martes, 30 de junio de 2015

Proveedme un zócalo de enebros naufragado en el nunca más lejano
     de la nada,
naufragado contra los resquicios del anhelo,
ahí donde la codicia es estandarte y férvida con el genital de una
     libertad profética,
ahí donde se buscan los lastres sin hallar jamás memoria
     bajo su premonición,
donde se busca cuando el mármol evade con sus repudios secretos,
en estigmas extensos, el peligro ebrio
y las cláusulas merecen la crueldad de un clima sofocante,
y hasta la pólvora rotunda de los latidos es un salmo en el polvo.
Proveedme un zócalo de enebros que ilusione mis residuos,
un zócalo quebrado con la sed de la distancia,
no estas hojas obstinadas de nervaduras,
no estas frondas de trance que destruyen como la venganza violenta
en los vértices de un arrebato vivo,
donde los escudos son malecones ruinosos que no fijan los corales.
Proveedme un zócalo que fermente en mis vísceras
como sedimentos de tiempo en una malla sin luz.
Proveedme sólo un zócalo...
Puesto que mi noche renunció a una cama y yo debo despertar
     sus aleyas.
Y mi extravío vagará entonces como una linde entre brumas
que capitula en la mugre y ninguna pared le hará abolir
     sus pasos.
Una linde de taciturnos bordes edulcorados
que únicamente osará la visionaria agresión de los nudos que la
     enviscan,
sin que su ciénaga salpique en las grietas de los odios
que duermen indefensos tras la piel,
ni en sus manos se abra el bruñido puñal de los baluartes
que devora con el barro hostil de su agonía.
Una linde donde se expanden los límites cruelmente para
      arrancarle geografías
y sólo la arena huye por los caudales avaros
y los desiertos que responderán al fraude de los relámpagos frustrados
     como un veredicto precario.

                                         30-junio-2015

lunes, 29 de junio de 2015

Si todavía el silencio habla en mi cuerpo
y tiemblan vientres auscultándome
¿para qué, tierra, calmas el negro beso de tus
     yunques?
¿Para qué en la árida línea besas fría el muro de los
     almuerzos?
Susurra todavía, susurra,
que la bestia me atrapa en su calle de inmundicia
y un perro obsceno
escribe la obscuridad inversa donde la lluvia
implora la tortura enroscada del gusano,
y los clavos, y la cruz, y la noche escupen
sin atravesar jamás su eco infinito y afilado.

Con el rostro en equilibrio,
sobre la ola dentada que extiende el perlado talón de tu mirada,
ahogo tus sogas en la herrumbre,
delictivo vino no nacido,
nebuloso barro de labios resecos por los rencores.
El arrabal humilde desaparece tras tu aleteo
y las cárceles embriagadas cicatrizan tu filtro de lumínica
     acidez
que provoca hurgar al sueño como grimosa mosca
y eyacula las heridas en agrias carroñas.
Tu espectral esputo, boca única de tinta,
lame el gesto nácar, doble y náusea
que a los torcidos estigmas refleja
el lento infierno de cráneos.
Los imbéciles, como absurdos excrementos de sed
sellan los sepulcros helicoidales de los locos,
que se nutren en cuchillos como quebradas raíces fieles
sobre anos restaurados de éxtasis
y el púrpura y el trono sumergen su pus
en el íntimo núcleo del espectro destruído
ante el hepatoma que crispa vertical con sus nudos
     aullando
los rizomas ventrales.
Escribe la sierpe tu joroba de cilicio,
tu invertido cilicio hambriento golpea turbio
y tus máscaras de cilicio
tumban a los charcos pies de la estrella,
como a amarillo árbol, su rizado hambre liquen.
Los perennes suplicios de niños,
con la verdad aristeía en alambres de azules,
densos de voz, anulan la nieve reflectados en su estigma de
     sinsentido
sobrevolando riesgos que pretenden al ojo,
y su habla balbucea tu germen,
humo exacto de uñas entre orillas,
genios que ostentan la orina con el precio controlado de sus
     abalorios.
Intercambio tu fresco fondo,
y la furia que arredra su electo Pantocrator sumiso borrando mis
     márgenes
me dora un absurdo extraño y enfermo de terror.
Lloran los roedores con tus laureles, y tu vívida hiel,
estúpida y ridícula, empuja sus espaldas malditas
y rebaños de ajenjo se enfrentan al sapo
cual caballos golpeados en la apóstata estela de una
     madre feroz.
La anular águila descuartizada,
sobre libérrimos sexos significa su rostro
al cansancio de la gracia final que se adelanta como verdugo de
     borrados brotes
que caminan, con el prensil espasmo de su vibrato,
por barracones de narcisa cópula
y entre hilos sacros donde se embridan Venus como
     indígenas de metales anversos,
a la tierra, que bajo la quincalla seca de sus nombres
remueve en votiva gruta
la violenta hazaña caníbal.

                                      29-junio-2015

viernes, 26 de junio de 2015

Te he añorado en la silueta escorpión del impluvio,
callar en el rapto del alfabeto paciente
por el agresor eczema de la boca.
Callar súbitamente como la esclerosis que redacta sus ímpetus
     dilatados
y chorrea entre las órficas hélices del sexo,
sobre oteros de coartada y matarifes incontinentes,
miniaturas absurdas entre un alcohol somnífero de llaves
y estatuas tartamudas donde la casa retornaba su apocalipsis de plomo
y divanes contemplativos son como discípulos serpenteando hacia
     las lápidas iletradas de las alquerías.
Entre los códigos de las armas que los atroces
     dedos
apean en las carnes de la bestia,
tras el ostracismo mirífico en las escafandras de la metástasis
hablabas conjurada
junto al fervor de la turbamulta en los almuerzos,
entre los mirlos de negro cobrizo y búdica de urgencia que
     representan la sutileza de los errores.
Por los croares en mente de batracios y semejantes
donde el pelo untuoso escupe moscas tarugas
y las togas se elevan con la potencia silenciosa de los excesos
y los birretes galopan en risibles licencias azarosas
     cantabas traspuesta.
Con la fiebre oculta bajo el ocasional revés,
la tonta luna entre los dientes
y una nauseabunda psicosis de arte en la edad,
amenazabas miserable
por gramáticas sincopadas sobre las piedras,
por viceversas de abstracto donde la mística pulula sorda en
     las sobras
y los imposibles animan doblados en su rédito esquiroles de
     clásico atractivo.
Y tu grima aborrecía humos de trampas cristalinas
en monturas de éxtasis
y escapabas extraviada en la indiferencia de las huellas y la estela
junto al despojo que corrige al sonámbulo la dirección,
en las hilachas del tiempo que rasura, inexorable, el trance de las
     horas;
entre las fieras que desasean su deriva torpe en los
     vigías
mitigando, como el páramo de un latón herrumbroso,
el chillido impropio del lujo.
Permanecías en la pena infestando tu placer
y era blasfemo adeudarte con perdigueros desahucios templados de
     pavores legañosos,
con costillares inescrutables, entre lúgubres insectos de pellejo brujo,
entre mieles tóxicas como clavos de lepra.
Sepultada en tu botella urgías funámbula
zaherir abierta en el falo de las sombras y los dolores
y estallar en mi parálisis.
En los faroles destellantes de la claustrofobia
el signo extrema su labor alambrado por ásperas
     voces de las ventanas
y el sudor ligero de las redes
remolonea absurdo sobre los zigzags y los barroquismos de las
     abejas.
El rumbo dora sobre la sangre sus mástiles inescrutados
y en las titubeantes urnas de fatigas y medianoche
escalona entre la egregia ciudad de los barbechos
la ceniza anticuada de los murmullos.
Escucha dócil el drogadicto sobre las cúpulas feroces de las alucinaciones
y en el catafalco de los depredadores un león mata junto a la
     máscara travestida.
Bajo los centímetros de la nieve molesta
el amputado lisongea con milagros metafísicos
y el augur que transita un soborno al azar
halla en la jerarquía de las aceras, allí donde
una vez moraron los erizos,
las vísceras herméticas de los espejos.

Soy la brizna de otros rastrojos,
la luz que se deslinda de la aureola tumorosa del sentido,
la tregua de aquellos caudales en la cuchara,
esa víctima que proporciona hollín en el infarto de los cerezos,
la hoja de los ojos desatando la médula de la espina y el
     alambre,
el inseguro genital como un moho canónico entre los panes
     bellos del viaje,
el flujo que se interrumpe ante los muros.
En mis hímenes de fugitivo se calcina el púrpura como el
     saludo a las puertas de los verdugos
y el infierno marca su esfínter fenicio bajo mi iceberg
     salobre.
Soy el puño aviar que traduce de los subsuelos
la forma del odio repelido por el vuelo de los
     murciélagos
cuando las guillotinas apagan el cuello de los epitafios.
Soy la matriz borrada tras la celda,
el crepitar de las tintas milenarias precediendo con sus huellas
     la metralla de las frustraciones,
el tuétano del exilio causante del recelo...

Era el momento en que la incontinencia deshiela maletas sobre las
     camas
y los moribundos cargan un atuendo falso para las bandejas del
     averno.
En el confinamiento germina el silbo manco de los
     relojes,
la lobreguez chirría impenitente
y los huesos, concedido el seísmo a las fisuras,
se hacinan con los dioses sobre barcos a la deriva.
Como al nonato que estrangula el cordón umbilical
el hombre acomoda la elipse burda de sus sendas.

                                  26-junio-2015

jueves, 25 de junio de 2015

Tras el estío era el hórreo como de siesta
y el viento en nuestros hígados escalofríos que cuajaban
de las cercanas patrias del verano
un temor de saltamontes e incendios.
De un solo matiz se inflamaba entonces al recuerdo entrometido
como un niño, desafiante con manos y amapolas,
que, bajo una colcha que la pupila pervierte,
prendiera en las zarzas el aromático ayer de la tierra
a la vez que contra las piedras el abuelo descansa de niebla
     los pulmones.
Enredaba en las bodegas un ligero hedor de pasados siglos,
de disparos ocultos rompiendo en la saliva
y un nido cargaba metal para la araña
aletargada por el mordisco de las espirales.
Digo el consuelo agrio de la sed
y mi boca paseando en su rumor,
y las polillas que ahondaban, implacables, mis voces y mis presagios.
Había una herrumbre en que la noche suspendía de péndulos sus lobos,
y en las cerraduras oráculos con entreabierto desdén
y el caudal de los truenos,
y los licores visitados por el haz de los sepulcros,
y los laberintos de lucidez en su horma de cera tutelar.
El camino unía con su cuarzo macizo,
con sus células expiando de perennes aullidos,
los dioses adversos del colmenar,
y las vigas, torvas, flanqueaban sus venenos
como la sierpe que pierde su piel en los retornos.
Y el espejo amainaba la fiebre fletando su beso en la
     sangre,
y una catarata pura descendía con el afecto de las llanuras por
     los verbos,
y el clandestino adagio de los rebeldes sonreía entre los muros.
Contadme cuál es aquella vitrola con el enigma sembrado de
     huesos
y el repugnante gusano amarillo de las raíces rumiando en mis
     párpados,
y alrededor de mi origen, llamas con el esperma teñido en su
     rostro
y Orión profanado por el bravo reloj,
y Venus sobre la acuchillada costra ancestral de los ciervos.
Aquella encrucijada sin direcciones, hincada,
donde dibujaban milenios las culebras
cuando el mar segaba cada uno de los palmos sordos de la costa.
Y las islas broncíneas, en un silbo de teas,
y las hembras iluminando desde su pecho de
     grutas
los cenicientos abismos de los combates en solsticios salvajes.
Crepitaba en los bosques. Ahora, tristes, acarician insatisfechas
     siluetas,
cabezas que ásperas enrojecen,
como matices expuestos a una elíptica de sol.
Y como el esclavo, jamás exento,
pronuncia los nombres de la penuria ante su turbia espada
acompañando su voz hacia los ríos,
así por ti me entrego,
vertiendo en mi grito tu grito,
tu sombra en mi soledad
y tus abiertas arterias, fenicio zagal,
irrumpiendo como un hondo cielo
en el hontanar blindado del trayecto.
     
                              25-junio-2015

miércoles, 24 de junio de 2015

¿Eso?, no, la sinrazón es como una trampa.
Una trampa donde en mala hora caemos desvirtuados.
Una trampa isósceles
que espesa se adhiere cuando debieramos enunciarnos a sus comunes
     calvicies,
a sus acordes bastardos
y a la flecha vinculante y crítica de sus ecos.
Cuando las manos todavía perdidas
anhelan haber corporizado el buche de la extrema altivez de la
     trampa
y un verbo de serenidad se entusiasma en las membranas,
en las membranas que de pronto desparejas
se abigarrarán como la engorrosa nitidez de una cópula,
pues es únicamente el arroyo quien debe vertebrarnos,
únicamente el arroyo con su diapasón nítido,
únicamente el arroyo es tránsito...
Pero la sinrazón,
¿eso?, no, la sinrazón es como una trampa.

Yo acudo dentro de las cuevas que trenzan mi hilo,
dentro de resquicios de nadie,
dentro de transparencias y concavidades y rieles que graben de orden a
     mi tacto,
y en ocasiones me prolongo
y en las moléculas salobres que amalgaman cualquier detalle
clausuro con los pies mis huellas.
Y cuando es condición me historiografío en la ínsula vasta de las palabras
y maquinalmente exudo
pudiendo rumiar el punk hastío de las flautas,
y el fémur fálico de mi énfasis
se malogra en los artificios solitarios que adorando a los
     viejos picahielos
son iguales que caldos nauseabundos
y mi colon se traba en la retórica de sus claroscuras apoteosis
     cuando deliran los locos.

En ocasiones conversan inquietudes en mis hilos.
Doncellas y putas que se entremezclan,
que irritan exhibiendo sus llaves
u hostigando la ruleta arrobada de sus vicios
donde profundas mortajas babean su oro.
Conversan, y yo he chorreado el violento barro de un ángel
que besaba con pasión mis heces.
Era el ansia.
Y odié las inquietudes que corrían,
las inquietudes que corrían rosadas con sus entrepiernas mágicas.
Odié la soberbia verde de las libélulas,
el beso frecuente de algún verbo fácil,
unas alas que se alcanzan y se distancian como ciegos
     hermosos,
el tierno peligro en los malos poemas,
y odié tambien las inquietudes que se creían banales.
Proclamé sobre mi cuerpo la culpa despreciable e inmunda de un
     verdugo.
Era la paz.
Y apiñé inocencia de su tierra, piedra tras piedra, hasta nombrar
     libre
los engranajes de la trampa.
Y silencié al necrótico gusano de las alucinaciones en el cerebro,
los juncos ignominiosos del estómago,
la turbia herrumbre de las glándulas
y el obscuro látigo abrasivo de los espejos insensibles.

¿Eso?, no, la sinrazón es como una trampa,
una trampa donde en los ojos danzan las pluviómetras balas
     invisibles,
constelados murciélagos que quiebran como seísmos entre
     los dientes
y existen raíces en que la trampa anochece cualquier regreso
y se burla y ríe como el vestigio bucal de las
     polillas
y es horrible golpear entonces a los vasos del desierto,
a las montañas de estiércol,
para tachar junto a los orificios donde profundizaríamos
     póstumos,
los orificios con la vida en tantas ocasiones saqueada,
los orificios que en sus órganos preservan nuestra memoria.

                                      24-junio-2015

lunes, 22 de junio de 2015

He balbuceado quien.
Bajo la enloquecida tierra que inmoviliza sus variables en la
     mística,
cuando mi metafísica era una acción de piel en un golpe de
     poder,
he balbuceado, deseo, entre los venenos.
Y he creído, igual a inocentes que arrastraran las cadenas de alguna
     cárcel nonata,
no pudiendo fragmentar por su fe el puro abismo de las
     cuevas
y el proceso torrencial de la subsistencia
coronado de puras asimetrías y estratos desiertos
que cuelgan, en sexos de pan, del alero de la psicosis;
una cárcel con insomnios de cobre y zinc
que se desnudan al disponer la preñez estentórea de la noche,
copulando la carne desafiante de las profecías.
He creído, como agua enfebreciendo de euforia los muros y las
     palabras,
una embriaguez senil en el olor cerrado de los cadáveres,
un fuego panegírico
donde osmosis y energía son sustancias que fluyen sobre el pulso
     tedioso del hambre
y el fingido signo del polvo
completa el superfluo idioma de los silencios,
mientras el miedo constriñe de pasadizos ocultos las formas
     extrañas.
He creído las gargantas que degluten hurtando mutuamente,
el ansia del que odia entre excesos
la verdad que lastre, audaz, ciertas conexiones
y en la dentellada del monstruo he creído el aire que oculta
     los ángeles salvajes.
Se sucedían los oráculos que se dirigen a la luz en las
     lindes de los límites,
los que oran a los iconos refinados en la irracionalidad,
los que prohiben sus glándulas de adecuadas fracturas criminales
y los que aman una sola llama muda
como figura de analfabeto rubor, como ruina exaltada en
     lo obscuro.
Traduje los detalles de las ciudades
metódicamente próximos en los suburbios que el coito
     transporta
y las caricias de los esquizofrénicos
susurrando como orgasmo en los espasmos atemporales del trance.
Y la nada de los segundos aleatorios en la alarma de los
     gritos,
cuando se han deambulado cumbres y nostalgias
y aquel proscenio foro artificial descrito en la borra de
     alguna estatua.
Fatigaban como piezas de mosaicos en las montañas las partes de la
     náusea
y hedían incondicionalmente los que creyendo que no
     hay más ácidos
aparecen solicitando todavía por unas huellas que los unan.
Las alucinaciones eran como teorías sobre la piedra,
como teorías cuestionándose entre las alas de su velamen,
donde la lógica cesa entre los insectos
y es larga como una paradoja que alcanzara sus sequías en
     el relámpago inmaculado de las llagas.
Y lloraban confiados los que desvelan una necrosis en sus cabellos,
los que portan pliegues grimosos en los arroyos de
     un destino colectivo,
y éste que en una bitácora de invierno,
cuando las mareas únicas se inyectaban condicionadas al cristal de los
     sedimentos,
eligió incorporar sus utópicas trampas latentes en las cosas,
de igual manera que una crisálida impura bajo la hoja de una guillotina,
y amputó impúdico su ser mismo.
Nombraron ante mi espejo la condición que constituye la soledad donde
     penetra una máscara infecciosa
y observé los guantes en el espanto del que adquiere hasta la limosna de
     un contrario sobre su semen
y mis pulmones se colapsaron en el légamo ante la rigidez exhibida
     del vórtice.
Reclutaron a los restantes
como consorcios cancerígenos que seccionaran atonías en la
     asfixia,
y quienes llegan de colocarse en los barracones
y aquellos que tensan la soga o las arterias,
trepando ya por su médula cierta espiral,
sabiendo que lápidas y urnas ocupan ahora su lugar.

Rajé sanguijuelas y sierpes que me impregnaban la sangre.
Invertí mi reloj para no sentir,
y todas las fronteras fueron por última vez mi frontera.

                                    22/23-junio-2015

viernes, 19 de junio de 2015

Aunque el desierto se oculte en vano, las moscas regresan al cansancio;
yo sostengo el peso de besar los caprichos de mis horrores.
Ahora digo sus muchas danzas fieras, nombro las guadañas
contra todo lo expiado, lo trágico, lo estéril, lo extraño, lo orondo.
Sus residuos son ahora mi abismo, sus deposiciones se suponen
en fibras de mi reproche, diluvian para restringirme
ante los demonios que ahora obedezco y manejan mi aquelarre.
En cierta manera, los antiguos crímenes, izan mi crimen.
Le abro a esos demonios mis ojos. Les enloquezco el sexo;
aún cuando esos trenes raudos jamás batieron mi éxtasis.
¿Qué sobrevuela esta fatua que respira en mí que, tunelicia, inquiere
abrir el bastón, y beber el veneno?
¿A quién tengo que peinar sus heraldos de silabeos cristaloides?
¿Por qué tengo que contestar a estos puercos deleites repicados de tabús?
Esas titubeantes butacas amputadas o necróticas,
cuya náusea me daña el habla y ahoga las manos,
¿por qué tendría yo que derrotarme ante esta demencia anormal?
¿Por qué no malgastarles la fiebre del Espacio y acercarlas a la nada?
Nadie, de todos mis hijos, me limpió tan bien la mandíbula
                                           [como esta frontera de enemigos.
Ninguna de mis cariadas drogadictas me copuló nunca con tanta desgana.
¿Acaso fuí yo quien lamió la verga al portador de la corona de espinas?

                                                  19-junio-2015

jueves, 18 de junio de 2015

Si mi bosque desvela un aroma de zarzas
absorbe otra vez el aire cuajado. Si la no tensión
     estanque de mi silencio
late con un volcán, fluyan dentro las piedras.
Antes saboree el cuerpo de las lluvias mi barro
que sepulte el recodo violento en la finitud cruel.

Toda gota de sangre se trenza a tu celo de perros de sal:
coronaré viñas de ansiedad con salvajes en espina,
desgarra, quema, ahuyenta sobre puentes y la posible fiebre
antes de que yo turbe a la isla con un astro, esqueleto,
estrella la palabra y maldice la diana ferrosa.

Si mi robusta y bárbara ofrenda es visceral
resquebrájame, continuaré en la batalla de la tierra. Mi nieve aúlla
cuando orinas la honda huella. La cueva es contienda de origen,
deslízate, si mi placer es lejano, razón de rayo o espasmo
un éxtasis caleidoscopio y sin mapa que escalone los ocres ojos marinos.

Nunca. Nunca por la cancerosa dentadura de cirios,
o un azulado tajo entre escabrosas estatuas y víctimas
ensancharía mi rabia, o tu vientre de colmenar.
Debes fundamentarte en postrimeros picos, pues no existen direcciones.
Ni cuando se apiada el sediento estiércol siringa del sexo de
     las lágrimas.

Hoy para crecer opulentos en mosaicos y mi cicuta como pozo,
para la mortaja y el excremento, para el esclavo ya jamás espejismo,
mi brío devorado, engullido desde un desnudo luto;
altar que engruda esta ceniza desde la orilla del misterio
hoz y subsuelo le pertenecen, en alguna parte tienes que hozar o reir.

Aprópiate más de lo que debieras de la carroña perpetuada por la oración,
en la danza surtida con buitres. No golpees
a través de los ventanucos de cabelleras y holocaustos, ni a los híbridos
     líquenes del yunque.
La horca y mi humillado semen dispuestos esperan a tu miserable
     helada,
y el cónclave de rebaños y vulvas dictan un nuevo adiós.

                                  18-julio-2015

miércoles, 17 de junio de 2015

Jamás y nunca, mi raíz huyendo por cimas y por noches,
en nieves de respuestas de interior, preguntando helada,
revelando y alabando que el muro con letra de libertad
dulcificando, sanando, tibio y sencillo, atacaría
dentro de los años, tras los rascacielos, en la alcoba del terror,
para ocultar tu tumba en la espiral de la ansiedad.

Reposa, grafía, a la manera de un presagio, honda y serena,
                                                                            [ utópica y secreta,
de la orilla y el meandro, y del suicidio,
de cadenas cegadas: el monasterio de pintadas o de grupas no
se sostendrá como laberinto de nuestra iniciación,
                                                                           [ o de la huella de eremitas,
                                           y el ejercito del pueblo
que ascienda tu savia de mármol, por ti, muy puro,
en un horizonte de mordazas y techos, montañas y palacios.

Todavía la pena da frutos en esta llamarada de mimbres,
y extraviado y desafecto entre piedras, mi cuerpo se ensancha,
de vapores y humo de tejos eres absuelta por la sed,
y la sién del enigma narcótico, y la cueva del prodigio.
                                             Duerme líquida, traslúcida,
manarás lasciva y despreocupada, de los excrementos,
                                                                         [ de la corona infame,
mientras no te arrastren la obscuridad y la niebla.

                                   17-junio-2015
Orugas me vienen a las lágrimas
enguantadas de gélidos réditos
y algún que otro veneno
cuando el día
tan parecido al hambre
pierde la razón de su estirpe
en las manos y en las antologías,
en la salobre sintaxis del deseo.

Ha desaparecido la gravedad en las uñas,
el adobe agrieta los labios,
la explotación me recorre después de la almohada
y un torrencial viento de sienes
escupe en mis arterias un metálico sopor,
la terrible impronta de no volver a montar
los queridos caballos que tan humanamente me nombran.

Por muy enajenado que sea el adiós
más lo es la falsedad de las posesiones
y esta noche triste engastada en las encías
cuando ya no me buscas entre las rocas
ahora que mi espiral
oculta una catástrofe sellada
y entra y sale de los pórticos
arrastrando la espuma sanguinolenta
de las mordeduras mendigas y el arrogante peligro.

Fascíname preferiblemente abierta.
Que la contradanza de tu sexo aceitoso
ejercite sus amenazas
en el salitre de mis pulmones
y reviente el podrido eje,
la aguja y el grisú
de cada hora y de cada metamorfosis.

Quisiera mimetizarme en tus meses roncos,
navegar junto a la víbora de tu vientre,
saltar en la córnea trapecista
que la esdrújula de ese olor tan tuyo
habita en mis velocidades
suplantando los estrechos donde se ahoga el coraje,
y filtrar las mareas que nacen
en los meandros de tu pubis.

Pero no eres. En mi isla nada predica tu semilla.
Los relojes dan testimonio de una tiranía
en exceso decadente. El singular fuego
es un hereje para el perverso filo
que invade los números y el ritmo de mis vestigios.

Aún así saldré a estallar el fuselaje de tu lujuria.

                                    16-junio-2015

lunes, 15 de junio de 2015

                                              I

Así, en la miscelánea de la piel, acompasados
     por los fulgores de los relámpagos,
nos apropiábamos de las tapias de la fábula, contra
     los ojos infinitos,
y entre ángulo y ángulo nos inyectábamos
     incógnitas espinas,
como la alevosía con que viajamos obsesivamente
     a veces tras el vértigo.
Acostumbraba desordenar la tinta de tanta extravagancia,
     para no rehacer renglones sino solamente
la caverna,
pero los gestos manchaban
y pretendían contagiar como en una corriente deslavazada
de la que no quisieran desesperar, ni leer el vórtice jamás.
Así creí en la irrealidad de
     vencerme a la vigilia,
tan injustos asomaban la soberbia como
     el poder,
la corriente del vórtice me aturdía en todos los silencios
y la mísera irrealidad se enaltecía de grandes
     gestos.
La amplitud no era humilde, ni inocente el consuelo.
Apelaba yerto a mi ficción como a las
     más extremas necedades,
sin poblar nunca los callejones, y entonces sorprendí al monstruo.
Lo que pudiera ser propio del grito o de la magia,
como un adiós que intuímos sabemos que no carcome
simplemente porque lo alivia la mano solitaria,
la magia brota de los callejones como el suburbio de una víscera.
No como un comienzo, sino como un final, brotando
     de la ilusión.

                                              II

Yo soy el pebetero del portador de vaginas,
     el seminal
monstruo que aturde.
                                        Mi barro
os abrasa como la sed del tiempo. He
añadido un tóxico nauseabundo
en torno a las horas. Soy el que se exilia en
las ingles, el que os chupa, el que hiela
unas papilas blancas como muros con mi último
proyectil. Yo soy el espasmo, el que
excita glándulas entre hierros al rojo.

                                       15-junio-2015

viernes, 12 de junio de 2015

Ahora tan digna la ebriedad. La crin
comba del vigor al silencio.
En ocasiones asciendo su frío, me encorvo para herir
este hambre sin memoria. Así, compruebo que podría excavar
donde el pulmón de la abstinencia como un cadáver. A pesar de todo,
escupo a la ebriedad en lo obscuro. Por eso grito siempre
con el reloj silvestre que burlo habitualmente, jamás con el de agua.

Me ahogo cuando toco al pulmón como a una víbora lodosa
vaciada por las horas aún palpando estas vísceras
en contadas ocasiones. Una vez toqué dos pozos al ignorar la fiebre
y varias alucinaciones cotidianas sobre
las sortijas de la magnolia de nieve. Estos por qué se han aposentado en
     las líneas de la mano.
Por eso nunca es raíz la muerte. La ebriedad es un éxtasis
     todavía más turbio
del que brota el bóreas de las anémonas y de las lechuzas.

Al alba bailo en los dos pozos rivales y las varias
alucinaciones sobre las sortijas de la magnolia de nieve.
Asumo que estas deudas lustran sin cesar los jadeos de la
     abstinencia.
Permanezco elevado, siempre con los labios extáticos, armado con el
     reloj silvestre.
Está descubierta la claridad angular, la retórica de cada
     incoherencia.
Renuncio en la cama maloliente; en la pasión del mito,
                                                            [ donde se halla el origen,
la claridad incisiva señala directa, única, es pura la seminal noche.

                                            12-junio-2015

miércoles, 10 de junio de 2015

En la hora del sueño te arraiga el interior algo erecto
de los ejes etéreos, adensado por el horizonte, hasta el momento crucial de
     las verdades en que el himno debía penetrar a la tierra.
Primerizos barros bajo los que, trémulos, aguardan familiares restos,
siguen ahí para que obedezcas, extiendas las curvas,
puro las entregues al tiempo y a una ancianidad
con cuya patente irán después al origen.

Genuflexo, recóndito sin arremeter sobre la ladera desnuda
como si no fueses otro que tu mismo cenit, junto con el mármol
     perforado en lo alto de la cúpula
consideras el pequeño cuchillo delante tuya, sólo abres los agujeros
en su pulso lacrado de nombres inocentes;
puede que incluso le borres humildemente la arena a quien, con serenas
     ánforas, tamizó tus combates.
A cada palabra, ya entonces tan sólo los rebaños del solitario traían en el recio
     pulso, 
lo que, indolente, deseabas hollar con el aliento en las articulaciones de las
     inestables tinieblas.

En las escaleras auxiliares, alineado con su eufonía, un añil gorjeo de muslos,
     los lisos guijarros con su perfume sobre el légamo,
cada uno de los enigmáticos toques de sus silencios, sus entrañas, 
oprimen el timón con su propio juramento. Igual, puede que
     obturen tus ojos
cuando, como por el pétreo abismo, lames en el intenso presente
el rayo que determina las grietas, el vórtice tras el que
     la roca, exigua por el loco síndrome,
de las pisadas, de esa ancianidad,
te halla o no te halla.

Quieres el signo y la caverna, necesitas ascender de la impura tempestad
     de las herencias encarnadas por el linaje
a cualquier arteria dentro de la crisálida en la que aposta el mundo frías
     armas;
pero como cuando los guardianes de un auténtico sacrificio
brincan excitados sobre la casa de los himnos de una criatura no
     siempre infalible.
Lo necesitas y te desvelas. Te arrostra hacia el laberinto cada golpe en el que
     con estertor de escudos agoniza un cañón mudo.
En todo lugar generas tras el espasmo sosiego entre las oscuras ojeras
y las espaldas resbaladizas, ligas en ellas porciones de una piel de sierpe
     secular;
los muertos en el ahínco de la piedra indómita del hambre no por despojo
     bajo el fatigoso galope
suplantan erguidos con su tesón tan sólo la aureola del camino enemigo,
al grito de la mortaja que, lentamente, se consume.

                                        6/10-junio-2015 

lunes, 8 de junio de 2015

     Hacia un confín paciente y sin espinas ahora me pierdo.
Ahora me conducen antiguas naves
     con el polvo del destierro en los costados
y en la sangre el esquivo espejo.
     Camino las ruinas, con el pecho por ofrenda
y mi sombra eyecta de las vértebras de la caverna
     los últimos oropeles del esclavo.
Y junto a mí avanzan las huellas contra el abismo.
     Distingo uno a uno los objetos de angustia:
Noche en vela la abreviada espiga.
     Liturgia y pebetero el jamás del incienso.
Honda invocación el extraño sexo.
     Hacia donde en insólitos harapos huiré.
Las fronteras ardientes las confesionales espinas
     esculpidas en revoluciones y en rebeldías
proclaman: ¡ No dude el que grita !
     Toco el eco como llama de silencio.
Palabras encrucijadas con extravío entre los reversos
     los signos del préstamo tras los contrarios.
Y una laguna inerme, por el idioma de unas salinas vírgenes aterrada.
     Los confines de la mortaja.
En donde, lúcido, avanzaré.
     Las máscaras hipócritas y las penitencias caídas en
mapas y en patrias sin adolescencia
     proclaman: ¡ No dude el que grita !
Hacia un confín paciente y sin espinas ahora me pierdo.

                                         8-junio-2015
Anochecido insomnio sea la mano que trina,
los montes, el vigor que acude a la palabra,
los alisios celestes y de humor cadúceo,
la pétrea luz y el filodendro.

Odisea a sotavento entrar tu vientre,
las espumas, los juegos,
y que las moscas sin conciencia
vertebren la isla y la red,
las memorias y los inviernos
con el modesto sexo que la espada
y el viento profundo de las horas
coagulan en los brotes gemelos,
jinetes que preceden la llama
y de la ciudad son purpúrea quimera.

Incrustado consuelo astringente
duerme en las axilas, brilla
en una musgosa celda,
los susurros aturdidos
de futuros y utopías.

Mas yo no intimo con el molde extraviado
ni con las voces cercanas
que adoran la pertinaz caligrafía
por la tierra ambigua y llena de remordimiento.

Ni aún de las estatuas comprendo el crimen.
Ni la alucinación que los lepidópteros,
el incurable mástil de los besos,
o la sombría proa diáfana tras las caricias,
el mistral intruso
marca y despliega en los límites
y en las medidas meandro
que la voluntad sostiene y compone.

En el borde la pupila, un derroche de ruido,
ventanal que anhela el pecho joven
y la hierba fresca, una dorada espalda
consagrada por la lascivia,
hacen las confidencias un camino
y una edad que gusta a los regresos.

Aquí chapotean mis nombres,
para que nadie alce ligaduras
pies de la deuda y el privilegio,
como una raíz cuyo único destino
debe atravesar la clépsidra.

Y si nos enfrenta la esfera
dejaremos en las cuencas de la sangre
abrirse un reloj desnudo de movimiento
en quien nadie repudie su frugal clima.

                              8-junio-2015

viernes, 5 de junio de 2015

Sobre la llama
la razón no echa raíces,
la voz y la sed no mienten,
los puentes se dilatan
con los epitafios de una efímera distancia
que ya no vence ningún tacto.

                                                     El final abierto, la sangre
que paralizó del tiempo ligera merced
para las estatuas, el poniente siniestro
con ansia transcriben sus deseos primordiales
entre las cenizas, y, muy atrás, en el inicio,
donde la chispa de la memoria no alcanza,
el retorno se deshilacha
de un rumor anhelante, unas puertas cerradas,
una umbría que guarda los ojos
del fuerte solsticio.

                                 Sólo el flujo de la ventisca
construye la elipsis de las horas,
la arteria que retuerce la majestad
del hambre, mientras en otro origen
donde la púrpura húmeda de los arroyos, el líquen
y el guijarro se deslían,
la templanza del cuerpo ensordece, y por las quebradas,
con el barro que reviste el aliento de la muerte,
el mosto de la piedra interrumpe
los dientes del terror.

                                     No es azogue de majestad
ese ángulo de vacío, los ocasos
cruzan el óxido de un desván de espejos,
la corrosión se apoya en el éxtasis
de esta herejía ceñida de derrota y decadente,
triunfal asfixia.

                           Aunque entre la densidad de los reflejos,
clépsidra para los residuos
que volvieron estéril el cincel, los crepúsculos
se entallan, las ojivas se doblan,
y en la cerviz de las escaleras, en las paredes
que el hielo con denuedo cruje en las alas,
el suicidio se nombra como un caudal roído
de baba y de aroma.

                                    Por muchos años todavía la ruptura
se ejercitará, el compás
que proporciona el dolor, con el hilo de la bruma
y el enjambre de la noche,
será el irreprochable grito donde continuamente el huésped
abrevará.

                 Y esta ascésis de vacío, antologado letargo
para el menosprecio de las huellas,
con la impronta de la vigilia y el ajuar del aire
completará la estación que la blasfemia
finalmente, agriedad y extinción,
en la esfinge de los muertos anunciará.

                                        5-junio-2015

jueves, 4 de junio de 2015

Han ardido una piedra donde sólo había un puño
hondo, han inclinado una precisa sombra
donde el aire de un movimiento
estaba escrito, han concebido un reloj
donde unas arenas polícromas
guardaron su peso, una raíz cualquiera,
inercia y nada.

                          Lejanos al gesto del ansia,
poseídos de licores corrosivos
y adormideras seminales, en esta tierra la necedad
dicta sus números, se exilia
en mojadas sogas, estela de una empuñadura
de análoga insignia con la aniquilación.

                          Ahoga el ritmo del dolor, las bocas
se nutren de funámbulas herramientas
e himnos tentadores, sustentan ruinas para otro nervio
tóxico, donde concluye otro camino,
y, tapiada en su substancia, la simiente de la luz
nos amputa y nos tortura.
                       
                           Hay lapsos, cuando el éter
es una heráldica vaporosa
y una memoria invertebrada nos expía las culpas,
que marcamos las huellas hacia otras direcciones
donde las puertas no son costumbre necesaria, donde las paredes
rehusan perimetrar el aire
a las grietas que nos merodean.

                            Sólo un vertebral espasmo
circulará la red que nos eleva;
aunque renegando de la doblez sin fin
de las formas, se ausentará
del vórtice de asfixia, volverá a la superficie acentuada
en donde amaine el obscuro eco
que libere nuestra tempestad.

                              No operará el eje
otra vez su mecánica, la ceguera
fondeará la nómada llaga, la verdadera gravidez
indicio de los vestigios
de una canícula antigua,

                                            y, como un ahora exangüe
por la orilla augural de los laberintos
y los disléxicos vértices, entre una ramificación
de astillas en elipsis y abierta metralla,
cualquier oquedad será un matiz ácido, el arrabal
que nos cimenta tras el voraz germen
de un patrimonio mancillado.

                                             4-junio-2015

miércoles, 3 de junio de 2015

Tu silencio, y el goteo de horizontes
que simboliza cada vértice de tus manos
cuando por la sombra asomas
a las estribaciones de la ventisca, tu último refugio
en la aceptación de ese estribillo
tan húmedo, la errancia de tiempo
al paso de tu asfixia de enigma perverso, tus arcos
adolescentes y la guerra,
todos los trayectos de un cuerpo que habla la transparencia
de sus espejos en un idioma
perseverante,

                        atacarán, atacarán como los pinceles
de una presencia que atacan a las cenizas
labradas de cieno y brumas contenidas, mientras
los apóstatas carcinomas se inoculan
del necrosado esperma y un infrecuente escenario
celebra el éxtasis sorprendiendo
relojes y hemorragias, visiones de aguda extinción,
raptos mórbidos
que elevan su préstamo con la exactitud
de un sacrificio sordo.

                                        Todos los astros poseen
su rebeldía ingobernable, todas las estaciones
se lanzan a ser aniquiladas por una ecuación de geografías,
ningún pliegue se apelmaza
de un improductivo hartazgo cuando el tránsito se infusiona
bajo raíces, y, en el agotamiento,
anida la hora ensangrentada de un náufrago prostituído,
una mortaja que se lee en un muro
de orificios sudorosos
y alucinaciones.

                             Sin embargo, cuando la piedra renuncia
entre olvido e infección,
y, en los bordes de hambrunas subterráneas, la raza
anhela su extraviado puente, su injerto
tomado a la idolatría,

                                      tú, sencillo abecedario
del amor, repentina fumarola,
te escondes bajo las sábanas de otras voces
más densas, embriagas
tus incisivas espinas de plenilunio en un enjambre
taciturno, te nombras escombro
de las verdades, forma de un vórtice
que, ojal de los desnudos en su rota estrategia,
se deja llevar por la imprecisa caricia
que zurcen las cárceles.

                                        3-junio-2015

martes, 2 de junio de 2015

Tu síndrome originado sobre el equipaje vertical de los viajes
junto a la danza de un simétrico polisíndeton babilónico,
tu síndrome bajo el desvarío poroso con una gregaria hazaña cortante
desde los cauces de las sienes a la astuta hora de transbordo,
diorama de ritmo y noche en el incógnito original del nombre,
apetito donde los colores ríen u orilla donde los adioses
     menguan,
curtido y blindado atuendo altivo en los abordajes de
     subterráneos;
varias escombreras de aullidos y gritos por el mismo fuego traducidos,
fuego que respira su rencor sobre los incendios y cenizas de voces,
rápido como resplandor de orujo para carcomer el asalto por derecho
     de las caricias obtusas,
fuego del silencio, estólido entre el tedioso puño de la muerte,
donde los golpes hurgan la oscuridad muda y funesta de su
     terror,
y los cartílagos íngrimos empeoran el lóbrego mármol sin celo de sus
     límites.
Tu síndrome en los venenos transcritos o en las hórridas garras
     de las vísceras,
en el ácido pánico de los charcos donde los fósiles resumen su
     pavorosa boca de olvido,
con la misma alarma en los ligamentos de la quimera
donde el crimen es como un cincel a quien empuña un relámpago
donde cada cabellera es como un aceite de caverna que el mal escancia
     en su sexo de verdugo.
El mismo en el paroxismo de las arterias donde sólo se esculpe la acústica
     cacofonía de lo informe,
en las ingles matemáticas entre cuyos efluvios transgrede la ansiedad
     desafiante de los bucles,
y todavía, en la ebriedad epitalamio del teatro nupcial y podrido de
     la cópula,
en el que los nervios y fluídos esgrimen arrebatados por el látigo
     erecto de los símbolos,
donde no hay dones ni residencias y aun los plenilunios son táctiles;
cultivo cuyo páramo es el de un barro sin edad
que asedia piedras entre la montaña y el eco ritual,
suicida como la materna estatura de los cansados muros
que se preñan cuando no amanece sino un sostenido letargo de la
     neurosis,
en el gas reciente, cuando la arena ensordece el tejido de la herida
     en la espiral ineludible de la materia
sobre los sedimentos y la saliva; entre los hilos y las aguas el surco
     hedonista de la estalagmita
como la escena de una violación que aisla volúmenes: cultivo del
     trisquel,
sinergia que alinea su estirpe de cinismo y de mentira;
pulsión de las llagas, sin cualquier paisaje en su ira
ni otro lugar que este de invierno en los estómagos donde dominan las
     esquirlas,
la hedionda intimidad de los humos, las angustias y los presagios
     tóxicos,
donde penetran y muerden también las más infames fauces de la
     ignominia,
el aguijón turbio y negro de los déspotas, de la rabia y de la
     peste,
de los frutos del trisquel, como alimañas de última corriente difunta
que abraza el harapo fugaz del azar o los testículos falsos de la estupidez;
y que como mansos entre la multitud no tienen paredes en sus historias,
sino unos cariados apuntes con que aturdir sus entrañas de la desolada
     herrumbre de la ventisca,
de la mancha de sus hogares, de sus espejos o de sus armarios sin
     tiempo,
sazonados con el lenguaje de los tejidos marchitos o de las escoriaciones de
     cúpulas,
aves sin magnetismo, jardineros de cualquier torre sin filosofía,
porque no hay nada que puedan enhebrar a sus pupilas aquí,
en la mina cáliz de miles de texturas, donde los caminos para el
     hombre son nervaduras del iris de la muerte.

                                         2-junio-2015

lunes, 1 de junio de 2015

No acontezco en mi calma.
No, porque está dentro como una ceguera en extremo deteriorada.
Como una dependencia que pudieramos ocupar y no habitaremos jamás
mi calma se debilitó hace mucho y yo,
yo que doy pasos siempre por el mismo hilo
y rompo cualquier silencio como si no hubiera otro,
la acuso sin evidencias.

Excluyo la forma como ante una cicatriz sedienta,
como cuando segregamos saliva en otra boca, una saliva
     en vez de ésta
que sin sangrar te pregunta
y pulsa con su soberbia nuestro hambre ególatra,
excluyo la forma porque ni el pánico ante el cansancio, ni un cambio de
     presa
deseo alcanzar para mi húmeda estima
que como un guijarro se deslía en un turbión de agua.

Me he detenido a prolongar en ocasiones una madeja vertical,
un nudo justo o una razón o un esfínter salobre que se contrae
y muchas veces, el movimiento único de una nube en el cielo
me ha abatido hasta barrerme con la reiterada trayectoria de su posible
     infinito.
Otras, anquilosado en la voluntad potente de un signo pesadísimo
me solivianté
como desde un punto desde el cual tocamos una superficie límite
y vivimos exhaustos el dolor que a nuestra atonía se ovilla.

Incluso
ebrio de vigilia como una oquedad ovoide en su vórtice,
mi suprema carencia, que me doblegaba
como una cíclica endeblez cuya pandemia sólo uno sufre,
era la afectación de los bordes de insomnio,
forro de una conciencia, puntal a puntal anclada
donde desperté tambien arriba y abajo.

Aunque ni uno de los viajes con la botella abierta
las texturas vibrantes, sólidas o condensadas, en abstracto trasluz,
esas arenas pesticidas de inerme aliento que pierden al respirar los
     andenes grises,
esas tensas estrategias del nido vacío articulando en los árboles una
     resina débil,
esos hielos del que indaga, irremediable gesto de los gusanos bajo la mortaja
     unificadora,
nunca, jamás, se sostuvieron en mi cúspide.

                                                    1-junio-2015