martes, 1 de diciembre de 2015

Lame la sombra donde se despliega la gravedad;
ignora que sed consume los vestigios.
Bajo el árbol, con la boina calada, lía un
cigarro tras otro. Apenas muestra los dientes al
mediodía salvo para escupir las cortezas
de silencio que envuelven su regreso tras la
     guerra.

Ha perdido la capacidad de comprender. Jamás
habla si no es la vergüenza lo suficientemente
espesa. Ante el mundo lleva colgadas del pecho
unas cuantas palabras rotas y en los bolsillos,
doblados, los rostros de su primer amor y el último.

Tiene frío después de veinte años sin compañía.
Una inmensa helada, el olor duro del
vacío, y restos de plomo que siempre a las
mismas horas le arden en las piernas.

Él fue uno de los muchos que dispararon al
corazón del abismo, uno de los muchos que
tajaron los párpados de los puentes, un cual-
quiera a quien vigilaron las manos poderosas
     del crepúsculo.

Hoy es portador inquebrantable del armisticio.
Un hombre huído de la imposibilidad y de la
forma injusta de las tinieblas. El tejido secreto
que calcinó la oscuridad y ciertos narcóticos
encanecidos contra los pezones de la luna.

A través de la humedad lasciva de la ciudad
puede oir todavía la sierpe, cómo penden los
hilos de la luz suicida, y la orina que ocultan
los cuchillos en las sillas insomnes.

                               1-diciembre-2015