jueves, 17 de septiembre de 2015

¿Así que la pupila lánguida no esculpe jirones
y el trasluz en el agua no conlleva curvilíneos cedazos
                                                             [a las vetas del ansia?,
¿que mi soledad no me interroga ni me desgaja sino
                                                                           [que encandila
     por el color
y unos pies indefinibles no devoran en respuesta de
                                                                [estrías burbujeantes
para la embriaguez de la belleza?

Puede ser, como todo éxtasis al que deslumbran las cabelleras del
     deseo.

No repudio el alma sin mejores torrentes y con peores convexidades
que un muro salobre filtrando los mecanismos del aliento y de
     la vida
o un instante de quietud recreando la cadencia de
                                                                      [féretros y manjares que
     se explayan
como una carroza satisfecha
por medio de un hálito o de una certidumbre.

Aunque es únicamente un cortejo vago, como
                                                                  [embestir el vientre en cada
     desgarro;
nunca mejor que un impulso por hacer hervir
                                                                     [esas odiosas arquitecturas
     que vacilan de ciudad
o se ciñen sin dudarlo despertadas de súbito por la espuma de la
     verdad indiscreta.

Pienso que de todas formas el lenguaje no es metastásico,
tan ilógico y tan subjetivo como mi propio aullido.

Creo que además él ha dado su primer salto por medio de otro
     grito atroz en las cavernas,
y estruja, al igual que yo,
huesos y piedras de minutos y de tormentas
como las que anheló el espejo desde los
     pálpitos del eco,
escamas de misterios sobre el crepitar de los tatuajes,
vestigios exhaustos como un rumor de reos
y escoriaciones tan desgajadas que tiñen a veces las arenas de este
     movedizo tallo
y crepitan, con su densa inquietud, por otro albergue.

Enigmático, al igual que yo, con las órbitas y la elipse,
quizás en una lámpara cenital que gravitan los átomos,
lo he adivinado ocultarse hasta aprehender el ritmo dentro
     de los mares
o impacientarse hasta el infinito enmascarando en una catarata de
     éter toda la blancura:
el primigenio metafísico en la vorágine de lo imposible
o la enjaulada alimaña a nada de estamparse contra el resplandor
     de los vórtices.
Y ni en la fórmula simple ni en la compleja estaba la respuesta.

Extraviado, al igual que yo, de un fango ergástulo del espíritu,
se tacha de fatuo y copula de un roce las semillas híbridas
     en pizarras de absurdo,
o hace vestir en sus faros todas las raices de antes y las de
     después
hasta que sólo perviven en el hoyo esos incitantes yugos que
     ambicionan la huella
con su tacto de sospecha o de soberbia;
o se funde en miel y se derrama en las túnicas de la incontinencia
     estéril,
las sedas carcomidas del desorden,
velos de embustero cuando arrima su sed a mi huerto,
o hediondez de moribundo cuando apaga en mis brasas su sexo
     desconchado por la parálisis.
Y jamás sabremos cuál es nuestro auténtico tono en este
     aquelarre.

Indiferente, al igual que yo, a las narcóticas tácticas que nos encumbran
y que reptan mi espalda con las cadenas de la soberbia, la
     egolatría y la ebriedad,
en ocasiones me sorprende tan arrobado como si no fuesemos afines
y lanza su baba sobre mis papeles hasta que inhalo por
     error su veneno,
cuando no se presenta de improviso y me enfrenta con
     mis demonios
para hundirme con sus garras de impío y de ruindad;
¿y acaso no se solapa en dudosas voces bajo cualquier
     verjel?,
¿no me escancia de oro al rojo el pecho?,
¿no elude suspender alucinaciones y jaquecas e insomnios, sólo para
     ofuscarme?
Y muy pocas veces tomamos un trago sin las navajas entre ambos

Desligado, al igual que yo,
aquí, donde en vano somos unos precarios esquejes de la materia,
se ovilla en decepciones que plagian los textos del espacio
     propuesto,
taja eslabones en las hendiduras como golpes de manco para imantar el
     tránsito,
taladra con sus colmillos plúmbeos cada nervadura que deserta con
     la sombra
y acosa de laberinto en laberinto embriones que se petrifican en
     mortajas.
Y no es quien de alcanzar otra cosa que hollín tras el
     duro duelo al que nos enfrenta.

                                                17-septiembre-2015