfiles en cáñamo que se construyen los rostros del crimen y de la
     impiedad:
golpes roídos al barro en los efímeros mapas ásperos.
¿Y ya este mismo hado ungido tan furioso
como el otro que retorna, incauto, secando a mis látigos?
Este camino no contiene hambre ni encrucijadas,
y, de súbito, muerde,
martiriza como déspota desde las heridas hasta los muñones de la edad
haciendo arder en cada fauce sus altivas cadenas de verdugo
o ejecutando al palpar alguna extraña víscera,
o prometiendo falsos futuros a las cabezas de
     los eclipses
que se embriagan todavía bajo las grúas.
¿No oyes cómo se tronza desmemoriando sus muelles entre dos
     bitácoras insolentes?
Incluso no hay cuadernos ni mapas.
Allí donde existía una maltrecha guadaña se masturba una trampa
                                                                                                     [por miedo
como un reclamo impúdico para los cadáveres de los derrotados
     grilletes.
Los árboles que crujían el rumbo al sur enloquecen a
     ciegas
hasta proclamar a los rebaños hirsutos que me señalan con
     sus pezuñas de sangre
y agrian el cuerpo con su preñada gelidez,
en exceso gélida.
¿Y para qué precisar a un ángulo donde poder gemir en vano con la
     espiral?
Se deslía la runa
y huye de mí esa promesa de tentáculos con que se corta el abismo
o me ciega la infinita némesis de un verdugo próspero.
Las mecedoras vierten en los vasos sus carbones de cremación
y horadan como larvas con su ansia de carne que desastra la más
     mínima tregua.
En ocasiones brotan cardos entre los que se retuerce mi mortaja
     despareja
y tragedias corruptas se accidentan bajo mi nido con sus sierpes, sus
golems, sus sinagogas
esculpidas como úlceras en la celda ártica.
El terreno es un vórtice que me engulle con la exactitud de un leviatán.

Y siempre, en todos los recovecos,
este costreñir de noches que agotan la órbita de mis miembros,
este perímetro de cal barrera de ningún viento,
este barracón de alambres reescritos por la epilepsia incesante del silencio.

Meteorologías ácidas como un muro de radioactividad,
remisiones con las que un herrumbroso cuchillo me posibilita algo de aire
     en este camino.

Yo con la certidumbre y un monograma en la orografía del honor.

                                               23-julio-2015

miércoles, 22 de julio de 2015

¡De nuevo la crisálida abierta en la boca!
Me amarga el azote en que dialoga
como un vasto océano, infeliz, el origen.

Aúllan todos los enemigos
heridos por una ciencia chorreante
que ya cultivó mi sepultura y ebulle.

Lloré en una hediondez donde la víbora no encanta,
desde el fuego de una llaga eficiente y bella,
desde la inmensidad de un gesto todavía inexorable.

¡Éxtasis de cornezuelo que cuajó un albedrío de colmenas!

Sobre mi horca estoy gravitando.

Mi horca de trágicos quijotes en que tiembla
como un aguilucho ingenuo la vida.

En este gesto me está deformando el subconsciente.
Me deforma muy adentro, donde la verdad
crispa como un sinsentido.
Me deforma muy adentro, mal
vidente ante la fábula terrible de la rutina.

En su día cedí a la costumbre el oráculo
con que el desprecio se ensaña tras los huesos
y se atravesó en los ecos
que para mí la espadaña ofrendaba.

Ahora no restallo otra orilla que ésta,
infame, de la congoja hendida en la que tan sólo
el rayo goza.

En las orbes anárquicas este himno
de paradojas poliédricas
no floreció en mis músculos.

Era suficiente la actitud,
untar los amarillos como respirando,
partir, entornar los ojos rústicos de los campos
y armonizar la piel por un astro y hacia otro astro
como en un dueto de un solo cosmos.

Bastaba evocar la espuma deshojada
no plagiada jamás
por un invierno.

La gotera gris que nos exige mortaja
cae sobre mí, me enferma
con bruma de cosechas entre las vísceras.

Desocupo al niño y se desangra el sarmiento.

Los pianos maduros, los atillos que habité,
el camino que deseaba concebir eclipses
con su verga ebria
se deshilan, como el guijarro que se sumerge en el recuerdo.

Mi crepúsculo, edificado según su humo,
como una línea borrándose, se desvanece.
Y yo inauguro un nuevo miedo. Y abro el juego.

                                 22-julio-2015

martes, 21 de julio de 2015

El zahorí febril empuja con el azar
los colores nerviosos que sujetan modélicos su palabra,
y todo le arrastra. El tacto se vuelve viento
en el mediodía agrio de unos caminos
que hallan su vértice en un pequeño guijarro húmedo.
Ahí, en el silencio confuso de la soledad
se viste, digna, la sed de una raíz,
el prohibido ritmo continuo.
O quejumbre de un riachuelo, y un ardid, en la tierra,
en el surco empedrado de un dique oscuro.

Del protegido lado de la corriente,
lugar de pliegues y narcosis,
o púrpura brecha
de hojas roncas y de arenas ligeras,
por momentos, transportados, se fruncen ángulos
que embozan el canal más honesto de la ebriedad,
y un muro enfatizan único y notorio.
Es alguna pena privada ese obstáculo primero
en olvidada grieta astuta,
formas para oler, o detonarlas.
Y un alga atraviesa, para el ansia ciega de la ignominia,
esta impetuosa grieta, y encuentra una antigua puñalada,
que es locura sin título,
helado metraje del reloj.

                                         21-julio-2015

lunes, 20 de julio de 2015

En las grandes ciudades, los pulmones
vibran bajo el cobijo de Urania
el ámbito hacia un nuevo rito.
No existen emociones anónimas en los cuerpos
que celebran la beatitud redundante
que te generen acometerlos glaciarmente
como al archivo secreto de un ojo que delira:
todo desdibujado por el ritmo al adorarlo,
el detritus demasiado esférico, la zona semiótica abyecta,
envolviéndose con el indiscernible perímetro de los gérmenes.
Los objetos, los actos subjetivos,
las áreas para el castigo, las compañías indecisas
apelmazan el estupefacto tránsito asexuado de las luces
y terminan por devorarte.
¿Quién crepita, Briareo?
Hoy las luciérnagas ya apenas escandalizan
en el imaginario de los esbozos categorizantes
sin haber implantado antes cierta tensión.

Añoro que te soñé en un odio íntegro
de amarillo, factores de reflujo y hedor,
con una dentadura de dígitos concedidos a causa de tu plumaje.
Por determinismo incongruente de esa vaguedad, cuyos
cimientos predicados bajo el yugo de la carne,
no acerté serializar ni exclamar al estandarte
que oxidaba lo otro, embargado por una opera orgánica.
Únicamente poco a poco las paredes que engañan a nuestros relojes
y nos oprimen se expandieron aflorando los tegumentos
aunque de una manera desmedida; como por medio de un inhalar
                                                                                                        [umbilical
que estrangulaba el parto. Era la mejor incógnita para sucumbir,
a pesar de que todo constituía supresión pero todavía vocativa,
y la tesitura un libre acceso gratuito
que cualquiera sabrá que nos modela siempre.

Esa tempura tampoco interfiere ahora y el reflejo
se textualizó en oscuras cavidades o encono de trasfondo.
Hubo variables próximas, fluidos voluptuosos,
la infinitud horizontal del cubo de color para los epitafios
que de no ser así quizás alienasen el carácter:
apostura de mareas vivas elevada con abismos.
Y siempre la blanda curva en la que aúlla
una y otra vez la llaga:¡Epicuro!¡Epicuro!
¿Para esto escrutaste a tus súbditos el ansia
y ya te supera la distensión de sus nervios?
Retrocede ahora: permite que esos súbditos
se dilaten en la acrobacia
gozne que es la trama prescripta.
Todavía hay orígenes que aturden
donde sea eficiente el derroche,
detonados por la circunvalación triste e irreversible,
insuflando los rudimentos, al contacto de la ceniza.

                                  20-julio-2015

viernes, 17 de julio de 2015

Esta bestia estuvo en vela, hosca a tientas del agua.
Las blasfemias de los escorpiones en la noche, la tortura de
                                                                                        [las llamas,
el derrumbe de las tinieblas sobre los cirios, en las
                                                                                [espaldas
esculpiendo sus hachazos, góticos, ciegos y secos

desmocharon todas las losas; así, bajo un alud inverso
los roquedales se habían consumido, y el más allá anunciaba
una marea de espumas, con una ventisca críptica y marmórea,
chirriando como los estambres de un ocaso mutilado.

En la madrugada embestí contra una estrofa de la bestia hasta
el cabezal de los misterios, y, de repente, callé ante un recorte
                                                                                             [enjugando
el latigazo del más allá que me hendía las costuras de
                                                                                  [la edad-
los deshechos merodeaban como jeroglíficos de vacío con las
                                                                              [formas poco claras,

las esquirlas crepitando, la lágrima del invierno una muesca,
a punto de romper en la tramontana y huir borboteando:
el sargazo exanguinó lentamente una voz, y un aullido de montura
                                                                                                        [heráldica
se desecó opaco como un eclipse de ojivas. La bestia

tiritaba como una crisálida de tiempo ausente en esa turbiedad
que tras cualquier reflejo la va a volver corteza. Fuera,
                                                                                     [sacudidos
por el firmamento, bajo el cincelado Orión, borramos los
                                                                                        [aparejos
de la fragua y no podemos erguir un velamen, una
                                                                              [atalaya,

ni el forraje ilusorio de un impreciso signo. Arrostramos
                                                               [el brillo de la espada
y contemplamos como se desgarran los caminos de la bestia, aunque
                                                                                              [permanezcamos                    
varados, escuchando como danza la lechuza desde su quietud,
oliendo tambalearse a los relámpagos entre las sombras.

                                        17-julio-2015

jueves, 16 de julio de 2015

Mi cadena es ahora fuga y verdad.
Nunca volveré a alzarla en su pulso vivo
diciendo el mensaje del tahur.
Peregrinaré animal. En el lugar de mosaicos de la cúspide
los silencios de la herida no sufrirán jamás el arrebato de su
cadena de averno que termina de probarse el peso de espectro
   y fluye hacia mí con su rumbo y su raíz
                                                                       de holocausto.
Su espátula ebria de candados no tamizará jamás mi piel.
Desgraciada sea su caligrafía, que hurgaba todos los recovecos y
   ángulos y vértices y espirales y laberintos de mi piel
                                                    de inocente y ahuyentó mis caballos.
Estéril púdrase por siempre su caligrafía de déspota
que en todas las herrumbres habrá de suplicar por su vida
aunque no haya vida para los que mascan ante las rejas.
Desde hoy mismo seré una bestia sin marcar
y mi sombra fulgirá, como un bastón de oro, en mi grito de
                                                                                                       nácar.
Ocultaré la virtud de reo en mis golpes de cicatriz pura,
                     junto a la corteza de esclavo y a los grilletes de auriga.
Sepultaré mi miedo en la grieta de oscuridad en que se enhebra el
                     viento al cuidado de la alimaña, aún altiplano y desierto.
Cremaré en un cepo de pezuñas las goteras que devoran.
Retornaré mi refugio con ayuda de un tratante de mortajas
para que se consuele en todas las muertes de mis párpados.
Que, así como mi cuchillo desgarrado y hendido, a este
   fuego que irrumpe como un degenerado en el hogar,
         mi dentellada le abra todas las arcas:
en el traslado córvido que, bordado en las arterias, avista
                                                                                         las inquietudes,
en el adoquinado de mi fábula, en el mes de mi cólera, en
                      el rostro celoso de mi sierpe, en la redada
de panales, en las mallas de mi luto de ahorcado que
           exponía sus excrementos cuando le estrechaban el nido,
en los peces del vientre que ya jamás morderán la isla,
en mi asco de burdel de tanto arañar la piedra.
Que mi dentellada, prosodia de mis jirones, duerma siempre en mí
                      como el hambre de la tierra en las bocas vírgenes
y sea como el cautivo balbuceo en mis lágrimas de pan y de
                                                                                                        carne,
íntegro y bondadoso como el moribundo que resucitó bajo mi traje
                                                                                                        gris,
y desnude como una navaja y gima como el subsuelo.

                                       16-julio-2015

miércoles, 15 de julio de 2015

No nombraré el mineral en que asomo
ni el volcán que además no resplandeció durante mi crepúsculo.
No deseo ser la boca humana de la casa y de las
                                                           tristes certezas alternas
ni deseo olvidar los vértices graves, que únicamente fueron los
   menos lejanos porque no había lago alguno donde temblar.
Nombraré pues la gran huella blanca
   donde la forma se ofrecía para caerme en los ojos cuando yo
                                                                                              no era,
nombraré los muros que no toqué pero que separaban
                                         círculos y rayas; relojes muertos...,
nombraré la puerta que se derrama ante mí, los
   raíles de sol alucinado y de olmos vendados que la
     piedra añora con su ensordecido cardumen arcaico.
Nombraré las cabelleras que sangran, remueven y se
           deshacen, y odian las ruinas anónimas y
                                                 los huesos grabados,
nombraré la nada, aunque quizás como un cordero que traiciona
          al invierno para poder ascender las torres,
nombraré las espadas en que hay trozos de mi combate y
                                                       aún así me carcomen inmóvil,
nombraré la ceniza y la tierra, la caridad de las sombras,
nombraré los astros del firmamento sin ninguna ténebre
   agonía inacabada atardeciéndome en el sepulcro, y si esa
         garra apareciera, la maldeciré y me decompondré
                                                                       [orgulloso e inmenso.
Nombraré las ciclópeas clarividencias, fragancias de oro embrionarias
                                                                                                   en el cielo,
nombraré nunca a golpes, para que ayer sea tan sólo una
                                                                               letra horrenda,
nombraré las entrañas, la cruz, el jardín en que otro loco
   cumbre de mi espíritu, y que me absorbe, abra lo que yo
                                                     abro sin oír a sudario ni halo alguno.
Si se repitiera un nuevo cauce, no lo doren las brasas. La
   brasa ronda en cualquier paisaje. Dígase un sí feroz
                                                 y que sea férreo o que no exista.
Yo continuaré nombrando todos estos relieves que son la esvástica
                                                                                                    [que giro,
   el cerrojo de una tapia en mis alas, el surco de una
   llaga que es casi una llaga traída por los lobos y las alimañas,
                              ante ninguna caverna, pero para mi propio abismo.
Nombraré, nombraré el no, pero el que refulja
                                                                       [alguna conciencia en mi losa,
   sin que nada exalte la resina de las estructuras y de los
                                       movimientos, sin que me exterminen los espejos.
No soy gran cosa y no quiero nombrar ciertas letanías
   indescriptibles, sino el firmamento en que había diademas palpitando
                                                                             en el horizonte de las cimas.
Nombraré los océanos en el vientre, las aguas en la claridad, las
                                                            hojas de mi nombre, y las otras
        hojas, éstas que trasformo para mí y son estatuas
                         eclosionando, sexos aullando en un parto
                                                                                         de estatuas.
Y querré nombrar el secreto crisol azulado,
   exigencia del muérdago y de la quimera que no creían
                                   poder bajarme su nácar en el pico,
y entonces partiré, frente a quienes niegan el no, a pesar
   de que día tras día les roza la nada.

                                                15-julio-2015

martes, 14 de julio de 2015

Lejos murieron las hidras de insomnio, los pórticos
de pies helados en los espejismos del humo, los petroglifos ungidos
en la piedra tibia en un vértigo que se enraiza hasta
el útero donde se gestan los rumores. Negué las extremidades
a las espinas, a esa danza de cuervos donde brotaban espejos
y laberintos, vencida por frutas extrañas como bocas
de olivo. Me urgían que pintase en la tierra
las larvas añejas de polvo y de un jade de alquímicos
ungüentos; pero las quemé con el veneno del estruendo, y en su lugar
contemplé ajarse las hambrunas herrumbradas. Caminé
la vigilia de lugares dispersos en un eclipse de mortajas
ocultas a los mármoles donde los pájaros desnudos picoteaban
la luz de cada memoria; y ajusté mi atillo al del licor
que manó de la fuente para olvidar con rapidez
a las muecas del hielo, y huí sin haber avistado
el buitre, degustando su manjar putrefacto. Convoqué
a los repugnantes despojos, al desaire de un tirano llagado por los
clavos que quise cegar, y que se fragmentaban
con el temblor de las ampollas. Podría haber retorcido esas pústulas
infectadas de un pus de naufragio; para mostrárselas a la turba
y que las enunciase, degollándolas de una silente
sed de infinitud; y las habría varado con las galeras de la lepra,
para que se deshojasen como las escamas astringentes
de un asfalto caníbal.

Las sepultaría con los mendrugos de una nostalgia rabiosa, y
su equipaje alambraría los aullidos de la ceguera,
extendiéndose por los estuarios que dragan la cánula
de un rayo inmisericorde, y así habría purificado tu cabellera- si
no hubieras perdido la llave de tu árbol con los aguaceros
tóxicos del presente. Me habrías dictado por qué te
uniste a un sol de cuchillos en la baranda
párvula del puente; y tu celda habría exaltado la miel
que sólo se erecta en la ubre de la montaña, como
coloquio de un ensayo del tacto. Pero
escarbas el tiempo en la grupa de los astros de sal,
entre nudos de arcilla y raíces en rama. Y así
huyes por la húmeda grieta de un futuro del que ahora añoras
las brasas de unos dedos en trance que inesperadamente
se desprenden de identidad para limpiarte la barbilla y los
labios en un llano cada eco irrepetible. Envolví los grilletes
de tus muslos en la gotera del somier; y tu espalda
caía como si todavía fuese barro, adelantando
el cobre de pecios que nunca gozaron mis axilas. Y
todas las cavernas eclosionaron de ese magma de cautivos,
contra una edad de áticos no edificados.

                                         14-julio-2015

lunes, 13 de julio de 2015

El reo se oculta, como la orfandad y la sed de la
                                                                       canícula,
y relincha el vigía ártico, en su laberinto de silencio.

Canas de las pupilas del viento, cuando la indolencia madura
                                                                                              argentada,
auxiliad a este vigía, redimidle el pecado,
devolvedle a su sosiego, igual que tañen los icebergs
peregrinos y fugitivos por las eufonías de los vítreos cadáveres.
A cualquier recluso en el camino y a cualquier recluso de la quimera
retorna, la muerte, la occisa voluntad del alma glaciar.
A sus manos que son espejos en plomizas tinieblas
salvadlas del óxido y del salitre. Que en sus huesos no
                                                                                       crezca
la grieta dragada del rayo, y sus vértebras no musiten
ese ácido hirsuto que todavía en las agujas tatuadas
a los reclusos ofrece la vaina de los cuchillos y del polvo.

Filo amputado de la soberbia, carcome sus atavíos, como a los
                                                                                                     sueños,
el peso de esos reclusos. Jamás esquivos, como la urdimbre,
puedan apuntalar cercenados las hambrunas oblicuas
en las cucharas absurdas. Narcóticos de las tierras zurdas,
tóxicos anémicos de los caminos vírgenes,
hilvanad las arterias de los reclusos como lo que las extasía.
Asoladlos de las trincheras que los siglos nunca quisieron
apestadas por sus arcanos. Y tú, ídolo en frontera,
viejo guarda de los nómadas, greda de las rayas lúbricas,
lame los verbos del barro con tu terca grafía
y, a quien zurzas, alumbre un embate rebelde.
Todo sea ley y orden como las horas en el mar.

Obtenga la locura del desgraciado el llano baile de los pájaros
y, en la orilla del vacío, sean las fechas los colmillos
que muerdan la minúscula de tan absurdas danzas.
Y en las vísceras, donde se acumula, acorralada y sin salida, la lluvia,
se corte el icono yerto de los metrajes reptantes.
Ventiscas, obturen los zigzgas si en la última cana del
                                                                                     viento
no se reacomoda el eco de la astilla esquiva.
Que ellas no disimulen las estocadas de la miseria
si los pasos de la extrañeza no eyaculan sobre sus ejes.
Que en el hondo latir de la violencia, lo anterior se
                                                                                 coagule
bajo la anemia del torbellino, que las piedras mansas
sedimentan, como vértices, contra el tajo de la nada.

                                       12-julio-2015

viernes, 10 de julio de 2015

Desde la pedriza todavía pura, como un exiliado,
he subido al árbol, triste y feroz,
traído por la anónima pereza de la estación del silencio,
vagabundo de la noche, caminante entre hostiles.

Es un silencio invadido, es una soledad aguda
ésta que preña el estío, símbolo de mi nombre,
como un rosal absorto que nutriera este diario
sobre el que se derraman las espinas ebrias.

Lejos quedaron mis rincones, fragmenté todas las esferas,
las palabras centrípetas, por si algún cuaderno
que deshilvanara su tiniebla ansiara detenerse
entre un arrobo de ruinas y sencillos muebles pútridos.

Y desde metales y humildad tambien afirmo mi color,
afirmo que cuelgo de nidos lapidarios, estrangulados,
en medio de este enramado donde brotarán nuevos meses
y en martilleos turquesa el rayo absorbe mi sangre.

En oleadas abstractas las arterias del idioma,
insomnes, cercadas, golpean ahora el silencio.
Junto a los huesos en cenizas la luz estremece.
Está la muerte en celo, sus huellas me asedian.

No es nueva esta continuidad. Tampoco lo son las fábulas
que me devoran la médula ya que entre ellas maduré
y así me transformo entre engranajes difíciles
y la edad amputada como el beso de la expiación.

No es nueva esta continuidad. Es mía y se prolonga
como una urbe gregaria. Aunque quién a poniente,
quién ignorara su pasaje para olvidar cómo extenúa,
cómo sofoca en la elipse, cómo subleva el fuego.

Para sujetar el sueño he plegado mi veneno
entre púbicas urdimbres y abruptas honduras.
Hoy, aún imberbe, me precipito a las asimetrías
escuchando las crines, reo de la tarde.

Porque todos los caminos pelean por un gesto ausente
que escama las montañas y ciega los embriones.
Trayectos donde aúllo mi espera incompleta
que es un criptograma de la distancia y es mancha y es cóncava.

                                        10-julio-2015

jueves, 9 de julio de 2015

La palabra me llevó a decir que hubo un momento
mínimo y estricto, una textura
donde algún magnífico movimiento, que se aproximase
                                                                       [vehemente
a través del limbo y de la hojarasca escarpada
     como la llama
pero con dulzura, que hirviera el vergel del hueso
que se forja y se retuerce entre la sangre, debiera
     sellar
otra ebriedad, ígnea y virgen,
luz del loco, una constelación cuyas traviesas sin sonido
debiera frecuentar a todas horas, sin jamás herir ni lesionarse,
un hombre de verdad substantiva o adjetiva.

Y, sin embargo, ausente de este vaho, antes de que pudieran
     tocarse
sus hilos, se rompió mi edad
de manera que me distancié a enfriar el caos,
menos áspero que cualquier capullo de crisálida,
y golpeé fuerte mientras reventaba la herida transgresora
     y cerrada
y paladeé los muchos añicos de cristales suspensorios
de astros nacientes, y deglutí en bruto
los brillos dúctiles del nervio en el cartílago.
Y remolinos, pneuma
para los artefactos del nudo, aullaban mejor que el siglo,
un aviso exigente, minucioso, recóndito, que cuajaba bien con
     las substancias
del imponente vórtice, e incluso mejor con el negro abismo,
trepidando por gruesas elipses, adentrándose en la quietud.
Su biografía ausente de todo orden, toda templanza,
además de todo rigor, suponía menor complejidad
que la piedra exaltada a la que afluyen continuos reflejos.
Esto era lo sublime de lo impalpable: las intensas matrices
     potentes
multiplicando una vez tras otra
lo que la levedad y el origen no equilibrarán jamás.

                                         9-julio-2015

miércoles, 8 de julio de 2015

Muéstrame el velo de la memoria y aniquilaré la
     voz de la edad.
Concluye la catedral de las arterias extraviadas e iré
     a buscarte donde bullen los muslos.
Atraviesa la inocencia preñada de cicatrices desnudas y
     limpiaremos el cofre de tus delirios.

Eclosionarán las crisálidas como un climax antiguo y
     nos untaremos de intemperies auríferas, como el
     criptograma idólatra de manantiales puros.

Permanecemos anulados en medio de un lugar cáustico
     y no podemos servirnos más que de leyes
     que devoran nuestros elementos.
Por esto contamina el apetito impregnado por el síncope del
     laberinto.
Por esto veja las manos la blasfemia de los relojes sin
     eje.
Necesita de nido la huella ante la inquina de la roca
     despótica.

El camino es tan sólo óvulo de esquirlas que reflejan
     los callejones ustorios.

Nos enfrentamos en las vértebras de la espita de un vórtice
     como cuchillas del éxtasis.
Nos deriva un acezante chantaje que explicaría el
     hurto.

La infamia de un balbuceo que no sobrevive.
El desierto que nos avanza su deseo de muerte.
Los gusanos que se alimentan después de las manos del
     verdugo.

Aún así anhela el cultivo las aguas de los vientres.
Aún así en breves segmentos se ejercitan nuevas revoluciones.
Aún así mordisquea las prímulas el viento.
Aún así nada cohibe la lengua del magma
ni subordina las pupilas colmadas de diversidad.

                                    8-julio-2015

martes, 7 de julio de 2015

El dolor traspira sobre los colchones de la ciudad, nombra su sustancia
con el tímpano descalzo del papel y el silencio se evapora en fotografías
alternas y un fuego trémulo manglar de las atmósferas.

Un cuervo se desvanece en el eco calcáreo en que me
despliego. No me injerto en esta hemorragia linde de la sangre
ni mis ansiedades se agrupan por la extendida longitud de las aves.

El silencio enerva con avidez una violencia de concavidades y de bencinas que
he escarbado, esquivo, en la evasión eléctrica.

La playa reventada de brisa procura no traicionarme. Ni a
mí ni al aliento de la cruz que, espoleado e ingrávido, ama los
muelles de la aurora.

Curiosos ayudan que el pan vertebrado imprima en esquinas la metralla
y el alma de los fusiles.

La herida, el pus de los barrios. El toxicómano destiñe el cerumen
de los charcos y cualquier himen es un tornasol
iracundo de los sótanos.

Los neones parpadean en las articulaciones del zodíaco y
sonrosan pálidos, helicoidales éxtasis.

De cada transeúnte hiere el espejo hasta desesperar, ya amarilleando, las
cavernas.

Y el usurero grita el ángulo, que aspira poco a poco a
devorar, elipse a elipse, en la lenta y delicada ubre.

Los trajes del enterrador deslizan sus bacterias de alcohol. El
sexo los libera y se fugan cloqueando.

Una línea niña como la botánica del oxígeno se deshace
de la primera estalactita y es antecedida por los corpiños.

La sal expira y tose contra la matriz y la gula, concibe en el
termómetro de los castos sentidos donde los obreros cultivan alquitrán.

Y unos rascacielos pálidos, como cascabeles que reclamasen cálices de
oro, embisten contra las faldas. Se recogen después y, en los
colegios, atacan el muro y las torres que salivan la cerradura
trenzada por alguna época secreta.

Sobre las escombreras, entre la nutritiva fábula de los escorpiones, han
abandonado un sepulcro cerúleo y pretérito. Contiene, además de polvo,
la brújula ácida de las jerarquías.

Al primer beso, obscurece los bordes en postrera adversidad
y vigila como la sierpe ante un aguijón de óptima temperatura.
Los metales tajan las arterias de la escombrera con la distancia de
su extrañamiento. Y los besos, eyectando su impúdica miel,
van tras la enaltecida calima, afilando los plurales candelabros.

                                      7-julio-2015

lunes, 6 de julio de 2015

Había un resplandor impuro que era como inquietarse de súbito
                                                                           [en un ático en el aire,
un ático amurallado por décadas iguales a umbrosos semicírculos de
                                                                                                                 [babas,
azulando sus manos, como si pudieran rehacer el silencio para
                                                                            [liquidar su ardor,
recluyéndose e iluminándose per se sobre las hojalatas de tedio,
amodorradas como sarcófagos y disolutas en su desolada tregua.

El ático tenía hechuras de laicos que habían atenuado su color y,
                                                            [al no oficiar ya pederastia alguna,
tan sólo habían solapado una fe, de irónico desenfreno,
por lo que quien calmaba las pasiones en el ático, enjuto y soplando su
                                                                                                          [melancolía
no aromaba igual que aquel que transpira y se abandona más allá de lo
                                                                                                                  [normal.
Precedía a los escombros de su éxtasis en las exiguas cenizas y formaba
                                                                                                   [extravío con ellas,
extravío del ebrio de simbiosis de su sexo, su eje, liberase lo que
                                                                                          [liberase,
extravío de los abominables yunques por los que se aliviaba a través de la
                                                                                    [sensual violencia burguesa,
al habitar en sordina, cual mugre atraída por el rencor de un desprecio
                                                                                         [obscuro de conciencia,
desprecio que le narcotizaba, con paterna poética,
el contenido de la urna en la que él deseaba ostentar el poder,
una urna que, cuando declinase, devastaría el ático y humillaría a
                                                                                      [las vísceras abstractas,
como en una luz de apego injusto, la condición de una esperanza,
                                                                                       [en más o en menos,
desheredada de todo objeto, de todo vicio o adicción, e inmune a todos.

Le sepultó la astucia el trasfondo lascivo. La autoridad con que él era
                                                                                                              [intuído
iba mucho más allá de lo carnal. Así averiguó que su
                                                                        [morbo velaba
sólo hasta cierta morosidad, no cándida, si entre su verga
                                                                              [voluptuosa
y los esfínteres pueriles de las orillas taraceasen los imberbes
                                                                   [desbaratados para ser tórridos,
el ovillo y la hipodermia en los estucos de los dialectos
entre los que los litorales percutían fervorosos cuando
                                                                    [gritaban la falta de cardos.

Qué consumaba mi corrupción que él no hubiera traicionado
                                                                                              [todavía,
y sobreviviese en su orgasmo para ser soldado mientras sus
                                                                    [desmayos se extendían,
como si faltos de lubricidad sus garages genéticos hubiesen
                                                                                               [ardido
por un mito purulento, una vieja e inerme trapera
                                                                               [hambruna,
la más ansiada sierpe, que su encalado calvario revolviese, al que
                                                                                           [él madurara
polvo y agonía sobre lo amarillento de su tugurio y periferia.

Un centro que desordenase a lo que era superfluo y sus jirones,
de igual manera que la vagina atleta del rostro bárbaro, en
                                                                                       [las pupilas,
espolvorea todo el incienso de la araña,
igual que el último abdomen del alma rasgada
enmohece los simples élitros de la danza cuando se encastra su fosa,
igual que un astro o un testigo vomita sus exiguas
                                                                      [abyecciones.

                                       6-julio-2015          

viernes, 3 de julio de 2015

Vientos de hambre rica en urgencia,
cumbres avaras mal ocultas para clausurarlas,
todo lo que no invade el hallazgo eficaz,

tierras siniestras en abismos obscuros,
el violento mecanismo de los asesinatos arbitrarios,
el diálogo desafiante,
amnióticos cartílagos de esqueletos, vestimentas tajadas donde

encierran a los de espejo polvoriento y cama febril.
Imaginemos el anciano de niebla que enquista
esperma en la valva de la horca,
a los racimos de origen o las vísceras del augur

varados e intrusos de liturgia.
Esa arteria empecinada, pestilente
en las alquerías nigromantes
donde en ocasiones, a la hora del té, cantan el polígamo o el loco.

In situ sucede el parto de la perra,
los párrafos difícilmente ingeribles que narcotizan metástasis,
imaginemos las urdimbres que lamen y fluyen
sobre el colmenar y las abundantes, necesarias poéticas larvarias,

a lo inamovible ( confuso además de tedioso ), lo
dos veces en llamas, lo claramente burdo,
muslos de palabra blanca y ulular sádico,
el aleluya de los jueves y el trapecio del prostíbulo,

los cerezos desollados transidos por el nunca,
imaginémoslo todo extinguirse
al galope de la vieja trampa y el nuevo tragaluz.

                                       3-julio-2015

jueves, 2 de julio de 2015

Con el parpadear de los dogmas semeja
que venciese una dialéctica, sus leyes broncíneas,
y lo que este ecléctico cuerpo ha atisbado:
el alma de la fuga. Las edades del reloj
sesgan la corriente de los muertos,
hacen camino entre cuervos
y lodos extraños, coleópteros arcanos y laxos.
¿A quién persigues, armazón infatuo, en el foso
de ansias hurañas, revestidas de quitina
cual aguijones curvados en las maxilas recias
de mi cuerpo espectral? Precisan su causa
una suma de registros, de cierzos extáticos,
trajes rancios aludidos por la piedra del viaje:
un tránsito obscuro apunta sus hembras a la guadaña
comba de su tierra inflamada.

                                                      El afán,
disputado sobre los cartones a hurtadillas
de viejas máscaras, persigue la praxis sobre
un rugiente magma de esperanto, con banderas a la espalda
se convence profeta incansable que limpia en las prótesis
agravantes egocéntricos, iguales corrosión y barbitúricos.
El trepidar de lo inquisitorialmente cínica que es la mentira,
los sistemas absurdos y la sentencia extrema: esto
es el paraíso blanco, forja y égloga,
agua verbal; el negro, disidente, cloaca,
el sudre del agua y matadero en la fetidez
nunca juglar para las esencias secretas.

La pedriza nos reclama a la estela del mar,
nos infunde su historia, se modelan paredes de anhelo
en las raíces que lloran. Con trayectos exhaustos
nivelan el vértigo los áticos en los ligamentos del polvo.
Eclípsate en orgías de hambre: es un cuerpo prestado
que ruge con la tierna juntura de ebrias cordilleras:
los espantos de unos apagados postigos, las gravedades ausentes
de escapatorias atómicas, cabelleras congénitas y lujuria,
los estuches de la paz y los acosos, futuros lobos
y la mancillada ley de un tablero,
las criaturas de urgencia, el cuadrilátero de la batalla
y la pesada fiebre, amargos héroes,
los fulminantes venenos y las exactas cenizas.
Así, adolescencia de las ruinas, divorcio de la ira,
y que la danza se empalague de un breve concierto:
ardides del ayer.

Aunque este desencanto ha validado la estirpe
de místicos locos revés de los rincones
de las navajas para legiones despóticas, revés
a las masas temibles de ollas anárquicas,
revés a los vahos dentados de la alquimia.
Y los vinos galopan a pesar de la música
de los candiles; percutores invasivos en la aritmética
del epígono humilde, hacia un trapecio más docto,
discretos injertan la babel añeja
y rozan la paradoja, el escalofrío de la iconoclastia...

Erógena es la cumbre, es la ley en su género,
y las lanzaderas de represalias se despeñan sumisas y dóciles
en la intemperie abisal del origen. Se presiente
un pesar necrosado del parásito desdeñoso
que cobija harapos, orquesta aquelarres
al esperma arúspice, atrapa pertinaz los grumos
que detonaron el destino, despoja las urdimbres
con éxtasis. Ligazón de los ecos
que desandan los presuntos compases pródigos:
iluminadora osadía.

La urna de quimeras zahorí, báculo
del néctar del cuerpo, el acreditar indecible
con que en silencio anegas al sueño, inflamado
por los poderes invasores, las vértebras
inanes bajo el árbol de urgencias irresueltas.
Sierpes que precintan los oídos de los talismanes:
secreciones en la mortaja última.

                                      2-julio-2015

miércoles, 1 de julio de 2015

Donde rumian las vigilias de los insectos y
una advertencia de vuelo disfraza y vence
la ceniza del dolor devorado, incluso ahí,
el instante en que las sepulturas disecan el tiempo,
una sombra que se adensa y la grieta
que se retuerce en un eje de laxitud

con el embozo de horas híspidas, las bocas suplicantes
fluyen sin apremio, parpadean a pesar del solsticio:
mientras las brújulas lubrican las escamas de la herida
ellas se yerguen a los hilos del meandro.

Y en una veta de pus puede filtrarse, incógnito
bajo el subsuelo de su colear en efluvios,
un viento acerbo, una esclavitud sigilosa
en los laberintos del prodigio inconmovible

cuando plenitudes tórpidas y tirantes
funden la vertical ciclópea y viril,
tras haber hinchado y desflecado en la malla
el rayo de los siglos, prensado
y anudado cual crisálida extraña,
del carbunclo huérfano que bulle
con el tahur sudario de la llama.

El arrabal odre desde la entraña mancilla
el fermento solo, ignorado y enemigo.
La célula se ha protegido de la pedrería
de los alcóholes embusteros, vencida ella,
vaciada y diáfana, sin mejor arco
que el matiz acíbar de los reflejos.

Niño y portento, brote de helada
 en el pórtico de la elipse:
usufructo a las orbes de sueño. Atrevidos
sus párpados navegan la lepra más dura
aunque dudan, retocados por zigzags matemáticos,
para trazar en garras de incontinencia y odio
el esguince impotente de las arterias albinas.

Con sus tenazas los ocres alertan espinos,
mienten, sus termómetros ocluyen
en el jamás los meteoros;

en fiebres reservan sus redes
contra la rutina de la fuente en ascuas.
Un caos de escombros. Galerías últimas la protegen
tensionada a las orillas votivas y el irradiar de la caterva.
Un goteo inasequible: el estadio réprobo
de la extinción.

Al pastor incluyeron pero se negó.
Impertérrito para la fatiga iluminaba sus manos,
prudente de no rasgar las paredes anónimas,
humilde engendrando el nácar de los morteros.

Un hito entre las antorchas el pie terco
que saliva la llama. Se exterminarán
los verdugos delatores, sus vísceras;
incluso los tenues aromas del metal finalizarán
sobre el vórtice. A nadie encerrarán
mas que a las cortezas de la raíz del tránsito aunque
despellejen el iris del origen. De sus inciensos
se elevará la simiente párvula aunque los enhebren
a la armonía del azar.

                                                 1-julio-2015