viernes, 27 de noviembre de 2015

Mejor sería hablar del anzuelo propenso a la usura
aunque la habitación en Roma tenga las ventanas
insomnes, todavía hoy, que ya no chapoteo sobre las
piedras para intentar conciliar el sueño.

Pero la memoria a veces es el cuchillo de la tristeza
y las escaleras no siempre son un buen cepo para la
     creciente escasez de los inviernos.
                                                                   Incluso la levedad
del humo comprende la lentitud de algunos recovecos
donde rotaron los ángulos y los labios fueron una
sencilla cápsula de la fatiga.
                                                  Hoy debo volver
a tragar el rubor imberbe, hacer las maletas en las que
despunta la fimosis del porvenir, incluir
muestrarios in extremis en los embustes de la razón,
y tomar el privilegiado músculo de la llama antes que
     anochezca.

Seré un guardaespaldas arbitrario, alevoso como los
motivos de la náusea, crudo como el aguardiente
bajo la amenaza tartamuda, silente como ese pez
que cabalga en tu vientre a lomos del virus de todas las
     violencias.

Repudio las astillas, los más elementales abrazos de la
     putrefacción,
esos vestigios de visionario que inculcó la malicia
en las carteras olvidadas en las cabinas de teléfono.

Aún creyéndome el mejor prestidigitador no voy a
rescindir las bocanadas que dí sobre aquellas medias
que abandonaste en el cauce de la cama cuando el
deseo no había alcanzado la inercia de la ebullición
y el lunes era un fumadero de emboscadas donde los
menos valientes extendieron la agreste fragancia del
     pillaje y de la cicuta.

                                   27-noviembre-2015