jueves, 10 de septiembre de 2015

Antibióticos, pensé, antibióticos para los agujeros del tiempo
que se dispone a gemir los crímenes de su propia fortaleza,
que miente del extravío, cobarde, obviando muros y laberintos,
que a su manera se calla, ante la puerta desconocida,
cerrándote la sombra como si fuera un ojo infantil;
notándote celoso, adelanta el desorden en este ángulo,
expresando con el tacto inutilidad, entorpeciendo el color,
a la espera de un lázaro fornido que te guíe a la condena;
antibióticos, antibióticos para las arterias del rancio lobo
que quiebra junto a la escolopendra el vaho de los vientos
que en ocasiones en sus fauces se desdibujan,
y ensartado sobre amargas espinas hirientes añora
una presa abandonándose contra el sueño que la venza
y así retenido despertar la falsa fatiga y aullarle
el ciego lenguaje de su instinto y su memoria.

Antibióticos que en toda la casa hacen el amor con sus propios vocablos,
neveras en las que palpita un tumulto propio de jaulas del revés,
sábanas y fantasmas que se alejan de habitación en habitación,
el dorso de tu mano ante la eyección inminente de semen,
un trapo donde nadie leerá la vida que se arruga como cangrejos
                                                                                            [en la marea baja,
y un hedor paciente soliviantado por el encalado de las paredes
donde estampo un beso por cada día que te ausentas.

                                           10-septiembre-2015