viernes, 6 de noviembre de 2015

                                   PEQUEÑA OBRA MAESTRA

No es nada,
excepto un testamento
que liberan las malas conciencias
en algunos travesaños sumarios del subsuelo.
Por eso puede que sea tarde para algunos:
aquellos que no pasearon lo suficiente las
playas en invierno,
aquellos que a pesar de ir siempre descalzos
caminaron con la osadía de una estrategia mal afinada,
aquellos que hicieron de la masacre
su propio entretenimiento,
y la guía por la que dejar discurrir
jadeos a través de las hendiduras de la tierra.

En algunos lugares los mapas
recuerdan un extraño paréntesis.

Tú ya ibas ebrio de vino barato
cuando la boca no había lanzado su primer bostezo.
Así eran los días un eco torpe,
las palmas desgarradas de un grito usurpado,
una colina cruel mojada por ánforas,
y la tostada piel del barro
moteándote sinuosas taquicardias.

He visto el tallo rígido de la muerte tantas veces
que ya no me asustan los hombres.

                             II

No es nada,
quizás un esquisto en los párpados marmóreos.
Aquella abertura en tu vestido
que dejaba ver el cedro iletrado de la espalda
cuando la noche no era quien de sostenerme
y en tu mar se frotaban las columnas,
y las mandíbulas contenían el entrecejo del corazón.

En ocasiones al ruido le faltaba
esa leve incongruencia de tus talones,
las puntadas necesarias
para que te entraran en calor las manos.
Jamás rechazaste la luz;
esa fácil etiqueta para mis resacas
en el imperio de tu pecho,
sostenido por el dialecto balsámico
de aquel encaje tan blanco
como un grafiti perfumado en la antinomia del luto.
Fuí un buen depredador antes de atreverme
a cancelar tu saliva en mi boca.
En el papel de la habitación
todavía quedan restos de tu hojarasca vestal,
bellas filigranas de tu silencio
en la anaranjada neuralgia de las líneas.
Unas bragas que adoquinan mi idioma negro,
y las marchitas suturas de cicatrices y deshielos.

                          III

No es nada,
tan solo decadencia después de la ignominia.
Un interrogante que se desliza como sierpe
bajo las sábanas. El semen
con que enumerabas tus mentiras
en las cuencas tiznadas de óxido
ante rúbricas cuneiformes trituradas por
los intrincados cánones de las aureolas.
Hoy el remordimiento es una calavera
que sale de pesca todas las madrugadas
y ya no distingue falos o vulvas,
pues el salitre asienta segundo a segundo
el lugar que la crisálida cedió al frío.

No es nada.
Una ruptura a secas.
De facciones cuyo igualador crepitar
atestó el frenesí
y me recuesta sobre un hepatoma del espíritu.

Mi calmante es ahora la corona de espinas.

                                  6-noviembre-2015