miércoles, 2 de septiembre de 2015


                               ÉXODO

Mundo desnudo,
divisible según la enfermedad de tu sombra.
Semejas un último barco que constriñe a la música
     de sus orillas,
o quizás el extravío del loco repleto de bolsillos sin pasaporte
     y sin cima.
Ni advertencias, ni trompicones.
Es hacia ti hacia donde se desplazan y no posees más boca
                                                                              [que la cotidiana de
     alguna resistente arquitectura.
Así puede que seas, igual que en las constelaciones,
el astro de alguien que escucha tu denso misterio y
                                                                   [hay que respetar como al
     extraño,
igual que en las constelaciones,
para que nada hiera la fatalidad ni el accidente durante el des-
     canso de su defensor.
Tumbado por un rayo en lo más lento del cauce subterráneo,
sobre unas tierras que se agrietan por el tacto de la sal
y se desdibujan en secreto por la herencia de la lluvia,
así eres, como una edad sin residencia, en el aliento de las horas.
¿Y el astro de quién?,
pregunto tras la verja de tu estela, convertido en roce
                                                                            [arcano para la espuma.
¿De quién sino de las muchas heridas tempranas que se enredan a tus
     balaustradas;
que muestran una tez, unos confines, unas losas, iguales
     que un himno de la gangrena?
Ese viento cruzado e incorpóreo, agrio bajo tantos
     puentes.
Esos relojes paralelos, con sus ejes ocultos y su ahora
     rehén.
Ese anclaje paupérrimo para cualquier tregua posible.
Y tú aquí, astro, umbral del espanto,
con tu espada nodriza como un enser anticuado,
encharcando tus columnas en un abrevadero que ahoga
                                                                           [a las mismas bestias,
envarando sólamente tus mutiladas cúpulas,
tapiando légamo expoliado a manera de hornacina ante estas
     máscaras,
tu aquelarre en pena, sin verbo y sin sepulcro.
¿Y el astro de quién?,
aúllo desde esta mortaja que traza con sus manuscritos cobrizos el
     camino de la sierpe.
¿De quién sino de los que proyectaron en ti, con nichos y con
     vergüenzas,
una luz para su compás y para su laberinto;
de los que cargaron sus mástiles de polícromas arterias entre los clavos y
     bajo las escamas
para brotar las brasas y los acentos?
Procesionarios náufragos, que se desgañitan todavía a los pies de todos los
     sarcófagos.
Cónclaves insomnes en los que aún se estigmatizan designios y
     pubertades ardidas en los trigales de todos los pánicos.
Filamentos y agujas como esas laderas prosaicas que acaricia la
     amapola.
Y tú aquí, astro, cabrón embravecido,
con tu vértigo envenenado y sin pájaro,
reclamando con tu burda osamenta el tañido de alcobas y de
     panaceas,
concibiendo a los muertos con aguardiente de astillas,
pesando tu alto voltaje en un coro donde cruje el
     humo,
ahuyentando un sumidero que atrofia los esfínteres y enjuga la
     hambruna de singulares tormentas
hasta inocular la ceguera y guarecerse en las alas.
Y estas celdas que callan y ascienden en vida o en muerte,
en infección o en obscenidad,
ante tu abismo y ante tu vórtice.
Sí, tú, astro, escorbuto de domingos,
atento a esta quebrada como el explosivo de todos los ángulos,
siempre in extremis de oficiar algún suicidio y ser mi
     confidente,
mi agresor distendido que me remite o me impulsa
ante muescas y entre esquirlas.

                                       2-septiembre-2015