lunes, 9 de noviembre de 2015

Busco esa silueta de la palabra sucesiva
que rasgue en su plenitud la esfera,
abriendo nuevos cauces,
habilitando nuevas arterias,
hasta pasear sin descanso sombras
concesión, preludio y estancia de la nada.

Unas brasas busco que respondan
en el agua furtiva
qué segundo de ingravidez
adormecerá el puente seminal,
intangible al cobijo
de ese pulso que acerca
irremediablemente la roca viva
antes de accionar el
barro tenaz de la materia.

Busco esos reflejos de una estirpe
que una vez mojada la ventisca
duelen el brote de puro asombro
mientras bifurcan un coro de infinitos
en las caracolas de la pena desvalida.

No son suficientes las heridas en las sienes.
El caudal de hambre escuálida
se abre paso entre los andrajos
y la basura es la voz arrancada a los muros.

En el susurro busco el ramaje increado,
el silencio decidido de las espigas,
los campos y los abismos que equilibren
huellas y vértigos, promesas y atalayas.

Acude un insomnio generoso a lamer la fatiga,
viene cayendo como una pirueta pálida,
como la espiral sembrada de infancia.
Nácar embadurnado de anhelo
anudando el trenzado de las entrañas.

Sufre la pirámide el reflejo de la raza,
haber compartido naufragios en la monótona
musculatura de la tierra. Pues conserva
las impurezas modela el titilar distante
en las pupilas, ese anclaje prefijado
en que la brújula es una deshecha
llamarada y coro de intermedios;
tránsito que distrae los márgenes tan
azules e ignora el cosmos anticipado
que disminuye rescoldos y yergue distancias.

                           9-marzo-2000