jueves, 15 de octubre de 2015

Degolla ya la cal de esta tierra, anticuario del frío.
No quiero cautivos para deambular entre las lápidas de mi cicatriz,
entre la crueldad de mi pueblo.
Dególlala, te ordeno:
dególlala contra tu propia yedra con este azar insomne con que aplaude
     mi otoño.
Y tú, vástago soberbio, no olvides disolver el espanto que nos asfixia.

Yo extraigo lo inexplicable a tu lado.
Acudo corriendo junto tuya desde el origen
con un violín de noticias y este mutismo inocente en los labios.

Tambien están mudos allí.
Jamás un fragmento de noche,
jamás una apertura del rayo hemos atisbado con tantas tragedias
     amputadas al sueño.

Tan sólo esta indiferencia en la tempestad
deficitaria de un auxilio ausente en ti, aristócrata del dolor;
tan sólo esta fiebre en la sed,
por un abrazo del revólver,
por un acreedor de íntimas caligrafías,
por un reproche de la soga entre tus manos violentas.

Ahora puedes volver a remar.
Oblígate a seguir aullando mientras devora el desierto el silencio de
     estos tiempos,
y yo hurgo la ceniza en el laberinto
donde algún metal tuyo permanece reclutado por un verdugo impúdico
y libero los tinteros que te reclaman las brasas.

Fluye demasiada inconformidad para tan pobre légamo,
tantas huellas adormiladas por la embriaguez de la narcosis
para ocultarte el rastro,
tantos engrudos de guijarros y escolopendras en la pendiente del terror
para enervarte,
tantas ausencias de cabelleras que palidecen con el día
para registrar mejor la sombra de ambos,
para inscribir la vaguedad del desconcierto en el espejo de la certeza
y arrancarnos el aliento,
igual que en el taller del viejo taxidermista.

No abortes tu huída: son nervaduras del humo.
No entablilles esa música: es el atrezzo geisha del vampiro.
No añores esos enjambres: son únicamente el hambre que
                                                                                       [se avergüenza entre
     montañas y entre veredas.
No invadas esos raíles que te hienden con la fina aguja de todas
     estas arenas.
No aspires ese vaho pues alberga el olor de la sangre y es
     sirlero y avaro.
No alabes con el trisquel en el poniente de los calendarios,
no tajes con el reloj, no certifiques quien eres.

Él porta un bisturí y una lágrima,
embaucador de náufragos.
Te abre para extirpar las puertas o te electrocuta en la humedad de un
     prostíbulo.
Se orina en una metáfora.
se reinventa como testigo que destruye la incertidumbre o como
                                                                                                     [alimaña que se
      exanguina en la imaginación.
Erosiona cada variable,
transforma las estancias en un subterráneo de marginales,
con las fauces predispuestas para la dentellada como un espasmo,
como el augurio de tus máscaras entre estos vestigios que paraliza el ayer.

                                        15-octubre-2015