lunes, 23 de noviembre de 2015

Vengo de las horas que van y vienen en las paredes,
en los árboles, en las presas del regadío,
en la desarmada tristeza de las frutas que
una vez maduras alimentan las líneas del horizonte.
Vengo de la soledad entre los hormigueros, de esperar
pacientemente las manos y la fragancia del sol;
vengo de la lluvia y del rostro de los caracoles,
de la sequedad paupérrima del silencio,
de los mudos e intensos cortejos del fuego,
de la noche velada en las franjas de la calima,
y del asco extraño que avisa la rotura del círculo.
Vengo de quienes disipaban la verdad
dando lentos sorbos a una botella de cerveza,
de quienes liaban cigarrillos con el escabeche
del trabajo entre los dedos; de la mierda de los
gallineros y de la mierda del pozo negro.
Vengo de quienes contuvieron el prestigio en las
manos callosas y labraron sus campos a tres mil
kilómetros de distancia y edificaron sus vidas con un
océano por medio  y fueron los indigentes de las
dificultades y del velo en los pactos con la usura.

Sí, yo conocí la aritmética de la tierra y de la miñoca.

                             23-noviembre-2015