lunes, 5 de octubre de 2015

 



                       AMBIGÜEDAD


                                   I

¿Dónde anidará esta ceniza,
ajusticiada bajo las sospechas de tamaña ecuación,
sin haber extirpado su escarnio ni en el llanto de las heces ni en
     la cloaca de sí misma,
y ni aún en una esfera de ausentes que se coronase como un
     trasto ecuánime a su desamparo,
como un plenilunio de piedad junto a la pirámide?
Ya habrá esperado sangre, con sus manos de cepa precisa,
ese nudo de acero del que aspiraba,
donde comienza a laminarse la fibra y a demorarse el derrumbe
     de la envoltura.
Ahora, cuando podría averiguar todas las incógnitas del
     azar,
ignorará sin vergüenza no interesarse para sortear las ardientes
     plegarias de las brasas
y apuntalar una llama de reclusa en la hoguera.
¡Se han trastabillado tantos hurgando las fisuras que los
     auparon a este laberinto!
Tú tajaste la carne y exanguinaste para siempre todos los cuerpos,
con esa misma desmesura con que arponeabas tu patria y te extenuabas
     en la coacción y el exterminio.
Te extirpaste tu sigilo de vestigios, tu humo de saudade,
la partitura de estantiguas fábulas templadas en la cicatriz del
     mito,
el músculo del dolor,
y te aislaste en los comunes vericuetos sin otro garfio que tu dividendo
ni mejor anzuelo que unas cuantas guadañas tatuadas sobre tu
     piel
igual que báculos.
¿Y no podrás aún anestesiar de nuevo los límites de las huellas
como los de una víscera por donde mañana y noche muestran
     generosas sus arterias
como tendida gratitud?
¿En algún momento podrías simpatizar con la forma,
cuando añores el horizonte,
cuando el gris pelotón cargue una vez más contra todos los muros?
El puente, todavía eslabón de alguna metralla, no obtiene anestesia,
como si tirase por una tronzada e inerte ala de un reflejo
     que enceguece.
El camino únicamente aflige la fortaleza de un devaneo inútil ante el
     abandono inevitable.
Las nervaduras son como relámpagos de tierra estampados contra un
     reloj.
¿Será posible que no acudas, tú, que nunca faltabas antes de tener
     consciencia,
tú, que te prestabas diligente como un tahúr a los terrores
y que jamás te excusaste como un lecho grato arraigado por la lisonja
     del descanso?
¿Será posible, cónclave de la tarde, gesto para la raíz y para la
     piedra?
Igual has arrivado en el letargo del sarmiento
y aguardas como vidrio paria otra vez entre viejos pozos y
     epidémicas fiebres,
con ese secuestro errante de los que no representan mercancía alguna,
de los que siempre caen en el mismo lugar.
Quizás te metamorfosees entonces como crisálida en la que
     se transparentó el fuselaje de la vida,
ese estallido arrancado desde la matriz unívoca hasta el
     suave rictus del diorama;
o como esas hirsutas larvas que atropellaban tu vitola en un
     fósil oprobio
y te arrastraban al delirio y a la mandrágora como a cualquier testigo;
o a través de esa heráldica en la que sepultabas tus cabelleras bajo
     grandes surcos,
no para ocultar la ventisca junto al sigilo, sino para cegarle
     el tacto al futuro;
o en esa ética donde renovaste un gesto de consumido caudillo
como una urraca aperreada por los dioses en cualquier vértice
     esquivo de la dignidad;
o allí, en dones que ahora son ignominia,
donde pudieras hundir la mandíbula de una gesta, la montura de
     una lágrima,
cuando todavía no poseías esa clara desobediencia de los que alientan
     la sed como un parpadeo,
cuando todavía no quebrabas con martillos los ponientes,
cuando te ovillabas en las aspas bajo la sombra de un
     tibio porvenir,
y todavía era pronto.

                                            II

¿Y habrás anquilosado mejor el tímpano,
suprimiendo tu bautismal saliva con cuchillas que son un
     síntoma mensajero?
¿O te persiguen sierpes desde alguna elipse,
mientras concentras venéreas primaveras con esas ubres horadadas,
con ese resorte de escoba enmedallada con que te amoldas a las
     cadenas de cualquier nombre,
alimentando tan sólo fiebres y bacterias, con penetrante misterio?
¿O todavía no pudiste nutrirte y no has poblado las sepulturas?
No quiero pensar que permanezcas dormida en tu tranvía Artaud
     constituyendo otro cristalino óxido,
truncando los termómetros de tu balanza tras la fuga de las puertas,
como si no hubieran expirado junto a los fantasmas en tus tejados,
como si amparasen algún aceite;
o que naces de nuevo entre estelares ejes creyendo que te resucitan
     en la aurora rota,
frente a la niebla nacarada,
donde hubo una cerradura que alguien engulló y un marcapasos que
     se detuvo,
y guardas las llaves y no alcanzas a esbozar tus níveas trenzas,
la particular intimidad que te ilumina tras cada torso.
No debo aguantar que perezcas anegada por una adversidad,
     maniatada en lo etéreo.
Ahora soy yo quien corta ramajes sin encontrar el manuscrito,
o quien vomita hongos con el lodo que impregna sus propias
     alucinaciones.
¡Cuánto navío irreal para templar el rocío de tus urgencias!
No modeles de nuevo la geología de tu voz utilizando los
     frisos de la tormenta,
no añadas herida espuma con un afán de maestro,
no hagas palidecer con el delirio de los escorpiones la constancia de los
     astros.
¿Somos ambos uno solo?
Jamás vencimos mejor ángulo que el propio envés
para constatar que en algunas cópulas pende la firmeza del infinito.
¡Hemos vapuleado juntos tantos subterráneos tras estas titilantes agujas
     hermosísimas desgarrando el silencio!
Ahora en cualquier hacha habita la sombra:
esa es nuestra narcosis concubina, la plural orilla.
Ahí está la abeja del climax, el pináculo de la génesis,
la acuarela anterior a la cicatriz que sangra taciturna y acaricia
     los sexos.
No apartes el aliento descalzo.
Vuélvete, vuélvete hasta internarte en la montaña como los
     aromas de esta inmóvil corriente,
como los idiomas que se calcinan en las ingles.
E ignora junto al cáliz de azufre, la lepra amarga, los
     grimorios;
ignóralos con esa tenacidad que solo tus éxtasis
     soportan,
pero ignóralos, a sabiendas de su lascivia salvaje,
a sabiendas de su ebúrneo cántico.

                                  5-6 octubre 2015