martes, 8 de septiembre de 2015

Ésta es la caverna del ansia trenzada con plumas de
                                                                    [cuervo y tuétano del
     horror.
En cuanto llegas, las máscaras ya tienen su rostro.
Escoge la que mejor anticipe tu colapso,
la que todavía te incluya entre las óptimas nervaduras de
                                                                                       [tu asepsia.
Únicamente te uniforma el vaho con que al exterminar te
                                                                                     [extermines.
Yo vestí el caos, la narcosis y el embrujo.

En este lugar empieza la guarida de los infames.
Ellos devoran las cruces, bajo las osamentas que todo lo alicatan.
Se mantienen con sangre de los relámpagos,
con el himen roto de algún bosque,
con la placenta necrótica que cuelga de las vaginas adúlteras.
Cada noche llega el hacha y los taja en un alud de materia:
la madíbula entre los líquenes, las vísceras en una grieta.
Así amputados, como la obsesión y el reglamento,
se enhebran después en un solo vórtice.
Es una práctica que se inicia con el polvo de la narcosis, en un
     acto de vértigo,
y que vagabundea entonces por los sombríos goteos de la
     putrefacción.

Esa consigna que cruje en los subterráneos
es esa consigna que galopa sobre todos los fangos y no se hunde
     jamás.
Aprende con el oro de los manantiales
petrificando el espasmo de los sentidos y la tierra de la memoria.
Cuando hurgas ya terminó de escarbar.
Tan sólo hallas la erosión de un perfil impalpable.
Es una consigna del infierno.
Es una consigna de buhoneros arrastrados a aplacar el hambre en
     una pocilga.
De un peñasco a otro, de un prado a un desierto,
caes dentro del hoyo obligado a espumarajos de soledad.
Si trepas, te espera la medusa.

Balsa de constelaciones opacas tras cristales de plomo
y de brasas que relumbran como el dolor de las
                                                                   [puertas al umbral del
     universo.
Se arrulla con garras o con espadas.
Cualquier asunto se dilucida en duelo o en ejecución,
en uncir una soga trágica de déspota que se asfixia a si mismo,
en golpear el lugar exacto del asesinato.
Si te fragmentas, debes huir al acecho de tus propios hombros,
por la orilla de la espiral.
Aunque nunca dominarás dique alguno.
Incluso puedes ser polvora.
Puedes detonar dentro de tus arterias.
Ellas bregan sobre alcoholes que las protegen del diluvio,
ellas simientan hoces y envuelven la púrpura chatarra y los
                                                                                  [embriones que
     nada puede tocar.
Aúllan con un muro en el pecho y puntean el drenaje y el
     éxtasis que zozobra en la hojarasca.
Sus llagas distraen como rotativas babeles en el arco del espanto.
Son su oponible fuga: el artificio del camino.
Harapientos cuya culpa juega como un tirón en la fisura;
harapientos con pulgar de autómata bajo el seísmo de los músculos.
Desaparece de su trayecto como de una sierpe que repta hacia
     tus pies.
Cuídate de sus escamas suculentas.
Yo escucho los juicios del silencio,
los nudos centinelas,
esos entrepuentes hacia la sinrazón que capitanea la discordia en un
     barco impreciso para el deseo.

                                    8-septiembre-2015