lunes, 21 de septiembre de 2015

Conciliándose a la luz,
como sangre que tuerce la muerte y asalta
el deseo y la eternidad,
arranca en la palabra ilimitada,
savia de misterio,

                               así el primer cántico emerge
de su ataxia, invade las tierras
del silencio, se reviste de claves vagas,
y, en el abismo del vértigo,
vierte sus espinas, los ecos
de un cuerpo que resbala sobre la invocación
descomedida.

                        Extraño es el pedernal que los huesos
abrasan, en la piel tatuados
están los vestigios del dolor
y su música, de ciega sed se palpa el rostro
y sus lúbricas urgencias.

                                            Pero el camino finalizó,
brotar a la soledad quizás embozara
como apretarse a la razón débil de otras verdades,
buscarse más raíz que larva, nucleares
los detritus que gramaron su honor,
aborta la quimera.
                     
                                 En nada ayuda la náusea:
el horror hiende con turbiedad
sus múltiples colaboradores, reprende
los obstáculos de su desencanto
a la escolopendra del ansia, se asiste de mareas
y anzuelos, arriva mudo.

                                             Y en doble mueca,
tras espejos que sólo la noche puede abrir,
aplacando triángulos
para que el barro esplenda de su angostura,
en el plumaje de la orilla,

                                             se libren ahora
otras atalayas, otros lejanos afanes,
la forma cimbreante que descalce los peligros,
y que únicamente la convexidad de los sexos
que jamás se plagiaron obtengan su vibrato,
después de la expiación y del ritmo,
y en el ronroneo del génesis que rastrea
su pretérita narcosis
lentamente se defina.

                                       21-septiembre-2015