lunes, 14 de septiembre de 2015

Tan sólo las noches habitan la palabra de los días.
Tan sólo los días habitan la palabra de las noches.
Es cierto.
En ocasiones las sombras pueden articular en mí cierta luz
o adquieren la voz de los astros que me impiden avanzar.
Aunque existen razones que nada desea arropar.
Se conceden al hechizo, a las rocas,
al atavío de garras con que los vientos se turban o se dejan marinar
     sobre las horas.
Nada desea sugerir que existen demasiados rehenes por cada huésped.
Tantos como noches nos cautiven.
Tantos como días los vengan ovillando.

Hay un coloquio que entre muchos malean a pesar
                                                                        [de los púberes eclipses
     de los fuegos.
Es un aullido de navíos que las brasas consumen espesando los
     torrentes para poder caminar,
un racimo de siglos violentos,
una enorme corteza de esquirlas contra los labios,
la pavana del espejo para la avenida del ocaso.

¿Dónde se halla el silencio?
¿Dónde hallar la fragua que el centinela trenza en sus signos al forraje
     de las alegorías?
Rasga, rasga donde más ciegue a tu huésped.
Es obligado tomar como si no tomaras.
Aquí está la diáfana atalaya irguiéndose ante el ancestral abanico.
Desde el norte no es otra cosa que un desmayo sulfuroso de aparejo
     intemporal.
Y sin embargo en este sur es como un relámpago que conoce los
     tañidos de mis nervaduras.
A través de sus grutas aceitosas me remonto hacia lo
                                                                   [más alto de mis cordilleras:
tragedias que maquinan contra el macabro eco de las cabelleras,
vestigios de ilimitados tambores que ahora me atraviesan con la
     destreza de mis úlceras de antes,
hasta no ser otra danza que la de un espantajo,
un retruecano que maquilla ese hoyo de opacidad
                                                                        [donde me estrello contra
     la migraña de las puertas,
tan reiterado como el huracán que cruje las vísceras.

Cónclave de soledad, embistiendo casi hasta el apéndice de tu
     blasfemia,
no embutas tu tortura, no inviertas la copta madrugada,
mientras seca tan sutil el encaje de los avistamientos,
los venenos apócrifos que perseguiste en fatuos tejos para
     poder olvidar.

Tan sólo con tu llama, contra la pedriza destructora,
tan sólo con la raíz del extravío desde tu bandera,
tan sólo con tu blasón y tus clavos de oráculo para despertar
     la mortaja de las tinieblas;
porque así se afina la unidad.
Tan sólo con el dosel que destroza en los escollos de la mejor salmodia
     del ansia
espumas de puertos cortadas por las conchas de la proeza:
"Cuando arrives tras los añicos del invierno
podrás restañar las espuelas que mutilaste
     cegado por vastos jeroglíficos.
Si pisas la tierra
cosecharás los crótalos que batallan bajo la rompiente de todas las
     lágrimas.
Si das unos pocos pasos
abrirás el litoral que tizna la taxidermia de la aurora."

Aunque no existe cinismo alguno que redima a
                                                                [mi ecuación de su antítesis,
ni cuna lúbrica en cuyo cráter de himen se abrevien los seismos de
     otros mares,
ni vértice que rezume con la balanza.

A pesar de todo, esta soga sin médula,
drástica como la amnesia articulando mi aneurisma,
esa quemadura de retina embriagada entre dos lunas,
esas bisagras aliadas del orgasmo en los aerolitos del cuello,
arraigan a estos cimientos de alimañas inquietas
en las que procreo después de supurar en cada vértice y su espiral.
Suburbios desafiantes de la herrumbre y el climax
cada uno se bifurca hacia los otros con el paréntesis de un frenético
     insomnio
por donde deviene la estela de las lápidas,
la polilla ácida que despuebla con sus élitros la zanja
     temerosa,
esa en la que todavía peleo contra unos y otros.
El que fecunda sus huesos con el légamo del pánico,
el que se duplica con vino de pirámides como un reloj nuclear entre
     los espasmos,
el que se adhiere a mí como a una crisálida de latidos
     últimos,
ese que sostengo adecuando la colmena en el árbol de cada
     expiación,
el que se crece con saliva de murciélagos para verificar la
     sed de las navajas,
los que expiran aquí lejos de las detonaciones de
     los grumos,
y apenas tienen espacio,
y el que gestará la brújula de éxtasis
para irrumpir en los mecanismos del tuétano.

Conyugue de cristal sobre mi contrario,
ojiva euritmia que pende en las ballestas del pezón,
tu equinoccio está lacrado sobre todos los
                                            [abdómenes para la insurgencia
de las especies,
para la verificación de todos los ungüentos en cuyo requiem
                                                                                     [te multiplicas
     como el grisú de una gran fisura,
como los delirios de un extenuado desierto azotado por la pólvora
     y la calima,
la hemorragia y el detonante,
y el inequívoco zigzag que nos tensa de penumbra en penumbra
como un nudo, el parto y los hematomas.

                                           14-septiembre-2015