miércoles, 23 de septiembre de 2015

Golpes, puñales, tajos, tormentas,
lagos de aguas bravas, embarcaderos imposibles,
asideros frágiles, montañas sordomudas,
peces como huecos de extraño delirio,
amores antiguos, odios cloqueantes,
titilar de inmensidad, suficiencia de heridas,
y esa energía, esa energía pánica de las brasas,
esa crítica energía transoceánica,
verdadera como los propios presagios del viajero tenaz,
esa energía que es como un gran hormiguero febril,
unos labios de niebla, un silente estoque de muerte,
una espuma de túneles blancos que cierra todas las cicatrices
     del hombre.

Incógnitas de hiel, conjunciones helicoidales, ejes
trastornados, bullicios ingenuos
al huir.

¿Para quién, de dónde y por qué surges?

Avanzan veloces sobre la metálica cabalgadura,
pretéritas gaviotas gorjean, ditirámbicos cuervos
inflaman los obsesivos trigales,
grupúsculos incorruptibles sospechan ebrios.
El viajero tenaz -amamantando al silencio de los más candentes
              cuchillos-
contempla con cabellera caudalosa, con sed cainita, con dulzura
                                  orgiástica contempla.

El plenilunio, el asalto al día sin estirpe, la violencia, la caligrafía de
     las razas;
un verdugo, le apodera contra la sinergia del albedrío.

¿Quién mantiene alejados los colmillos de la pesadilla?

Embisto al monstruo, a la asfixia última, al líquen del oráculo,
a los meandros que alcanzan el climax tras el barbecho
                                                                         [atómico del barro,
a la aorta del río, al abrazo de la bitácora, al cadáver
     hirsuto,
a la bacanal de todas las fábricas y de toda la industria.

Laceraciones jamás imaginadas por los científicos,
astros inexpugnables expandidos como miel insalubre,
hambruna, incontinencia, caos.

Esa crítica energía transoceánica
desearía rodear nuestros centros,
poner orden en el núcleo,
en los barrios de asignaturas minúsculas,
en las urbes de la letra pequeña:
no una ley, no un casquillo, no una cana pornográfica,
no un rescate autónomo, no un acaecimiento.

Esa energía pulcra, ese caleidoscopio ancestral
hacia el que ya salivan las alimañas
quizás quiera trastocar su vieja medicina,
la medicina de un harapiento relámpago en el infierno
cuyas contraindicaciones se soslayan con el dogma de las cárceles,
su vieja medicina para el canon abierto, mácula ilusoria de la
     necrosis.

Y su vieja medicina camina siempre detrás de un síntoma.
Un síntoma que ocupa el espacio de la lepra,
el leucocito del apóstata, el crisol del solsticio,
el nudo del mesiánico.

Y ahora se impregna al grito del viajero tenaz.

Una neurosis, un furor prematuro, una cadena,
quizá una rompiente narcótica de la mandrágora o el estramonio,
o un reloj sin arena con que el inventario premia su voz
     embriagada de absurdos, su voz de hospedaje.

Aunque él la calma y la alza sobre la piedra
como al mejor inquilino
y le sirve una bebida caliente para que beba,
un poco de pan para que coma,
y su propia arma para que aniquile lo que una vez inició
si no es quien de hacer alguna corrección o
     remendar secretas costuras

antes de entonar una nueva tragedia en su continua
     indignidad aplaudida por tribales lacayos
y repetirse de nuevo en su oficio con su máscara
     de herrumbre.

                                      23-septiembre-2015