jueves, 3 de septiembre de 2015

Está en este cortejo que se hilvana en clandestinidad contra lo insal-
     vable
la estribación donde amanezco y me arrastro a diario.
No en el calendario de ningún culto antiguo,
el engaño tentador y frío, negando el azar,
sino simplemente sobre el desorden derivado por la aridez
     del hastío,
un clamor infernal, mendigo, incomprensible,
donde se reinterpreta sin pausa el sortilegio y se entregan
                                                                                    [los ancestros
     de la tormenta.
Tal vez una piedra entre hogueras, un filtro de cuchillas,
o incluso tan sólo obscuridad de una escoria que cubre el sueño y
     enloquece la estirpe.
No la conozco, la intuyo,
pues existe una clave intermitente,
como un avistamiento de cuervos en las horas de la desdicha
o una densa humareda que insiste en tapiar cualquier fisura a
     los colores.
Pero nadie transita a plena luz el silencio.
Las voces que se obstinan son los oasis nómadas del infortunio
     virgen,
cada una con su resaca obscena, con su anónima estación,
con su fosa inacabable como la iracunda vinculada a otro espasmo.
Muda clama la sombra entre los genitales del archipiélago
y turba las tierras como lasciva y ofrece la sal de la
     expiación,
porque la ceniza es menos que la sangre y la dicha mejor edad que
     el plenilunio de la máscara.
Nos complacemos en habitar este ámbito, esta delirante
     herrumbre,
estos rincones de la tristeza que temen la venida de un peor caudal.
Nadie conoce el camino que disfrace nuestro pánico ni la
                                                                       [adormidera servil a nuestra
     huella.
No. Ningún oráculo, ni esqueleto, ni légamo de hermoso aullido,
ni cicatriz legible donde nos aceptemos.
Sólo la vertiginosa claridad que me desliza junto al hilo del
     tiempo
y este umbral último como un piélago de sosiego:
este refugio abierto que ostenta la llama en el envés de toda impudicia
por mi adverso inventario, por mi vejez cobarde para afirmar
     su insumisión.
Pero aunque me embriague con la aguja reflejada en una trastienda de
     amapolas astrales,
trasciendo cada eclipse sellado a mi escudo,
con un cenit neutro y un quebradizo alacrán que ni se anuncia
     cuando maldice mi estigma,
aquí, en este hoyo ajeno, fatal, tan injusto
que sólo por su inocencia se parece a la ruina.

                                3-septiembre-2015