viernes, 11 de diciembre de 2015

Ausculto la sombra que es un camino de labios
     entreabiertos
en esta tarde que se enfría como un orgasmo
     consternado.
El camino está siempre abierto. Como un
     orificio
en la ausencia de la palabra, como un
     pulso trepidante
que urge buscar incertidumbre.

Cada respiración contradice por qué el gesto
sigue siendo el mejor guarda de la piedra.
Pero nada es inobjetable hoy
salvo la dubitativa forma de mis uñas.
Creo que la decadencia se mantiene vigorosa,
no necesita el afecto de la tragedia.
Como la conciencia comparte la lentitud de los cadáveres.

Hay algo que debiera resolver. Pero la cobardía
descubre su transición umbilical, el saberse un
     colgajo más,
un motivo de la demora en la incapacidad de disciplina.
Aún así puedo ver arder la cópula de la muerte
en tus ojos y es hermoso, tanto como una enumeración
      de los ecos.

Me reclinaré indiferente sobre la pizarra del silencio.
Pronto empezarán a enloquecer los relojes.

A veces me desquicia mi subnormalidad. No saber
continuar lo suntuoso de este vientre
que como un transeúnte ulcerado por la usura
trocea el salitre feroz del hambre
todavía a sabiendas de las asimetrías en los espejos.

Soy escéptico a la sonoridad de las cicatrices. Aunque
     jamás podré dormir.
Las cavidades incitan la decapitación del humo.
Grumos violentos atoran el fluir de hiatos y las
     brasas carecen de voluntad
en el embarcadero donde se bifurcan las esferas.

Hubiera sido mejor proyectarse acuciado por alguna
     inminencia o por alguna perplejidad.
Pero yo siempre vuelvo al agua ambigua; a los
     axiomas que sepan reparar el juguete roto.

Y no desatiendo mi fracaso. Es más. Le otorgo demasiado.
Jamás seré cruel con su textura virgen.

                             11-diciembre-2015