miércoles, 11 de noviembre de 2015

Paralelo a la continuidad de una verde pupila
rueda disgregándose un antiguo túnel
que desconoce todavía la boca de los sudores y
de las escolopendras.
                                      Intemporales augurios
triunfan transcurriendo hasta completar
el alarido maléfico, los labios malditos y las
ruinas oyentes del oráculo.
                                                 Es un obsidiano
orden cautivo del éxtasis. Son las astillas
que elucubran abrirse en la levedad curva
como una fulguración de la sangre dentro de los
ojos.
       Así traga orificios la metamorfosis
que dislocando la forma
                                            empuja los intestinos de la
evidencia más allá de esa peste colérica que atenaza
    a la víbora.
                       Hoy reverbera la piedra. El
caminante gesticula ante la abundancia de pilares.
Corresponde al silencio arrancar las malas
     hierbas del mediodía.
                                            Quien respira el espanto
ahuyenta la sombra apresurando catástrofes,
criptogramas cóncavos y el desliz sin pausa
     contra la palabra.
Hay un hervor de arterias que semeja esa quemazón de la
     raíz
en los márgenes tan lentos del relámpago
como soldaduras en la centrífuga demencia del
     paisaje.
¿De quién es la orden que arde en el hueso?
Si aún palpitan los enjambres, ¿en qué
     colmenas madurarán las abejas sus habilidades?
Júbilo y locura era la respuesta, el movimiento
     proporcional a la substancia,
ese golpe que impide el baño en los pliegues
     austeros del archipiélago.
                                                   La potencia
suntuosa que refulge entre las lianas de
los vientres impulsa la danza insaciable,
el nudo grande que se eterniza en los
     pulmones de dos sexos erizados
ante la química y la estela del espejo.
                                                                   Saldrá
la sal de su bautismo de espuma a merodear
en los pezones de la montaña.
                                                      Hará una felación
a la luz que irrigue las laderas del embuste.
Siempre que retenga algún espasmo la luna el
     detritus ciego entre mareas contiguas
devendrá por las comisuras del luto y una
     niña girará la hermosura de su sexo virgen
para la plena expectación de las amapolas.

     Aquí, ahora, afirmo ser un expatriado.
Mi metáfora solo existe en el caleidoscopio de mis
     calcañares.

Cualquier orden en el poema es una
     impostura del fracaso; una antibiótica
falta de respeto a la sintaxis del alma.

Ebrios vampiros en cuyo recogimiento germina la
     noche, haced vuestros los ministerios,
la estirpe lacustre de los meridianos. Entrad
     a los cines y alojaros antes que los funerales de las
máscaras. Romped uno a uno los aguijones que el
     deseo reduce en las sencillas vaginas de las
prostitutas.
                    Atacad a los efebos que exanguinan sus alas
en el ano de los estuarios.
No siempre el héroe es una factoría. Hay vidas
     que sucumben a los venenos desusados,
ropas que proclaman el alcohol antes que los
     puñales claustro de la cópula.
Una exhortación será suficiente para las
     larvas que horadan el insomnio del humo.

Aquí es donde defeca quien anida en las mortajas.
Su nombre es el de un vestigio hastiado en cuyos
     subterráneos el haz de la desdicha llora magnicidios
por los furtivos parásitos batidos contra el ansia.

                               11-noviembre-2015